domingo, 22 de abril de 2012

PILLERÍAS

El primer humo, de Karl Witkowski

Esta tarde el portal del Paraíso se ha animado con varios de sus vecinos ilustres, de esos a quienes les gusta el palique y la chanza. Venía de dar un paseo, el único lujo que me puedo permitir por resultar gratis, cuando me tropecé con la Patro.
–¿De estirar las piernas? –me preguntó vivaracha, pues bien conoce la vocación escuálida de mis bolsillos.
–A ver qué remedio... Me convertiré en el habitante más sano en varios kilómetros a la redonda. Entre tanto paseo y la ausencia absoluta de colesterol en mi dieta...
–No eres tú solo, Julián de mi alma. En asuntos de meterse en cintura, no existen monopolios y yo te supongo una dura competencia. Soy la campeona en la final de sin companaje –rió la Patro.
–No sabéis apreciar el bien para vuestra salud y vuestra figura. Tú, Patro, ya vas tomando formas de Schiffer –ironizó el joven David mientras se nos unía con maneras de clérigo.
–Ya está el guaperas con sus palabrotas. A saber lo que me ha llamado sin que me entere –nos hizo reír la Patro.
–¿Qué, David, de revoluciones que no revolucionan? –le pregunté mientras le comentaba que he decidido no enchufar la televisión ni la radio, ni tan siquiera hojear el periódico en la cafetería de la esquina. ¿Para qué?, le decía. ¿Para hacerme mala sangre? ¿Para condenarme aún más el futuro que no tengo? ¿Para que me roben la miaja de alegría que aún pulula en las escasas sonrisas que a veces me salen, amnésicas y esmirriadas? –Creo que hemos de preservar nuestro humor, pues es lo único que nos queda y hasta nos lo quieren quitar, muchacho –concluí.
–No te dejes vencer, Julián.
–Si yo no me dejo, criatura, pero quiera uno o no quiera al final lo vencen los de siempre. Nos estás atornillando demasiado –me puse serio.
–Te comprendo, amigo, pero ahora más que nunca conviene no perder la fe y aunar fuerzas para salir del sucio sistema capitalista que nos tiene subyugados a todos –me respondió David desde su juventud ingenua. 
–No tenemos cojones para ser islandeses, así que no te montes castillos en el aire. En este puñetero país han decidido que, aparte de crisis que ya no es tal sino recesión en toda regla, los de siempre nos aflojemos aún más el bolsillo, unos pocos euros al mes, apenas algo simbólico cacarean los fantoches que nos mandan. 
–¿Te refieres a la frescura de las recetas? –aventuró la Patro con cara de enterada.
–Una vergüenza, Julián –se atropelló David–. Mi madre tiene una pensión ridícula, la más baja que puedas figurarte. Pues bien, se la han bajado a primeros de año, pues bajada es deducirle más para impuestos, y ahora le meten la astilla de las recetas de farmacia. ¡Intolerable! Vamos, que tendré que remitirle algún dinero al pueblo si no quiero verla mendigando. 
–¿Cómo estará el percal para ir a por los viejos? No vamos al carajo todos –sentenció la Patro.
–No seáis tan pesimistas. Y os lo dice uno que está muy preocupado con la anunciada subida de las matrículas universitarias. Veremos a ver el curso que viene...
–¿Cuántos años te faltan para concluir la carrera? –le pregunté al chico.
–Uno solo, pero en ocasiones se me estira algo más por el hecho de estar trabajando. Para que estos niños de papá digan que es por haraganería...
–No te enciendas, David. No merece la pena –lo consoló la Patro.
–Es indignante, os lo aseguro, y aquí nadie se libra, que no conozco español que no esté temblando. Con decirte que ayer, sin ir más lejos, me metí en el ascensor con don Máximo, el vejete del tercero derecha, ese tan simpático que en nada se asemeja al tieso del don Dimas...
–Sí, lo conozco. Un buen hombre –cabeceé.
–Pues me decía que estaba encorajinado, que serían simbólicos para los del gobierno ocho euros al mes, que para él semejantes cantidades eran una fortuna. Me contó que ya le cuesta pagar los recibos con tantas subidas inmisericordes y que exigirle eso, cuando está sometido a una medicación costosa, es privarlo del descafeinado que se permite una vez por semana mientras echa una partida de dominó con los amigos, su única distracción en siete días.
–Eres muy joven aún, David. Ya entenderás que a los mantenidos les importa un bledo lo que no sea su interés. Están acostumbrados a trajinarse buenas sumas de dinero y saben muy bien que se consiguen juntando calderilla de aquí y de allá, a costa siempre del sudor del paria.
Pequeños secretosde Karl Witkowski

