martes, 15 de noviembre de 2011

RECETAS PARA EL BIZCOCHO



No es que yo sea una leída y escribida como la maestra del quinto derecha, pero a veces tengo mis puntazos, que no toda la gloria va a ser para los entendidos y puestos, esos que te perdonan la vida cuando te observan con ínfulas de reyes de no se sabe qué reino ilusorio. Pero no recordaré a estos tipos, que se me encienden por dentro hogueras que me agarran la garganta y me oprimen el pecho con instintos asesinos.
A lo que iba: que yo seré una obtusa, pero me entero de todo, de más, incluso, de lo que debiera, como me ha pasado esta mañana en el corral de vecinos del Paraíso. Está visto que, en esta casa, florecen las faunas más estrafalarias. No salgo de mi asombro, porque yo seré una rara, pero mis vecinos me multiplican la rareza con avaricia.
Discutían en el portal el guapísimo David y don Dimas. No llegaban a un acuerdo sobre los ingredientes que debe llevar un buen bizcocho, porque David –siempre más bonito que un San Luis– enarbolaba la bandera del yogur frente a la leche clásica en la que no declinaba don Dimas.
La conversación fue más o menos de esta guisa:
–Que le digo, señor mío, que no está usted en la onda, que ahora a los bizcochos se les echa yogur.
–Joven, déjese de componendas de cocina, que lo tradicional es el chorrito de leche. ¡Si lo sabré yo, que mi difunta bien decía que, sin ese chorrito, no sacaba buen bizcocho!
–Modernícese, abuelo, que lleva caspa decimonónica y estamos en el siglo veintiuno.
–Sí, y este siglo da patente de corso para las faltas de respeto.
–No se me ofenda, hombre, que no es para tanto.
Don Dimas se quedó callado mientras miraba fijamente a David. Lo examinó enterito, frunció el ceño y, antes de entrar en el ascensor, le dijo con desprecio:
–No me sea tan maricón, muchacho.
–Oiga, sin ofender –se defendió el joven con el porte más hermoso que he conocido, aunque de poco le valió, pues su frase fue emitida cuando ya la puerta del ascensor se había cerrado.
Me acerqué a David con gesto de concordia, porque yo seré una mujerona con los atributos bien puestos, pero no soy una borde ni una estrecha en los asuntos de las entrepiernas de los otros. Que cada quien busque su gusto donde se halla, qué caray. Más me escandaliza la hipócrita moral al uso de los políticos de esta España a la deriva.
–No te amohínes, mi niño –le espeté con dulzura–, que los bizcochos salen muy buenos con yogur.
–¡Pues claro!
–Y también con leche. No seas tan cabezota.
–Vale, Patro, si lo dices tú, que eres mi vecina favorita, lo probaré un día con leche.
–Te gustará –le señalé en el quicio de la puerta de la calle.
–¿Dónde vas, mi reina? Podrías venirte conmigo a una reunión de alto copete, que vamos a ver si acabamos con tanto político toca pelotas.
–Anda, tira tú a arreglar el universo, que yo me marcho ahora mismo al mercadillo de Santa Ana, que me sopló una amiga que está de escándalo, no como esos otros mercados que nos están haciendo bien la pascua.
–¡Tú y tus mercadillos!
–Como debe ser, rey mío, porque ya me elaboren el bizcocho con leche o con yogur, siempre se lo zampan los de arriba y a mí no me dejan ni unas miguitas–. Dicho lo cual, salí con paso firme, que una está muy escarmentada del vivir y bien sabe dónde debe dirigirse para que el dinero le estire hasta fin de mes.
Ya en el coche paupérrimo que tengo, pensé que me encantaría que David y sus compinches acabaran con tanto sinvergüenza, con tanto vocinglero que promete y promete mientras, a escondidas, se frota las manos pensando en lo que va a arramblar si gana las elecciones. Mucho prometer y poco hacer. ¡Qué asco de campaña electoral! ¡Bastante tengo yo con la campaña existencial! Se creerán que nos la meten los muy mentirosos. Anda, que si no fuera por los mercadillos...