miércoles, 11 de noviembre de 2009

SIMPLEZAS DE MUJER


Esta mañana me levanté de buen humor, como casi siempre lo hago. Me lavo la cara, las manos y salgo flechada para la cocina. Un buen café (el único del día), con algo de leche y una tostada, son el pasaporte para la jornada. Me encanta el aroma del café mezclado con el del pan tostado. Es como si la casa se llenara de vida con esos olores.

Todavía no había salido el sol y yo ya había salido de la ducha. Y ahí empezó la evidencia que me lleva embutida durante toda la jornada. Como el clima de Murcia es cálido, hasta ahora no había atacado la ropa de invierno; pero hoy se me antojó colocarme un traje. Más que antojo fue el producto de una reflexión: «Como andas redondeándote por las cuestiones hormonales, más vale que te coloques ese traje que te quedaba tan holgado». Y dicho y hecho, pero... Los pantalones muy apretados, la chaqueta ni me cierra... ¿Y las camisas? Con la tercera que me coloqué, cupo esta humanidad mía que se expande sin misericordia. Y así y todo, aún he de tener cuidado de no estallarle los botones al sentarme. Conclusión: si esto me queda así, y de esta guisa voy al trabajo para mi vergüenza, ¿qué haré con el resto de prendas?

Al mediodía, y antes de volver al trabajo, me meto en unos grandes almacenes dispuesta a darle un buen viaje a mi tarjeta bancaria. Tras la prueba de cinco prendas, he acabado con una camisa que me hago la ilusión de que me favorece. Me hubiera gustado comprarme algo más, porque odio ir de tiendas y aún más probarme trapos, pero... Me conformaré con mi recién adquirida camisa y con mis intenciones de no sobrepasarme en la mesa.

Los cincuenta son terribles. Me recuerdan mis años de adolescente. Igual de difícil vestirse en ambas edades.