–Pagamos los desgraciados de siempre –se quejó la Patro.
–Así ha sido desde que el mundo es mundo. En la Edad Media, estaban los diezmos y los señores feudales. Ahora, están las empresas monopolísticas de servicios esenciales para la comunidad y los políticos, la nueva ralea de pillos tocada por la gracia democrática. Toda esta gentuza conoce el poder acumulativo de las pequeñeces –me disparé en mi discurso.
–Qué mal debe irte, Julián –exclamó David.
–Voy tirando, que no es poco –le mentí, pues no deseaba ensombrecer aún más el semblante de un joven con mis problemas. ¿Cómo indicarle que yo, Julián Bastida, malvivo? Soy un parado de larga duración, tengo cincuenta y ocho años y hace casi tres que me quedé sin empleo y sueldo. Con el modestísimo subsidio que me pagan de cuatrocientos euros a cambio de haber cotizado a la Seguridad Social durante toda mi vida por la suma más alta, nunca inferior a un veintiuno por ciento de mis ingresos, atiendo mis necesidades más primarias sin lujos. Porque vivir con esa cantidad implica, deducidas las astillas de luz, agua y cuota de la comunidad de vecinos, rozar el umbral de la miseria, que hasta temo por la sensatez de mi discernimiento cuando me sorprendo, cual beata, rezando a cualquier santo para que no se rompa nada ni venga ningún imprevisto a condenarme a escuchar el rugido de mis tripas.
–¿Necesitas ayuda?
–Tranquilo, David, que salgo adelante –le dije para no explicarle lo penoso que resulta después de haber trabajado durante toda mi vida llegar a esta edad más que prudente que tengo y prescindir del calefactor si hace frío y de una comida en condiciones, que estoy más que harto de las patatas hervidas o del arroz cocido. Es posible que en este país existan muchos pintas, pero yo soy de una pieza y no me gusta desanimar a nuestra juventud.
–Julián, ¿fuiste tú quien rompió mi maceta de begonias, la que coloqué en la esquina del portal? –me preguntó Encarna, la maestra del quinto derecha, aparecida de improviso.
–¿Y por qué iba de ser yo? –me defendí.
–Porque ya he preguntado a todos los vecinos y sólo me faltabas tú, así que...
Cuando fui consciente de que, por exclusión, me atribuía la rotura de una maceta que ni llegué a ver, no me resistí a la guasa y me defendí según la última moda:
–Pido perdón. No lo volveré a hacer más.
–Ándale, otro que actúa como si fuera un crío chico cuando va camino de carcamal –contestó La Patro con los brazos en jarras.
–Que no nos falte el humor –rió David.
–¿La rompiste tú? –me preguntó con los ojos muy abiertos Encarna, sin dar crédito a mis palabras.
–Ya te ha dicho lo que tenía que decirte –puntualizó la Patro con la guasa en el rostro–. Con toda probabilidad, decidió irse de cacería de pulgones por las tierras de tu maceta.
–¿Cómo? –se extrañó la maestra del quinto.
–Si a otros de mayor alcurnia se les perdonan atrocidades importantes como meras fechorías, venia sobrada he de tener yo en este patio de vecinos por tal minucia –concluí con una carcajada mientras llamaba al ascensor.
–El mundo al revés, está claro. Hoy los viejos se comportan como niños y todo está apañado –aún tuve tiempo de escucharle a la Patro mientras Encarna y David se carcajeaban con ganas.

Jugando con fuego, de Karl Witkowski