martes, 8 de junio de 2010

HACIA EL TERRITORIO DE LAS HADAS


De pequeña, leía muchos cuentos de hadas. Como aún no había entrado en el mundo mágico de la mitología y sólo estaba en el asombroso de la niñez, consideraba un gran acierto esos seres creados por la fantasía humana para hacer más llevadera la existencia. Resultaban muy prácticas y me gustaba suponerlas reales. Pensaba que, en cualquier instante, se me aparecería un hada y, con su varita mágica, haría posibles todos mis sueños. El hada que mi imaginación entretenía no era una de las que circulaban por aquellos dibujos idealizados por las niñas, sino una mujer corriente: alguien que sosegara de los porrazos invisibles, de esos que no dejaban mataduras en las rodillas; alguien que esparciera la ternura necesaria en un mundo que estaba dispuesto a convertirse en hostil al más mínimo descuido.

Con el tiempo, supe que las hadas circulaban por un universo extraño que nunca vieron mis ojos, pues ni se bañaban las dulces ninfas en las fuentes de mi ciudad, ni las dríades se escondían en los árboles a los que había subido, ni las hespérides custodiaban los jardines de mi barrio, ni las terribles lamias asomaban sus cabezas por las cuevas, ni las sílfides se transparentaban en los vientos, ni las sirenas se balanceaban en las olas del mar, de ese mar cercano que se suponía lleno de nereidas.

Más adelante, abandoné a las hadas en sus cuentos, porque lo malo de crecer es comprobar que no existen los seres importantes que nos han conformado interiormente. Pero los primeros años de una persona son cruciales, ya que su huella persiste y su sombra ampara, aun cuando no seamos conscientes de ese halo protector y necesario.

Ahora, en una edad en que puede considerarse que cualquiera ha vivido bastante, vuelvo sobre mis pasos y reencuentro muchas cosas. Entre ellas, la noción de hada. Porque encontrar un hada en la cincuentena de la vida es un acontecimiento para el espíritu y un motivo de gozo para la vida. Sí, he hallado un hada tal y como la suponía en un inicio, en mis primeros años, alguien normal, pero dotado de la gracia de la naturaleza humana, esa gracia que sólo un interior puro alberga. Mi hada es generosa y sencilla, es alegre como un trino de pájaro, es buena sin fisuras, es cercana, firme y tierna (y cabezota, como todos los humanos a quienes más quiero). Mi hada es inteligente e ingeniosa, bromista y compasiva, culta y cercana. Mi hada está apegada a la tierra que la vio nacer y ensalza las pequeñas cosas en su gran sabiduría. Mi hada se multiplica y esparce su bendición para todos los que quieran acercarse a su dulce regazo. Mi hada conoce el lenguaje de los caballos y dialoga con ellos sobre los meandros de la vida. Mi hada practica el dialecto de las plantas, liga mimbres y tiene la paciencia precisa para entender que no es factible la recogida de los frutos sin la previa siembra y los minuciosos cuidados cotidianos. Mi hada se guía por las lunas y atesora el mayor bien que todos perseguimos: eso que llaman amor. Mi hada tiene nombre y sé dónde vive. Emocionada, mañana mismo voy a conocerla en persona, porque ya la conozco desde el alma. No negaré que me invade la impaciencia, porque no todos los días se puede estrechar a un hada entre los brazos. Mi corazón late acelerado y mis ilusiones se elevan en un cántico de agradecimiento.

Estaré unos días fuera, en la hospitalaria casa de mi hada. Allí, conoceré a otra querida amiga versada en lenguas, a una amante de Rosalía de Castro y de la lengua gallega. A la vuelta de este viaje del corazón, nos veremos. Ya mismo, voy a preparar el equipaje con la dosis necesaria de sueños, que las hadas requieren el alimento más sublime de la naturaleza.