lunes, 11 de marzo de 2013

DE CORRECCIÓN


Quien se dedica a escribir bien sabe lo que cuesta conseguir una página medio decente, de la que nos sintamos algo satisfechos. En cada frase surgen dudas, decisiones que han de tomarse para que la historia discurra por una u otra dirección, compromisos con las palabras que usamos, esas que nos definen y definen el material poroso fruto de nuestra fiebre creadora.
En estos días me hallo sumergida en la tarea de corrección de mi segunda novela, una novela muy extensa que recorto y ajusto con constancia. Hace ya años que la acabé, por lo cual son muchos los puntos que debo vigilar: unas reglas de ortografía cambiadas –como, por ejemplo, la no acentuación de los pronombres demostrativos–, un lenguaje que ya me queda lejano y otra serie de extremos que quien haya corregido su propia obra, a efectos de publicarla, sabe lo resbaladizos que son. Todo se reduce a unas pocas palabras que se dicen muy pronto y se conjugan muy lento: concentración, horas, disciplina, espíritu crítico y algunas más que se alejan del ideal del escritor como un ser que escribe ab initio en la más pura de las perfecciones.
No voy a dar la tabarra con la muy conocida crisis editorial, los malos tiempos que vivimos a todos los niveles –entre ellos el de la cultura– ni las pocas salidas dignas que tiene alguien que escribe sin estar metido en los circuitos comerciales que mueven los hilos. Sé que muchos pensaréis que más vale abstenerse, no hacer nada, esperar... En mi caso, me he cansado de esperar y, de nuevo, acudiré a la vía de Amazon. En breve sacaré en esa plataforma la novela que ahora corrijo, la más larga que he escrito hasta ahora. Es mucho el trabajo que conlleva la aventura, pues una ha de hacer de todo: escritora, fotógrafa, maquetadora, correctora y promotora de la propia obra. Difícil, muy difícil, y más cuando se pretende un cierto distanciamiento que consiga unos resultados honrosos. 
Conforme avanzo, son más las cuestiones que se me plantean y que voy resolviendo de manera intuitiva. Una de ellas es la del precio, qué criterio seguir para poner un precio a una obra. En un principio, y con las otras dos que subí a Amazon durante el verano y el otoño pasados, y cuyas portadas con enlace ilustran esta entrada, decidí que sería a un céntimo por página. Así dicho no resulta ninguna barbaridad por la que nadie haya de poner el grito en el cielo, pero bien sabido es que en Amazon se vende muy barato y que existe un nutrido grupo de lectores que están muy pendientes de conseguirla, incluso, de forma gratuita. Sé que es un mal punto de partida un precio que supere el euro, pero... No haré demasiados comentarios, pero sí oigo una voz interna que me dice: «Cuanto más te agachas, más se te ve el culo», y quien quiera entender que entienda. Si con el trabajo que da publicarse uno mismo, aunque sea de manera virtual, nos degradamos como si ofertáramos una plancha o una tostadora –que, encima, valen mucho más que los libros que los autores españoles independientes publican en Amazon–, mal camino, muy malo. Quien no valora su esfuerzo, su creatividad y entra en circuitos de rebajas continuas u otras maneras de feriantes, venderá mucho, no lo dudo, pero hace un escaso favor a la dignidad de un oficio tan antiguo –y, por desgracia, mal pagado– como es este de la escritura.
Otra duda que tengo resuelta es la de la promoción. Voy a hacer promoción, pero me niego a estar todo el día metida en las redes sociales vociferando mis obras. Conozco personas que llevan ya años de promoción y siguen como el primer día, como si se tratara de un libro recién salido al mercado. No las critico, pero no las secundo ni las secundaré. No me interesa convertirme en una comercial de mí misma, de los demás ni de la propia plataforma de Amazon. A mí me gusta escribir y no voy a desperdiciar mi gramo de tiempo en cantar mis virtudes de manera continua –con la vergüenza que produce–. Admiro a quien es capaz de hacerlo, como a quien tiene una seguridad a prueba de bomba. Yo me desanimo pronto, me entristezco por una falta de empatía, me aflijo por un desprecio, me escondo cuando me prejuzgan, me azoro cuando no consigo algo de complicidad con los lectores... Por supuesto que lucharé por mis obras como mejor sé y en la medida de mis propias fuerzas, expondré y compartiré las alegrías que me dan, pero siempre he pretendido no ser pesada ni repetitiva ni dar una imagen frívola o de mercader ávido. No creo que vaya a cambiar ahora. 
En fin, que mi próxima entrada será para presentaros esa segunda novela mía en cuya corrección estoy trabajando. Ya tengo casi segura la portada tras una serie de pruebas y arreglos, todo muy casero con una máquina de fotos y el Picasa de ayudante. Me faltan los últimos toques al texto, los arreglos para que la obra se lea bien en un lector de ebooks y todos esos detalles que precisa un libro electrónico. Espero conseguirlo pronto. Otra cosa es vender, que obtengo muchas buenas palabras pero vendo bien poco, señal de lo pésima que soy en esto de la promoción. Y os aseguro que se vende todo con una buena promoción, hasta lo más soporífero. Tendré que aprender a promocionarme, tendré que hacerlo de una manera que no entre en colisión con mi carácter ni me robe la totalidad de mi tiempo.
Abrazos virtuales para todos y hasta pronto.