lunes, 8 de octubre de 2012

LA PICADURA DE UNA AVISPA


Era la primera vez que salía de viaje con ella. Estábamos en los inicios de la relación y todo era nuevo y sorprendente, como un día sin estrenar. Me gustaba aquella mujer, me gustaba mucho.
Por desgracia, no la atendí como debía durante el viaje. Una avispa inoportuna se enganchó a su brazo que, cándido y desprevenido, sufrió la picadura que le propinó el insecto con saña. Ella me dijo que sentía escalofríos y mareos al compás que su brazo se hinchaba como un flotador inflado por un aliento muy potente. Le quité importancia a su inquietud: el picotazo no tenía mayor trascendencia y pronto el brazo y ella misma volverían a la normalidad. 
A lo largo de la jornada, se quejó varias veces y me hizo partícipe de su malestar continuo mientras me mostraba la hinchazón en aumento.
Cuando al caer la noche, decidí llevarla a un hospital por su aprensiva y cansada insistencia, fue demasiado tarde: en el camino, falleció entre convulsiones.
Desde aquel momento aciago, odio a las avispas.
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