Sillón de lectura

En esta página, dejo los inicios de mis libros publicados junto con los enlaces donde pueden conseguirse. Espero que sean objeto de disfrute y sintáis la necesidad de seguir leyendo, lo mejor que puede ocurrirle a alguien que escribe. 

Primero colocaré la portada con el enlace y, a continuación, los inicios de los libros. Si preferís que un libro os lo mande dedicado, basta con ponerse en contacto conmigo (página Contacto).

Esta es una página para degustar sin prisas. 
¡Os deseo una buena y feliz lectura! 

© Copyright de todos los textos: Isabel Martínez Barquero 
Todos los derechos reservados


Mi tercera novela.
Novela de intriga psicológica.
Publicada en Amazon, en versión digital.
La edición impresa vendrá después.
Enlace: http://www.amazon.es/Diario-fuga-Isabel-Mart%C3%ADnez-Barquero-ebook/dp/B0138CVDRA/ref=sr_1_9?s=books&ie=UTF8&qid=1438529885&sr=1-9&keywords=isabel+mart%C3%ADnez+barquero


Sábado, primer día

1
Recuerdo que el cambio en mi persona se inició a los pocos meses de mi regreso a Murcia, cuando se instaló en mi espíritu la sospecha de un asesinato. Antes de forjarme semejante recelo que me llevó a salir de los escuetos límites de mi propio y aburrido interior, ya preparaba el abandono de los pilares que me sostenían en un desequilibrio constante. El tránsito hacia la nueva Celia se había puesto en marcha, sin que yo misma fuera demasiado consciente. Su origen lo encuentro en la noche en que llegó a mis manos el diario de los últimos días de Carmen Vidal, un cuaderno que cambió mi vida para bien. Fue durante una fiesta de finales de la primavera pasada, una de esas veladas pegajosas por las que siente una especial estima mi amigo Álvaro. El aire anticipaba los rigores del estío próximo y los contertulios, ahítos de comida y de bebida, languidecían en conversaciones pretendidamente interesantes. Me hallaba aturdida por la densidad untuosa del ambiente, sin duda planchada y mustia a los ojos de cualquiera que me observara; pero mi actividad interna era fértil, azuzada por un espíritu crítico que me aguijoneaba en los últimos meses y me impedía el disfrute de quienes hasta entonces había considerado mis iguales. Atravesaba una de esas turbias épocas en las que los demás cargan, hagan lo que hagan y se expresen como se expresen, uno de esos períodos huraños en que cuesta hasta aguantarse uno mismo y la propia psique es un campo de batalla incesante. Cada vez detesto más esas etapas estúpidas y desesperanzadas, esos pozos infecundos que solamente sirven para verle la cara al desasosiego más devastador; pero el ser humano no elige en la mayoría de las ocasiones los estados de su ánimo, sino que los decreta el entorno en combinación con una química corporal que escapa del control de la mente.
Me levanté de mi asiento y pasé a la casa de Álvaro. En su interior barroco y colorista, los muros exhalaban calenturas retenidas y el bochorno reinante superaba con creces al del jardín. Camino del baño, me detuve en el agradable rincón de lectura de mi amigo. Sobre la mesa camilla, asomaba entre los libros un tomo de pastas nacaradas. La rareza infantil del libro estimuló mi curiosidad y, con una parsimonia atenta a su disposición de origen, lo saqué y lo coloqué encima de todos los volúmenes. Sin atreverme a desplegarlo, paseé mi vista indecisa por sus contornos. Ninguna letra en su exterior daba indicios sobre su posible contenido. Acaricié su textura externa con avidez, muy grata en su lisura fría. No terminaba de decidirme sobre la conveniencia de bucear entre sus páginas, y esta duda me mantenía en vilo y expectante. Algo similar a la vergüenza me detenía y me impedía internarme en el paisaje de sus hojas. Su tacto me recordaba al de los misales de los niños, los cándidos breviarios que se les suministran para que no les falte ningún detalle cuando van a hacer su primera comunión. Solo se diferenciaba de ellos en la falta de un mecanismo dorado de cierre y en el tamaño del volumen, mayor que el de una cuartilla y menor que el de un folio moderno, sin llegar a ser una holandesa, un formato de hoja infrecuente sin ninguna duda.
