miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA CONFIANZA


«La confianza no puede forzarse», dice Irène Némirovsky en su libro El maestro de almas, muy recomendable, por cierto. Acabo de concluir la novela y se me ha quedado ese sabor especial, inconfundible, que dejan las buenas lecturas. He subrayado bastante a lo largo de sus páginas, porque la sabiduría y el saber hacer de esta escritora son innegables; la primera, quizá, fruto del sufrimiento. Unas cuantas muestras de su estilo inconfundible, profundo, de gran hondura psicológica: 
«(...) los negros ojos traslucían tristeza; habían derramado lágrimas, velado, contemplado la muerte en rostros amados, aguardado con esperanza, mirado con valentía (...).» 
«Habían bebido en la misma fuente, compartido un pan amargo.»
«¿Por qué para otros la vida tenía un sabor sutil y delicioso? En él era un alimento crudo y grosero que había que buscar con esfuerzo, que arrancar con empeño. A dentelladas, cuando no había más remedio. ¿Por qué?»
«La felicidad lo volvía virtuoso.»
«La vida no lo había preparado para rebelarse, sino para la obstinación, para la paciencia, para el esfuerzo, constantemente defraudado y vuelto a renovar, para la aparente resignación, que aumenta y concentra las fuerzas del alma.»
«Cuando nada hace mella en el adversario, cuando nada lo inmuta, sólo queda eso: ¡vencerle con la esperanza!»
«(...) quienes siempre han vivido al día no conocen la previsión, virtud de los ricos, virtud de los afortunados.»
«(...) lo único que lo sostenía era el prestigio y el prestigio se compraba con un chorro continuo de dinero.»
«Bajo la lluvia, la región era tan triste como una mujer maquillada llorando.»
Unas cuantas frases al azar que apenas si abarcan la magnitud de esta novela. No es larga, pero sí es densa. Publicada inicialmente por entregas y dosificada en capítulos cortos que piden la continuación inmediata, Irène Némirovsky desarrolla una serie de cuestiones que podrían considerarse de rabiosa actualidad, como lo es la de la inmigración y la convivencia en un país de los nacionales con los distintos, con los que son extranjeros, o la primacía absoluta del dinero para ser considerado digno en determinados ambientes.
Pero no seguiré dando pistas sobre esta novela, pues no es mi intención hacer aquí una reseña de la misma en condiciones, aunque ya me haya extendido más de lo que preveía al respecto. Me centraré en esa frase inicial que he transcrito: «La confianza no puede forzarse», una frase rotunda y escueta a la que mi recuerdo se agarra al hilo de una serie de reflexiones. Porque: ¿quién no ha intentado forzar alguna vez la confianza que una vez hubo y ya no hay? Los humanos vamos y venimos de las vidas ajenas, aparecemos y desaparecemos sin que en principio los otros entiendan las causas de estos comportamientos: en ocasiones, contradictorios; en ocasiones, paradójicos; en ocasiones, absurdos.
Aunque no lo comprendamos de principio y las más de las veces nos duela, cada uno tiene su papel en nuestro particular teatro. Eso sí, reconozco que los que se quedan en nuestra vida sin ser movidos por el capricho, firmes en sus afectos como árboles vetustos, son los que personalmente más me gustan. Pero no suele ser la norma. Ya se sabe que existen personas variables, muy variables y poco consistentes. De ahí que los aprecios, al margen del respeto debido a todo ser humano, tampoco puedan forzarse.