domingo, 18 de marzo de 2012

ESPEJOS


Francisco Javier Illán Vivas, Juan Serrano e Isabel Martínez Barquero en la presentación de París en la Tertulia de los Jueves el 15 de marzo de 2012
(Fotografías de Francisco Javier Illán Vivas) 
Creo que muchos habéis averiguado que me llevo mal con los espejos, por no decir que ellos y yo nos ignoramos de forma altiva desde hace más de treinta años, cuando vi al tiempo y sus destrozos reflejados en la luna cruel y no reconocí el proyecto de adulta que me miraba con cara de chiste y canas prematuras en las sienes. Hacía muy poco que había leído El retrato de Dorian Gray, de Óscar Wilde, una novela que me fascinó de principio a fin (ya antes, con quince años, vi en Segovia, en el cine Juan Bravo, la película y me caló muy hondo, tanto que aún perviven sus imágenes en mi cerebro). Como dijo Carmen Martín Gaite de esta novela en el prólogo que escribió para la edición de la misma por la Biblioteca Básica Salvat: «Su obra, El retrato de Dorian Gray, a pesar de haber sido tachada con frecuencia de superficial e inmoral, creemos que supone una importantísima aportación a la novela psicológica y fantástica de todos los tiempos, y en ella el eterno tema del paso del tiempo está tratado no solamente con originalidad, sino también con estremecedora hondura». Por otra parte, el propio Óscar Wilde ya efectúa toda una declaración de principios en el Prefacio de la novela con perlas de gran calibre, como esta inicial: «El artista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte»

Francisco Javier Abellán, a la izquierda, que dirige la Tertulia de los Jueves en el Casino de Molina de Segura, y Francisco Javier Illán Vivas, a la derecha, autor incluído en la antología París y co-director de la revista Ágora, papeles de arte gramático
(Fotografía del chico de Isabel Martínez Barquero)

Con Bergson, siempre he creído que «la gracia es la absoluta sumisión del cuerpo al espíritu», o me ha convenido creerlo en atención a mi escala de valores propia y específica, tan lejos de cultos excesivos al cuerpo más allá de los goces primarios y planetarios de la comida, bebida y sexo, donde el envoltorio impone sus leyes para llenar de deleites al espíritu y a la carne que lo sustenta.


Mari Carmen y Mariano Sanz Navarro 
(Fotografías del chico de Isabel Martínez Barquero)

Volviendo a Óscar Wilde, desde hace unos años, unos veinte más o menos (qué escalofrío conjugar tantos años con tamaña naturalidad, qué desastre), cuando me acuerdo de él aparece de inmediato a su lado el ensayista español José Antonio Marina, por aquello de que en su magnífico libro Elogio y refutación del ingenio tilda al inglés como a uno de los mayores ingeniosos que ha dado la historia. No entraré al trapo en esta cuestión, pero sí me voy a apoyar en el pensador toledano para ser capaz de sacar esta entrada con un descarado ingenio, utilizando la palabra en el sentido que la desarrolla en su citado libro. Me animo con algunas de sus frases para ponerme espejos y no saber elegir como es debido: «Cuando la inteligencia se hace ingeniosa no se toma en serio y rebaja sus humos»«Cada vez que la inteligencia consigue burlarse de la razón, el sujeto siente un escalofrío de gusto»«Al ingenio le cuesta elegir (...) El ingenio se ve forzado a elegir la verdad mundanal a la verdad real» cuando «el instante decisivo de la actividad creadora no es la ocurrencia, la invención, sino la selección. El artista se equivoca o acierta al dar la orden de parada. Ese es su acto más genuino».
Algunos de los asistentes a la tertulia
(Fotografías del chico de Isabel Martínez Barquero)
Espejos e ingenio, ¡menudo matrimonio! No sé mucho de espejos, pues llevo poco tiempo en el corredor que los reúne. Reconozco que me deslumbro con tanto brillo y me mareo con tanta imagen rutilante. Serán cosas de solitaria, de ser que acontece según los dictados de su esencia recluida, que me han crecido los dientes en los brazos de los libros y he extendido las alas en los renglones sin eco trazados durante más de cuarenta años. O serán manías del espíritu crítico, ese censor que le da por crecer más de la cuenta cuando se observa la vida desde la barrera del extrañamiento.

Mari Carmen, Mariano y Andrés
(Fotografía de Isabel Martínez Barquero)

Me hago ingeniosa una vez más para sobrevivir en un mundo de realidades tangibles y mediáticas, so pena de quedar reducida a las cuatro paredes de mi despacho, donde tan bien se está y donde he permanecido oculta cuatro décadas. Admito ese punto de ingenio para salir de la concha, aunque esté convencida de la verdad aplastante de la idea de Óscar Wilde: la de la primacía de la obra sobre el creador, ¡tan olvidada en esta sociedad insustancial de la imagen y la ocurrencia rápida!

Vídeo realizado por Francisco Javier Illán Vivas

Bajemos, pues, de las nubes teóricas y riamos algo, que el escape hacia el ingenio es necesario para tratar ciertos temas que afectan a uno mismo. De puntillas, sin apenas mirarlos si no deseo morirme de la vergüenza, paso frente a los espejos que coloco en esta entrada, consciente de no reconocerme y avergonzado mi espíritu de no haber conseguido una mayor prestancia en la apariencia física, pero esto es lo que hay y a ello he de estar, me guste o no me guste, que son cincuenta y tres asaltos temporales los que sufre y pierde esa señora que anda por ahí suelta sin compostura ni sentido del ridículo.

Peligro de mareo supino
Vídeo realizado por el chico de Isabel Martínez Barquero, novato en estas lides

Aquí doy cuenta del evento del jueves. Me ha costado llegar hasta este punto, que he sufrido un calvario para conseguir montar y subir el segundo de los vídeos (bien sabéis de mi impericia técnica). También, como desagravio a vosotros y en agradecimiento a la estupenda labor realizada por Francisco Javier Illán Vivas, dejo unos enlaces que resumen a la perfección la entrañable tarde en Molina de Segura: aquí, con unas fotos, y aquí, con un vídeo; en este, donde Francisco Javier Illán Vivas nos cuenta «En un hotel de París»; en este otro, donde Juan Serrano nos narra «El mendigo de la plaza Vendôme»; y finalmente, donde yo leo «Eliane», cuyo vídeo he traído a esta entrada.
Gracias por vuestra mirada caritativa, la que prefiero imaginarme para no coger miedo escénico.