Resolví mi curiosidad indiscreta conforme a los criterios de la prudencia que no olfatea en los guisos ajenos, aunque también contribuyeron mis ganas irrefrenables de orinar. Pero la batalla no fue ganada de un modo definitivo por la buena educación, ya que, cuando salí del baño, me paré otra vez junto a la mesa camilla. Volví a sacar el tomo nacarado de entre los libros que lo escondían y lo acaricié. La aparente ingenuidad de aquel volumen me atraía de un modo misterioso. Quería abrirlo, desvelar su secreto, pero una extraña alerta interna me lo impedía. Siempre hojeo los autores y los títulos de los libros que leen mis amigos. Es una costumbre tenaz que me acompaña desde los tiempos de mi juventud. Sin complejos ni vergüenzas, paseo mi vista por toda superficie de papel encuadernada y la columpio en los cantos evocadores de las hileras que pueblan las estanterías; incluso, cojo algún que otro ejemplar y le echo un vistazo sin ningún escrúpulo; pero aquel tomo lechoso me había paralizado sin saber muy bien el motivo de semejante fascinación atónita. Para ser exacta, el volumen me tenía hipnotizada, inmóvil y asida a su tacto liso y frío. No se parecía a ningún ejemplar de los que solemos poseer, aunque no era un libro de pretendida soberbia en su aspecto externo, ni aparentaba el orgullo de un incunable ni la grandeza de ninguna otra obra de especial valor. Pensé que quizá se trataba de un simple cuaderno, de un lugar destinado a recoger anotaciones o pensamientos de altura, porque nadie se aprovisionaría de un objeto tan precioso y tan presumiblemente caro si no fuera para llenarlo de nobles frases, escritas con letra esmerada al dictado de excelsos raciocinios o de aladas sensaciones. Podía contener el diario de Álvaro. A mi amigo le pegaba escribir sobre su vida en un objeto de ese tipo, excéntrico como él mismo lo es. Aunque también cabía la posibilidad de que escondiera un álbum de fotografías o un conjunto de recuerdos. Una simple y rápida indiscreción por mi parte desvelaría su contenido. Bastaba con que levantara la tapa y que las hojas del interior revelaran el enigma.
—¿Es muy hermoso, verdad? —Me sorprendió mi amigo Álvaro cuando ya me disponía a violar la incógnita del volumen.
—Sí, es bellísimo —musité sobresaltada desde los reinos de la vergüenza, con ansias de que el piso se abriera y el subsuelo engullera mi persona.
—Como objeto, es muy especial. Las pastas son de nácar auténtico. Pero no creo que te interese su contenido.
—¿Tú crees? —titubeé en una tímida actitud retadora.
—Estoy casi convencido. No se enmarca en tu línea de lecturas.
—¿De qué va? —pregunté ya más decidida y dispuesta a saber la materia sobre la que versaba el contenido de aquel tomo lechoso.
—De la vida, de la puñetera vida, de una vida de alguien que la ha perdido. Precisamente, de la vida de la mujer que fue tu antecesora en el instituto.
—¿La de Carmen Vidal? —me interesé con viveza, como siempre que se aludía a esta mujer, para mí entonces rodeada de un gran misterio—. ¿Su biografía? ¿Su diario? ¿Notas sueltas? ¿Apuntes para clase?
—Es inclasificable, Celia. No responde a una índole unitaria. —Y Álvaro me contó que aquel tomo contenía pensamientos, sensaciones, perspectivas oníricas, ideas en gestación, intuiciones, algún que otro poema, alguna incursión en el género epistolar y atisbos de relatos—. Y seguro que esconde algo más que me dejo en el tintero. Es tanto y tan variado su contenido que no llego a encajarlo en género alguno, pues participa de muchos. Tal vez algún erudito lo clasificaría como un diario de índole intelectual. Aunque no te engaño: apenas si contiene escritos de valor literario y no pasaría ningún listón exigente —apuntó con entonación disuasoria ante mis innegables gestos de interés—. Además, lo que tengo claro tras su lectura es que nadie debe sacar a la luz lo que otro oculta.
—¿Oculta? Entonces, ¿por qué lo tienes tú? —le pregunté con timidez, pero con determinación.
