domingo, 20 de junio de 2010

MIGUEL ESPINOSA



Llevo meses en el intento de rendir homenaje a quien he considerado siempre mi maestro, el ser que me enseñó el estar en el mundo de la literatura, la persona humilde que se alzó como un gigante, el hombre sencillo que caminó en silencio una existencia luminosa, traspasada por el fulgor de la palabra. Todos mis intentos de abrazar a Miguel son escasos. Toda mi gratitud es corta. Toda mi rabia por su muerte tan temprana es estéril. Toda mi alegría por el brillo de su nombre es indudable y acaricia mi espíritu como el mejor de los regalos.

Tuve la suerte de conocer a Miguel, de que él se me acercara en su sencillez primigenia, de que él me alcanzara con su gracia, de que él me hablara y me confirmara en la palabra. Fue poco el tiempo que gocé de su presencia nutricia, sus dos últimos años de vida, porque la muerte lo cortejaba desde hacía tiempo, quizá enamorada de su luz, quizá celosa de tanto brillo.

No consigo dar con los vocablos justos que definan su persona y su obra, ambos de una magnitud inabarcable. Sólo sé que lo amé y lo amo, que vive en mi interior, que es el maestro que aún me susurra y apacigua, que es el ser que me sostiene en mi pasión por la literatura. Toda mi actitud vital en este campo la aprendí de sus sabios consejos. Todas las líneas que escriba en su memoria son pocas para abarcar mi gratitud.

Miguel, padre y amigo, sabes que te llevo siempre, que te escucho siempre, que la emoción me impide tratarte desde un punto de vista crítico. Es demasiado el amor que te profeso, ahora y siempre.

Miguel, gracias, gracias por tanto, gracias por todo.

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En breve, sacaré una nueva entrada que recogerá parte de su pensamiento; frases al azar de su libro Escuela de mandarines.