viernes, 4 de junio de 2010

SEÑORES Y VILLANOS

Fotografía de Isabel Martínez

Con el buen tiempo –por decir algo, porque treinta grados a las diez de la mañana ya anticipan el desierto venidero algo más tarde–, me gusta tomar un café en alguna de las innumerables terrazas de mi ciudad, una urbe que tiene la costumbre de vivir en la calle. Esta mañana, disfrutaba a la sombra de una palmera de mi café solo. Próximos a mi mesa, dos tipos con un elegante aspecto intelectual en los gestos charlaban tensamente. Llegó hasta mis oídos parte de su conversación crispada. Algo así:

–No me conoces bien.
–No tengo el gusto, pero algo te intuyo por tus palabras y por tus actos.
–Que sepas que lo he leído todo.
–Yo no. Estoy en la prehistoria.
–Ya decía…
–¿Qué decías?
–Lo que me dé la gana, que mis juicios son míos.
–Y los míos, míos, si tengo opción a tener juicios.
–Estoy de vuelta de todo, así que no me fastidies.
–Pues yo no estoy de vuelta de nada. Creo que no he dado ni una sola vuelta.
–Ese es tu problema.
–Y el tuyo es que estás pasado de rosca.
–Eres un ingenuo inconsciente.
–Y tú un imbécil prepotente.
–Hasta con pareados. Eres ridículo.
–Perdón, dios de las verdades. Hasta la próxima.

Desde mi atalaya mañanera de diálogos pillados al azar, así ha sido. Más o menos.