—Su marido… Bueno, su viudo me lo ha prestado durante un tiempo. Desea que le manifieste mi juicio sobre su contenido.
—¿Y qué opinión te merece?
—Me la reservo por ahora. Pero como te he apuntado antes, literariamente hablando vale poco, eso sí lo tengo claro.
Mi interés por el extraño volumen creció. A la curiosidad que ya me suscitaba el hecho de que fuera debido a la pluma de mi antecesora en el instituto, se unía el misterio creado por las palabras de mi amigo sobre lo que escondía su interior enigmático. Las expresiones de Álvaro, tan herméticas y sigilosas como todas las que había escuchado sobre la persona de Carmen Vidal desde mi regreso a Murcia, no hacían más que incitar mis ganas de saber insatisfechas. Bajo su mirada vigilante, extendí mis manos para coger el tesoro que me atraía, apetecible para mí en aquellos momentos con una furia del deseo que hacía tiempo que no experimentaba.
—¿Puedo hojearlo? —casi le rogué.
—Por supuesto que sí, pero te rogaría que lo hicieras en tu casa, a solas. Como observo que te interesa de veras, acabo de decidir que te lo lleves. Léelo con tranquilidad y me cuentas después tus impresiones. Aunque estoy convencido de que te aburrirá, me viene muy bien que lo estudies con un poco de sosiego. Necesito contrastar con alguien mi parecer y, sobre todo, mis dudas. Tú no conociste a Carmen Vidal y no estás influida por su recuerdo, por tanto tu opinión será para mí muy interesante.
—Te lo devolveré en breve, cuando lo haya saboreado con detenimiento. Ya lo comentaremos con calma.
—Tenemos tiempo de sobra. Jorge, el viudo de Carmen, no regresa a Murcia hasta después del verano. Hasta entonces, no he de devolvérselo.
—Ah, muy bien.
—Eso sí, te ruego que no le digas a nadie que el cuaderno está en tu poder. Su existencia es secreta y solo la conocemos tres personas, cuatro contigo ahora.
—Nada saldrá de mi boca, tranquilo.
—Eso espero.
—Me falta la cuarta persona —verbalicé en voz alta. Estaba claro quiénes eran tres de ellas: Álvaro, Jorge, el viudo de Carmen, y yo misma. Mi mente cavilaba en quién podría ser esa cuarta persona.
—No puedo revelártelo. Es secreto.
—¿Por qué tanto secreto con un volumen de apariencia tan inocente? —casi me quejé. Estaba cada vez más intrigada con su contenido y con la figura de Carmen Vidal. Todo lo que giraba en torno a esta mujer era arcano e incitaba mis deseos de desentrañar tanto misterio.
—Es una historia larga de contar. Tú léelo con calma y, después, comentamos y te explico todo lo que quieras.
—Vale. Gracias, Álvaro —le agradecí mientras tomaba el libro y lo ocultaba debajo de mi bolso, que languidecía solitario en una silla de la entrada de la casa. Encima del libro y del bolso, extendí mi chal como quien tapa a un niño pequeño con un mimo atento que no deja resquicios para que le entre el aire frío de la noche. No deseaba que ningún invitado de mi amigo deparara en aquella maravilla y huyera con mi botín recién conseguido. Por otra parte, necesitaba ocultar aquella joya de los propios ojos de su prestamista, con toda probabilidad algo afectado por el alcohol, pues no suele formar parte de las virtudes de Álvaro la del desprendimiento de cualquiera de los objetos que caen bajo su dominio y, menos aún, la de un libro, por muy ajeno que este sea. Bien oculto bajo mis pertenencias, evitaría que mi amigo diera marcha atrás en su decisión de prestármelo.
