sábado, 6 de febrero de 2010

JULIO CORTÁZAR

Lo miro. No me canso de mirarlo, de bucear en sus ojos, esos ojos vivos que asoman por los balcones de unas gafas de concha. Esa mirada clara que penetra inteligente mis ojos rendidos a su encanto. Esa frente alta que guarda manuscritos por todos sus compartimentos, esa boca sensual que se esconde tímida en el abrigo de la barba. Y sus manos, esas manos que confirman su figura alzada y enmarcan, como un cáliz, el triángulo con el que desea ofrecernos sus facciones.

Siempre lo miro en esta pose, siempre en el mismo marco rojo, un marco antiguo con una mancha igual de antigua que no le salta. Un marco del que se cansó mi madre cuando yo contaba diecisiete años. Sacó de él una fotografía de mi hermana en el día de su primera comunión y me lo regaló con esa actitud tan adulta de considerar un gran tesoro lo que su desprendimiento calificaba interiormente como estorbo y trasto. Nada más recibir ese marco, recorté y coloqué en él la fotografía que hoy perdura en el mismo sitio, una fotografía de periódico que atesoraba en una carpeta para que no se estropeara.

Han ocurrido muchas cosas en mi vida desde entonces. Han poblado mis espacios nuevos marcos. Pero éste, el más antiguo de todos, siempre permanece con el mismo contenido.

He soportado variadas y molestas mudanzas. Se me han roto decenas de marcos. Pero éste, el más antiguo de todos, siempre permanece incólume.

He esparcido mis libros y mis escritos en muchos despachos, en muchas habitaciones con vistas dispares. En todos ellos, en un lugar donde su vista se cruza con la mía, siempre ha estado vigilando este señor.

Algunas personas de las que han visitado mis casas a lo largo de los años, y que no lo habían tratado nunca, lo miraban y me preguntaban: «¿Tu padre?» Supongo que si alguna de ésas lo mirara ahora y me mirara a mí me preguntaría: «¿Tu marido? ¿Tu hijo?»

Siempre me acompaña. Siempre me mira cuando escribo. Mi madre, la misma madre que me regaló ese marco como si fuera un tesoro, ahora me dice: «Por favor, hija mía, tira ya esa reliquia con papel de periódico». No le respondo y cabeceo como si asintiera, porque considero que no debo dar disgustos a una mujer que supera con creces los ochenta años.

Y yo te digo, amigo que me acompañas desde siempre, que observas cómo escribo: «Uno habla con vos y es como si al mismo tiempo estuviera solo, y a lo mejor es por eso que uno habla con vos como yo ahora»Eres como los manuscritos que tú hallaste y que yo hallo en mis bolsillos, mi yo descuidado y juguetón, porque, «para ir pensando, no tenemos nombre», porque ambos tenemos miedo de encontrar un libro «con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen» y morir, porque ambos sabemos que lo absoluto «viene a ser ese momento en que algo logra su máxima profundidad, su máximo alcance, su máximo sentido y deja por completo de ser interesante», porque ambos jugamos un juego imposible y desprovisto de normas, un juego del que no deseamos salir nunca.

¡Ay, mi Julito!