jueves, 28 de enero de 2010

LA CONSTELACIÓN DE ANDRÓMEDA, DE MARIEL MANRIQUE



La constelación de Andrómeda es una explicación mitológica de la vida y de la muerte, un recorrido por la enfermedad, ese estado del cuerpo que aboca al alma a abismos metafísicos, a asideros de acción y a intenciones renovadas en las creencias propias de la autora.

Su constelación es un canto a todos los seres vivos que, con su sola existencia, la salvan, así como aquellas otras pasiones por las que la autora apuesta fuerte. Los seres son estrellas que la iluminan: las flores, los minerales, las bestias, los niños y los artistas. Las pasiones son estrellas que la sostienen: los amores de personas queridas y las batallas (y sus instrumentos para afrontarlas).

El poema con el que arranca el libro es de una gran carga emocional, hermoso como los terribles ángeles de Rilke. Alberga una auténtica explicación del miedo. La salud frágil incita a la plegaria, a la oración que eleva una voluntad firme que confía en el poder del ánimo contra todas las enfermedades. La enfermedad como origen del universo literario de este libro. La enfermedad, también, como origen de su magnífico blog Pájaro de China. La canción de Patti Smith a la que se aferró como a un crucifijo. («Y no me concedas el perdón, / si elijo refugiarme en el silencio»).

Pero Mariel no está sola en el dolor. Como ella misma dice. «Ciertos muertos viven en mi vida y hasta logran salvarla. / No sólo sobreviven sino que evitan mi desaparición». La poeta habita en un universo paralelo poblado de arte, música, cine y literatura («Inagotables compañeros de ruta / que me provocan, me calman y me acunan. / Miro hacia mis costados. Creo que estoy sola. Pero no.»).

Mariel Manrique alza su espada defensora («Elegí la palabra como elige la espada un samurai»), y triunfa en la batalla. Vence. Mariel vence y nos convence con su verbo.

Deseo dejar aquí hablar a la poetisa con un poema de su libro, un poema narrativo que me gustó especialmente. No me demoro más. Mariel toma la palabra:

Los suicidas de Islandia

Cuando comenzaron las noches polares,
descubrieron que tenían todo en casa.
Afuera los zorros asolaban las ovejas y el viento azotaba las bahías.
Afuera todo era desiertos y glaciares
en un país de sombras obstinadas.
Rápidamente rescataron del estante más alto del armario
las cajas de rompecabezas con sus miles de piezas diminutas.
Pasaron meses reconstruyendo la boda de los Arnolfini.
Primero la lámpara encendida, los zuecos de madera y el perrito.
Después, la enigmática firma de Van Eyck
y la convexidad insondable de ese espejo
que les consumió tardes enteras
hasta que lograron (o pretendieron) descifrarlo.
Parte del invierno transcurrió
entre la devoción por la miniatura y el detalle doméstico.
Tocaban el violín intentando dar con su alma,
que es física y palpable.
No queda exactamente en el centro del instrumento.
Regularmente resucitaban el piano,
improvisando sobre las viejas partituras.
Se tiraban sobre la alfombra cerca de la estufa a leña,
con la cabeza apoyada en las palmas de las manos,
a viajar por álbumes de estampillas
o revisar su colección de juguetes antiguos.
Proyectaban películas mudas e inventaban los diálogos,
convirtiéndolas en películas nuevas.
Sustituían las escenas en blanco y negro
por imaginarias escenas en colores.
Suponían que un vestido verde lo hubiera modificado todo,
o un sombrero de plumas de arco iris.
Jamás habían visto un arco iris,
porque no habían asistido a la lluvia ni al sol que la sucede.
Afuera acechaban, como monstruos dormidos,
los géiseres y los volcanes en la oscuridad.
Ya lo dije, era la época de las noches polares.
Se hacen eternas y no alcanzan los libros de la biblioteca.
Leían los clásicos, deteniéndose y deleitándose en cada palabra.
Sabían que estaban muy cerca del círculo polar ártico
y que quien cae en ese círculo rara vez puede salir..
Porque ese círculo temible conduce hasta el fondo de la tierra,
es decir, hacia un abismo misterioso y malvado.
Eso creían, al menos, en los tiempos del solsticio de invierno.
Conversaban durante horas y recordaban su adolescencia.
Se dormían tomados de la mano, para no tener miedo.
Aprendieron de a dos una lengua extranjera,
que al principio les resultaba impronunciable.
Aprendieron a pronunciarla lentamente,
con una disciplina inquebrantable.
Afuera el océano se agitaba oscuro, filoso como el acero de un puñal.
Pero en casa tenían leña de sobra,
textos inagotables y música apta para calmar a las fieras.
Y se tenían, en esa soledad a ciegas, a sí mismos,
dspuestos a no dejarse doblegar
por la inclemente adversidad del clima que les había tocado en suerte.
Se volvieron tan resistentes a la noche
que olvidaron que algún día empezaría a deshacerse la nieve.
Que también existían la aurora boreal
y el sol inclaudicable de los veranos árticos.
Sencillamente,
no estaban preparados para dejar la casa y enfrentar el mundo,
del mismo modo en que habían sabido refugiarse en ella.
Y dar batalla al dolor.
Cuando la luz se filtró por las ventanas blindadas,
no supieron qué hacer.
No supieron qué hacer con la felicidad.
Se miraron desconsolados y ateridos,
porque el frío (aunque ya no hacía frío)
era una parte inexorable de sus huesos.
Rápidamente rescataron el revólver del estante más alto del armario.
Habían leído en alguna parte, sin prestar atención,
que en Islandia los suicidas suelen elegir la primavera.
Y cada uno de los dos, antes de gatillar, supo por qué.