Suspiré sin saber qué más decir. Por mucho alcohol que hubiera ingerido Álvaro, su generosidad había conseguido impresionarme e inquietarme al tiempo. O mi amigo no regía su mente conforme a los parámetros de su específica usura en materia de palabra escrita o ese libro escondía algo que lo inquietaba de veras y de lo que deseaba liberarse, bien fuera mediante su simple alejamiento físico, bien fuera por la vía de compartir su secreto con alguien más. Lo que mi intelecto no descifró en aquella noche de humedad cálida y pegajosa fue la causa de haber sido yo la elegida para su lectura. ¿Me dejaba Álvaro el volumen porque mi persona le suplía el vacío dejado por Carmen Vidal, aquella amiga suya que nunca llegué a conocer y a la que él estaba firmemente ligado? ¿O era por la mera circunstancia fortuita de que yo hubiera reparado en el mismo y dado muestras de un gran interés por su lectura? ¿O se debía a la coincidencia de que viniera yo a atender la plaza vacante de profesora que dejó Carmen a su muerte? ¿O Álvaro ansiaba mi análisis literario, no obstante haberlo condenado ya desde esta perspectiva? ¿O no existía una elección factible o una conexión probable entre tantas posibles elecciones y todo era obra del más puro azar? Hoy, mientras redacto estas líneas, considero que el préstamo del volumen fue un simple impulso de Álvaro, un acto no meditado y sin mayor trascendencia ni intencionalidad estudiada por su parte; pero entonces mi mente sentía apego por enredarse en todo y le costaba admitir los actos espontáneos y gratuitos.
En cualquier caso, mi excitación interior era inequívoca. Confiaba en que la lectura del cuaderno me explicara muchos de los interrogantes que se abrían en mi pensamiento sobre mi antecesora en el instituto, una mujer rodeada de un gran misterio y de la que apenas conocía unos pocos detalles. Me resultaba muy extraño que nadie me contara nada sobre ella. El silencio sobre su persona espoleaba mi curiosidad de manera creciente.
—¿De qué murió Carmen? —le pregunté a mi amigo.
—Ya lo descubrirás tú misma cuando corresponda, querida Celia. Salgamos ahora con el resto de los invitados, que nos echarán en falta.
—¡Por favor, cuánto misterio en torno a esa mujer!
—El justo y necesario, amiga mía. Ya descubrirás la causa, pero todo a su tiempo  —Y me cogió por el brazo para guiarme sin demora al jardín, en uno de esos gestos suyos rotundos y concluyentes a los que nos tiene tan habituados. En muchas ocasiones, Álvaro despliega unas formas educadamente despóticas que consiguen, con su insolencia, que la indisciplina se agite en mi fuero interno como un caballo desbocado. Lo odio cuando se imbuye de tanta resolución ejecutoria y ordena y manda sin derecho a réplica.

2
Levanté el vuelo muy pronto de aquel jardín poblado de personas presuntamente exquisitas, antes de lo que había previsto en un primer momento, cuando me encaminaba con pereza hacia la casa de mi amigo Álvaro. Me sentía incitada por una curiosidad irreprimible que me instaba a meterme cuanto antes en el contenido del libro redactado por la que fue profesora de Lengua y Literatura en el instituto donde yo había venido a impartir la misma enseñanza. También es incuestionable que mi persona acababa rendida con las fiestas de Álvaro. Sus celebraciones solían prolongarse hasta bien entrado el amanecer y mi cuerpo ya no resistía semejantes excesos. Intentaba aguantar el tipo en sus periódicas reuniones bulliciosas, no tanto por una dicha inexistente como por el deseo de demostrarle a mi amigo que continuaba vivo en mí el aprecio hacia su persona —con esa palabra tibia, aprecio, supongo que bastaba en aquellos tiempos en que nos habíamos alejado el uno del otro, pues la madurez eclipsó la complicidad sin límites que tuvimos durante nuestra juventud—, que mi apatía solo era experimentada con respecto a sus conocidos: seres que se pretendían encantadores y cultos, seres que estaban a la última en todo lo que tenía que ver con el arte o con la literatura, seres que se consideraban la vanguardia de esta ciudad provinciana, sin saber que las vanguardias sostenidas más allá de un período razonable devienen caducas y saben a rancio muy pronto.
Es obvio señalar que me estaba volviendo un bicho raro que veía fantasmas donde no los había. La extrañeza hacia mi propia persona no derivaba tanto de que, a tales alturas de mi vida, no creyera en las vanguardias ni en lo monigotes histéricos por el brillo de las formas que enarbolan sus banderas, sino por mi modo severo de percibir todo lo que me llegaba del exterior y mi falta de piedad en los juicios sobre los otros. En los festejos de Álvaro, veía insufribles por todos lados, personajes pretendidamente ultramodernos que buscaban la distinción en lo accesorio. Los consideraba excesivos y me aterraba verlos en la tarea de formar comandita para mayor burla de mi inteligencia.
