jueves, 21 de noviembre de 2013

LA INSPIRACIÓN, ESE BENDITO ESTADO

Si este blog fuera mi diario hoy le contaría que apenas tengo tiempo en mis ratos libres para otra cosa que no sea la escritura. Realmente absorbida en varios proyectos que me llevo entre manos, pasan las horas y los días sin que apenas me dé cuenta. Supongo que no es preciso que exprese que me siento feliz, pues nunca lo soy tanto como cuando escribo. Debe ser una especie de alteración neuronal la que hace que mi mayor gozo se halle en las pantallas blancas que van poblándose de letras, sin dejar muchos huecos al vacío. 
Está claro que no pertenezco a esa estirpe de escritores que viven la escritura con dolor. Para mí el dolor surge cuando no escribo, cuando me aterro por pensar que mi cauce se ha secado y nunca más vendrán vidas a poblarme. Qué dura es entonces la existencia, cómo se oscurece todo a mi alrededor, cuánto me mustio y me achico. Por fortuna, siempre he emergido de esos pozos de apatía indeseables. Y cuando entro en una fase dorada, hermosa como la de ahora, plena de significado, letras e ilusiones, me apena salir del ordenador, tener que comer, dormir y hacer las labores cotidianas que la vida nos asigna a todos.
En estas ando, por no decir en las nubes, como muchos ya habrán calificado sabiamente. Entregada y llena de pasión, me olvido del mundo para entregarme a él de otra forma, ya que lo moldeo a mi modo y me lo hago comprensible. Es un proceso absorbente y muy gratificante para mí, pleno de empuje, poblado de misterio. No sé definirlo con exactitud, aunque sí sé que «quien lo probó, lo sabe», tal y como decía Lope de Vega en su famoso soneto sobre el amor.
Entre las inspiraciones que han decidido no darme un respiro para mi gratitud eterna, un pequeño viaje cercano y algunos asuntos familiares impostergables, me he olvidado de este Cobijo y de todas las dulces almas que lo pueblan y me pueblan. Así que aquí llego con estas torpes líneas a hacer acto de presencia. No prometo nada, que estoy en estado angélico como bien podrá observarse. Además, las promesas nunca me han gustado y son ridículas en determinadas circunstancias, esas donde un río muy caudaloso nos lleva. Bastante tenemos con remar y disfrutar el paisaje.

Y qué mejor conclusión para esta entrada que cuatro versos magníficos de la «Glosa a lo divino» de aquel que fue un medio fraile entrañable, Juan de Yepes Álvarez, conocido por todos como San Juan de la Cruz, un poeta imprescindible y de mi máxima querencia:
Por toda la hermosura
nunca yo me perderé,
sino por un no sé qué
que se alcanza por ventura.
Todas las fotos han sido realizadas por quien firma esta entrada.