lunes, 11 de julio de 2011

MEDITERRÁNEO

A Cabopá, en agradecimiento constante por sus imágenes saladas

Tarragona (Fotografía de Isabel Martínez Barquero)

Desde la altura de los siglos,
erguido en la piedra milenaria,
contempla impertérrito 
el azul que lo alegra. 
No se cansa nunca su mirada 
ni conoce la inquietud 
del movimiento que vigila.

Algún lugar de Grecia (Fotografía de Isabel Martínez Barquero)

Tras los cristales, 
la tierra se desdibuja 
con humilde pleitesía. 
El azul permanece 
y colma de serenidad 
los perfiles que enamora.

Sitges (Fotografía de Isabel Martínez Barquero)

Unas nubes tintan de grisura 
la superficie siempre inquieta, 
y ensaya mohínes de alboroto, 
gráciles signos de disgusto.


Olas (Fotografía de Cabopá)

El gesto se le descompone 
en un arrebato libre. 
Una jalea de espumas disuelve 
la tensión contenida. 
Estalla en el bullicio 
sin vergüenza.


La Manga del Mar Menor (Fotografía de Isabel Martínez Barquero)

Producida la descarga, 
el inmenso se apacigua 
y ensaya azules más profundos, 
marinos de hondura sosegada 
que se disponen para el roce 
de la noche tibia.


La Manga del Mar Menor (Fotografía de Isabel Martínez Barquero)

Nunca teme a la oscuridad que lo corteja 
cuando el rubio se esconde 
cansado de su esplendor 
de fuego.


Cala Flores, Cabo de Palos (Fotografía de Isabel Martínez Barquero)

Se coloca su vestido de fiesta 
para perderse en la negrura 
que lo abriga. 
Jamás ignora el requiebro 
de la dulce luna 
vestida de plata.
Jamás duerme,
pues no conoce el cansancio
ni se hastía del movimiento.

Ronco y perenne,
vigila el descanso
de los hombres.