Mientras conducía hacia mi apartamento, sentí un cierto pánico hacia mi propio ser. En los últimos años, me cargaban demasiadas personas y, en determinados entornos, empezaba a preocuparme con la nueva faceta de mi caprichoso humor. De gustarme la familiaridad con cualquiera, había pasado a ser muy selectiva. Hasta entonces, siempre había sido indulgente y conciliadora, había buscado el lado amable de los otros y lo había encontrado en todos los humanos con quienes había tenido algún trato. Pero, tal y como apunto, mi carácter se había vuelto menos permisivo, y hasta diría que irascible sin equivocarme un ápice. Incluso, en ocasiones o en situaciones concretas, rozaba la mala educación, en especial si había de aguantar la ajena. Aunque de principio reconocía la valía de cualquier vida y mostraba respeto hacia cualquier opinión civilizada, los fatuos me cargaban sin que pudiera evitarlo, y mis ojos veían fatuos por todos lados. No conseguía dominarme ante tanta petulancia advertida ni ante tanta necedad supuesta, muchas veces cogidas ambas de la mano. Hasta llegué a la conclusión de que existían demasiados imbéciles sueltos. El grado de aguante de mis nervios se veía comprometido en los que consideraba atracones pantagruélicos de pedantería. Para mi propia alerta de rechazo a las poses, las reuniones en casa de Álvaro me resultaban fértiles siempre en ejemplares de esta calaña, para colmo aliados como compinches con un objetivo común.
Por aquella época, también observaba con fastidio que cualquier relamido con ganas de notoriedad emitía juicios sin fundamento alguno y reproducía frases que a los genuinos les habían costado sus serias reflexiones y sus documentadas lecturas. Tal vez la sociedad de la que siempre me había sentido tan satisfecha en tanto en cuanto había generalizado el acceso a la cultura, también había generado, como contrapartida, su cara oculta, su lado oscuro: una legión de seres triviales dispuestos a sentar cátedra en toda materia que cayera bajo su visión enana y su gigante apetencia de marcar su huella en los anales de la historia. Porque consideraba que eran muchos quienes opinaban sobre muy diferentes cuestiones. ¿Cómo podía fiarme del criterio de alguien que lo mismo realizaba un análisis político, una crítica de cine o un comentario de un texto poético? Me rebatía a mí misma de inmediato con sendos argumentos; entre ellos, mi permanente aversión hacia la hidalguía intelectual y mi desprecio hacia la empobrecedora especialización. La pretendida nobleza cultural solo conduce a aristocracias manejadoras de los cauces del saber y las especialidades empequeñecen al hombre y lo encarcelan en minúsculos reinos de taifas donde lo único que prevalece es el conocimiento técnico, tan apocado e indigente para seres medianamente presentables. Siempre he pretendido humanos plurales y renacentistas, enriquecidos por su amor a varias disciplinas. Y es posible que en nuestros días existan Leonardos diversos; conozco a unos cuantos. Una visión panorámica y abarcadora de la realidad absoluta es más que recomendable según mi criterio. Pero mi resquemor derivaba de los otros seres que juzgaba como no auténticos, de los que suponía impostores que reproducían lo escuchado sin cimiento alguno, de los seres que no se avergonzaban de propagarlo como propio e, incluso, de pavonearse de la originalidad de sus consignas y de sus frases copiadas y, en ocasiones, vilmente transcritas.
Como nunca he dejado de reflexionar sobre mi persona, era consciente en aquella madrugada de una nueva tendencia que se daba en mi comportamiento. Se trataba de una reciente y preocupante propensión retraída, de una inclinación huraña que me invadía el carácter y que no sabía si aplaudir o execrar, ya que dependía de las situaciones concretas y de las personas que hubiera a mi alrededor, porque no me merecían el mismo juicio los cultivados que los ignorantes. Por poner un ejemplo, no era igual para mí el grado de exigencia que pretendía de un tendero al que esperaba de un catedrático. El listón no era el mismo y se aflojaba la obligación de sensatez con quienes, por cuestiones del guion de la escalera de la vida, se habían quedado en los primeros peldaños. Con las personas sencillas y posiblemente más felices que quienes han llegado a una mayor altura en la escalada, el lenguaje se me anclaba en lo esencial y la puerta de la comprensión estaba abierta de antemano y sin fisuras prejuiciosas. Cualquier chispazo lúcido que provenía de las existencias dóciles y sin complicaciones doctrinarias lo celebraba con júbilo. Otra cosa bien distinta era que mi querencia optara por compañías tan simples más allá de lo estrictamente preciso en el juego del vivir.
