domingo, 5 de junio de 2011

UNA SESIÓN DE FOTOS

Aquel día me vistieron como un repollo, me colocaron unos zapatos que me hacían daño y me acicalaron el pelo con unos rizos cursis, un flequillo esculpido y, a modo de corona, me encasquetaron una diadema que se me clavaba detrás de las orejas con una saña sádica. Algo gordo debía ocurrir para que me hubieran disfrazado de esa guisa, para que me hubieran hecho prescindir de mi cómodo vestidito de algodón que no importaba si se manchaba.

Salí de casa cogida de las manos de mis padres, uno a cada lado y yo en el centro, como una princesa en miniatura que precisara corte y protección. Pero el destino de nuestros pasos no fue una boda o un bautizo, sino un estudio de fotografía donde mis padres habían decidido que posara, para que la niña que no era con ese disfraz pasara a los anales de sus álbumes de fotos.

Mi sesión de modelo fue un auténtico suplicio. La ayudante del fotógrafo se empeñó en repeinarme aún más de lo que ya estaba y me obligó a subir a una tarima con dos muñecos horribles; ni el más feo de los míos les hacía competencia a aquellos dos monstruos.

–Cógelos –me indicó el fotógrafo.

–No me gustan –respondí sin ningún tipo de empacho cortés.

–Da una mano a la muñeca y al otro lo coges con la otra.

Ante mi negativa muda y espantada, la ayudante del fotógrafo me colocó ambas birrias en las manos con una determinación iracunda frente a la que no cabía réplica.

–Estás muy bien así –me animó mi padre desde el fondo del estudio.

–Sonríe –me ordenó el fotógrafo.

Pero no tenía ganas de echar la más mínima sonrisa. Deseaba escaparme, desasirme de aquellos muñecos espantosos y rancios.

–Sonríe –repitió el fotógrafo y, ante mi falta de obediencia, mi padre se colocó detrás de él y se puso a hacer el mono con gestos exagerados.

No sé cómo ocurrió, pero el fotógrafo se salió con la suya sin que yo me diera cuenta, quizá aprovechando que estaba concentrada en las monerías de mi padre. El recuerdo gráfico que miro así lo atestigua.