domingo, 18 de diciembre de 2011

LA NAVIDAD DE UN PERIODISTA

Alrededores de Innsbruck, Austria
(Fotografía de Isabel Martínez Barquero)


        Habían llegado desde muy lejos con un encargo definido: pedirme que escribiera sobre la Navidad. Sonreí con ironía. Me resultaba cómico que acudieran a mí con semejante petición, a mí que hacía cerca de un año que había abandonado el periódico. Mis dedos ya no se ejercitaban diariamente en la escritura atropellada, en la glosa de las últimas noticias, en la carrera frenética contra el tiempo, contra el cierre de la edición de cada jornada.
–Ya estoy lejos de todo –les respondí, pero mis visitantes no retrocedieron en su empeño y se acomodaron en los intersticios de mi nueva morada con aires de permanencia.
Ante mi propio asombro, sacaron botellas de whisky para combatir el frío que les calaba en los huesos.
–Anímate, hombre, nadie mejor que tú puede darnos una idea de la narración de la Navidad que perseguimos. A todos se nos ocurren los mismos tópicos, ya a favor, ya en contra, de esos días bañados de miel o acíbar.
–¿Y por qué he de ser yo quien os resuelva la papeleta?
–Porque intuimos que tienes mucho que contar. Te trajiste contigo el secreto que te abrió las puertas de este territorio.
Permanecí mudo durante un buen rato mientras observaba a mis dos antiguos colegas con interés. No se habían despojado de las gruesas pellizas que los abrigaban, ni de las bufandas ni de los guantes de lana. Me divertía al verlos frotarse las manos y exhalar un aliento que poblaba la atmósfera de volutas blanquecinas de humo. No entendía cómo se habían atrevido a venir hasta donde me encontraba; sin duda de ningún género, eran valientes, o, quizá, temerarios, porque nadie se interna por caminos sin retorno si no lleva en su interior el estigma de la insensatez. La profesión de periodista infunde una buena dosis de imprudencia torpe, pero no tanta como para escapar por una rendija de la existencia, por una grieta que nadie asegura que no se cierre para siempre al traspasarla.
–Ya que no puedo escribir, pero si hablar, ¿qué deseáis saber con exactitud? –les pregunté, compadecido por su hazaña suicida.
–Nos gustaría que nos contaras qué ocurrió durante la Nochebuena del año pasado para que llegaras hasta aquí.
Suspiré con profundidad para tomar aliento, el que necesitaría para referirles la estúpida cadena de sucesos que me trasladaron a mi nueva morada. No es sencillo para mí narrar en dos palabras los turbios y empalagosos laberintos de una noche que se pobló de familiares proclives a la hermandad por unas horas. Ante una mesa fastuosa, comíamos y bebíamos sin moderación de ningún género, los brindis se sucedían uno tras otro y las miradas se habían vuelto aborregadas en medio de aquella exhibición impúdica de un cariño fingido y, no por eso, menos deseado por los allí presentes. Todos sabíamos que, en nuestros interiores, campaba la melancolía más gris y desoladora, que se trataba de una simple tregua donde fingíamos buenos sentimientos, de una alucinación consentida para sobrellevar una noche donde la infancia vuelve con toda su estela de necesidad de afecto, con su orgullo de pertenecer a una casta que arropa y protege, con su ilusión de perfecta avenencia en el entorno más íntimo. Tras haber engullido todos los alimentos que no debía y haberme sobrepasado con los vinos, decidí hacer un brindis con mi décima copa de cava en la mano. Al compás que improvisaba un pequeño discurso plagado de cursilerías sobre la Navidad, experimenté los vahídos propios de la desmesura a la que me había aplicado con deleite. En cuestión de segundos, vi los rostros trastornados de mis familiares sobre mi cuerpo lánguido, mastiqué la urgencia aterrada en las pupilas de mis próximos, asimilé lo que me ocurría y, sin temores, entré en la estancia abierta que me llamaba con premura. Desde entonces, considero que habito en un lugar plácido, lejos de las prisas del periódico, lejos de las exigencias hogareñas.
Cuando concluí mi relato, mis dos antiguos compañeros permanecieron mudos. Intuí que no hallaban palabras que decirme, de manera que, con benevolencia, los animé a regresar a la redacción del periódico: entre sus paredes conocidas, hallarían el modo de narrar mi última Navidad, ya que yo no podía hacerlo. Mis colegas aún debían afanarse en los espejismos de la vida. 
Ante mi ruego, los dos periodistas se levantaron en silencio, me dieron un abrazo y salieron a gran velocidad en el coche que los había traído hasta mí. Observé su marcha por el camino lleno de niebla mientras me sonreía y un sentimiento de satisfacción me embargaba: había realizado mi buena obra de Navidad.

(De mi libro El cauce de los días)

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Con este relato, os deseo a todos unos felices días de Navidad.
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