Me había ido de la fiesta de Álvaro como quien huye de una catástrofe, sin apenas despedidas y sin ganas de volver la vista atrás. Tampoco a los contertulios habituales de mi amigo les importó mi marcha. Estaban absortos con la genialidad sublime de unos versos de Luis Cernuda. Se habían centrado en una particular carrera para ver quién emitía más disparates por segundo sobre su estructura. Con el gran poema sobre la imposibilidad del olvido, los dejé anclados «en los vastos jardines sin aurora».
Con la intención de no marear más mis pensamientos ni mi sensación de ambigua extrañeza, concluí que era más que probable que la soledad prolongada que arrastraba durante tantos años me pasara la factura y, por tanto, la insufrible era yo. A ese desenlace llegué mientras abría la puerta de mi apartamento, realmente contrariada con mi forma de ser y con mis suspicacias agudas que me mantenían al margen de todo gozo comunicativo. Me había convertido en una escrupulosa que veía impertinentes por todos lados. El aislamiento y la reclusión en los límites turbios de mi persona eran una constante en mi vida que no me gustaba lo más mínimo. Debía cambiar, aunque no sabía cómo.

3
Ya en mi casa, a salvo de las poses que me molestaban, me di un respiro en mi particular guerra contra el entorno inmediato. Me puse cómoda, en zapatillas y con una de las amplias camisetas que me sirven de camisón. Intenté alejarme de las graves elucubraciones que me habían generado todos los fantasmas conocidos y soportados con impavidez ejemplar durante las interminables horas en la fiesta de mi amigo Álvaro.
Deseaba apurar con deleite lo que aún quedaba de la noche. El cuaderno nacarado me llamaba con urgencia, no obstante el cansancio que acusaba. Mi curiosidad era más impetuosa que mi fatiga, se hallaba incitada hasta un grado insoportable por el extraño volumen que detentaba en concepto de préstamo. En una lectura desordenada y febril, derroché un par de horas de los inicios de la mañana, las que mi cuerpo ya exhausto me permitió sin rendirme.
No leí por orden en el extraño volumen de Carmen Vidal, sino que salté de una línea a otra, de un párrafo a otro, de una página del principio a otra del final y, de aquí, a alguna de las intermedias. Sentía urgencia por descubrir algún secreto importante. El desasosiego me invadía por mi aspiración atolondrada de hallar una respuesta rápida a todas las preguntas que me hacía sobre la mujer cuya plaza vine a cubrir, esa mujer sobre la que nadie me hablaba con detenimiento. Presurosa, mezclaba al azar palabras de distintos párrafos en busca de no sabía muy bien qué información. Aunque su autora no había apurado todas las páginas del cuaderno, el denso contenido que se extendía sin márgenes y sin apenas espacios entre los textos que lo integraban, me produjo un mareo apacible e hipnótico. Con las facultades intelectuales mermadas por el cansancio, pretendía resolver el enigma de mi antecesora en el instituto en medio de aquella maraña de letras diminutas, hacerme una idea de aquel documento paradójico, asignarle un género a su escritura concentrada y arcana, asirme a una certidumbre cualquiera. Cuando alcanzaba la seguridad de encontrarme ante unas memorias, una biografía o un diario, la ficción saltaba entre sus líneas y edificaba aventuras imposibles en aquella mujer extraña y cuya existencia presumía gris y ordenada. En aquel primer y ávido contacto, no llegué a ninguna conclusión lúcida, excepto la de la profundidad del contenido del volumen.
Mientras curioseaba con desorden el volumen nacarado, me suponía sola entre mis paredes, aislada en mi pequeño reino, sin saber que le había abierto la puerta de entrada a un espíritu desconocido y confuso, a una presencia que iba a invadir mi intimidad sin que yo pudiera impedirlo, a una obsesión que cambiaría mi alma y la moldearía hasta ser la que hoy es y permanece con visos de asentarse definitivamente por todos los días que me queden de existencia.
Aún ignoraba que el inocente tomo nacarado se iba a convertir en mi inquietud suprema durante muchos días. En aquellas horas febriles de toma de contacto, desconocía que estaba ante el resorte que propiciaría la metamorfosis acechada en mis momentos más lúcidos y la fuga definitiva de la persona insufrible que fui durante un tiempo.


Mi segundo libro de relatos.
Publicado en Amazon. 
Gira en torno a esto que llamamos la naturaleza humana.
Edición electrónica: 


La espera de Adrián
Esperé durante mucho tiempo, quizá demasiado.
¿Quién no conoce la ansiedad de la espera? ¿Quién no ha esperado alguna vez a lo largo de su existencia? ¿Quién no tiembla ante un reloj que avanza y sobrepasa la hora del cumplimiento de sus expectativas? ¿Se puede dar con alguien que espere como si fuera un muerto? Supongo que no, que todos esperamos en estado de alerta, como si estuviéramos sentados sobre un lecho de púas de uno de esos faquires de la India. Porque la espera es un estado activo, otra forma de llegada. Quien dice que espera y no muestra zozobra, no espera, sino que despide por anticipado o renuncia, vencido, a lo que ha de venir. Quien espera se anticipa y se proyecta en el momento venidero que lo absorbe, no tiene sentidos para atender su presente en profundidad, es como un hilo cortado de la bovina madre y aún no enhebrado en el ojo de la aguja del futuro.
Mi espera fue la de una interrogante y no la de una certeza. Preparaba unas durísimas oposiciones en las que había perdido el sentido del tiempo a costa de no pisar la calle y de no ver más paisaje que los folios de los temas que recitaba como un autómata. Era una espera que no confiaba, consciente de que su probabilidad de consumación feliz no dependía de ella y del tesón puesto en el estudio, sino de una suma de factores que nada tenían que ver con el esfuerzo continuo y cotidiano y sí con el azar en su manifestación más peligrosa y amenazante. Porque era una espera que se podía truncar por los más estúpidos accidentes, como caer enfermo y no poder acudir a examinarme, o confundir la hora o el sitio de las pruebas por haber recibido una mala información. Miles de aprensiones me acosaban en las horas más desprovistas de ánimo de una juventud que se consumía tras los cristales de las ventanas, siempre apartada del bullicio de la vida que se originaba, jubiloso, al otro lado, siempre más allá de mi presencia y solo destinada a los elegidos del destino.
Conforme se acercaba el día del primer examen, mi ansiedad disminuyó, pero no el estudio. Todas las horas eran pocas para perfeccionar mis conocimientos y recitar los temas que me sabía de memoria, esos temas que me invadieron el descanso y que cantaba en sueños, aunque trastocados e imprecisos, lo cual me producía una angustia inefable.
La víspera de la primera prueba, y de madrugada, sonó el teléfono, se impuso con su pitido estridente en el silencio de la noche. ¿Quién sería a aquellas horas? Me invadió un torbellino de ecos agoreros. Como siempre que suena un timbre en la tranquilidad del descanso nocturno, se me despertó la sospecha de una hipotética tragedia. ¿Quién iba a turbar el reposo de otro si no era por una cuestión urgente en la que estaba en juego algo más importante que la paz del sueño? ¿Existe alguien que llame a horas intempestivas para pedir un libro o para saber cómo se cura un resfriado? Es posible, pues casi todos hemos tenido algún amigo ligero que es muy capaz de alterarnos porque le pica el dedo gordo de un pie u otra lindeza similar, pero este comportamiento desconsiderado hacia el reposo ajeno es una excepción anómala en la que no incurren las personas conscientes. Casi todos sabemos que quebrantar el sueño de un semejante exige poderosas y graves razones. A nadie se le ocurre despertar a un niño para regañarle por la mentira que dijo por la mañana o para ofrecerle el más delicioso caramelo. Y los adultos seguimos siendo niños, solo que con la infancia a cuestas y no visible. Contemplar a un adulto mientras duerme es hallar al niño que fue y del que no ha conseguido desasirse.
Cuando sonó el timbre del teléfono en el silencio sagrado de la noche, en los instantes previos al amanecer, donde la oscuridad es más amenazante y espesa, me estremecí y caminé, ligero y tembloroso, a su reclamo incógnito. Al descolgar, oí una de esas frases que nos sacuden el alma. No consigo recordarla textualmente, pero sí se me quedó grabado su sentido: debía partir de inmediato, tomar el primer tren que saliera de la estación de ferrocarril sin hacerme preguntas; de mi diligencia dependía todo mi futuro. Descompuesto, colgué el auricular y permanecí durante unos segundos paralizado, bobo, abstraído, ajeno. Después, reaccioné y me vestí deprisa. No debía hacerme preguntas, sino actuar con rapidez; así me lo había ordenado la extraña voz al otro lado de la línea.
Apenas recuerdo cómo llegué a la estación, pero hay algo que aún hoy evoco como una pesadilla pegajosa: la sensación de una impotencia extrema unida al desvalimiento, al despojo y a la angustia que segregamos cuando un hecho nos altera el devenir previsto de los días. Es como si sintiéramos una mano injusta que nos señala con un dedo inflexible, como si esa mano nos privara del futuro, lo mismo que el padre caprichoso y autoritario priva al niño de una diversión inocente e inocua. Nos vemos tachados por el destino, marcados por una cruz arbitraria puesta por un dios sin ojos y sin sentimientos, por un dios malvado que juega con nuestras vidas una partida de ajedrez y, cuando menos lo esperamos, con la expresión de un triunfo sádico, exclama: «Jaque mate». Y todo aquel incidente era un jaque mate hacia mi espera, hacia todos los años invertidos en la dureza del estudio para conseguir una plaza que me permitiera trabajar en lo que había deseado desde que inicié mi carrera.
En la estación de ferrocarril, me aguardaba mi preparador, mi paciente preparador de las oposiciones, el único contacto humano que había tenido en los últimos años. Nuestra relación se había ceñido a una atenta escucha de los temas que a él se le antojaba preguntarme y a la resolución de las dudas que a mí me surgían en la soledad de mi estudio permanente.
—¿Qué ocurre? —le pregunté, aliviado ante su presencia.
—No hagas preguntas, Adrián. Aquí tienes tu billete y allá está tu tren —me respondió mientras señalaba el único que se hallaba estacionado en las vías.
—¿Y el examen? —pregunté aterrorizado, con olvido de su orden de no hacer preguntas, la misma orden que me había dado la voz extraña del teléfono un poco antes del amanecer.
—Ya te he dicho que no hagas preguntas, pero... Te responderé: el examen pasó y no acudiste.
—¿Cómo? Eso es imposible. Es...
—¡Ea, vamos, sube al tren!
Y subí sin rechistar. Cuando arrancaba al compás de un pitido prolongado, me desperté en mi cama, temeroso, empapado en sudor frío, borracho de angustia, ebrio de desasosiego. Había sido un sueño, un mal sueño, una vulgar pesadilla de opositor inspirada por la tensión inminente del examen.
Miré hacia el despertador. Faltaban unos minutos para que sonara e inaugurara el día en que mi suerte habría de cambiar con el examen. Me levanté eufórico, me aseé con esmero y me vestí con un cierto cuidado. Estaba tranquilo, muy tranquilo, relajado para afrontar sin nervios estúpidos la prueba que me esperaba. Salí de mi casa contento y, con una firmeza pasmosa, me encaminé hacia donde debía. Allí, tomé el primer tren sin preguntar el punto de destino.
Libre, viajaba con rumbo desconocido. El mundo y sus posibilidades se abrían a mis apetencias.

Los círculos del fuego
¿Quién es el tercero que camina siempre a tu lado?
Cuando cuento, sólo estamos tú y yo juntos
pero cuando miro adelante por el camino blanco
siempre hay otro caminando a tu lado.
T. S. Eliot
(De La tierra baldía)
1. Rosa
Cuando llegué a la ciudad no sabía que iba a encontrar el fuego y que ese fuego me convertiría en simples cenizas. Ahora, desde mis restos calcinados, retorno a la primera vez que lo vi.
Fue durante una tarde de noviembre, una hermosa tarde en un parque solitario y dulce que, con candidez, se entregaba a un sol frío. Me había empapado de la belleza ocre que me cobijaba, de la belleza tierna que me mecía como a una hoja más entre los árboles desnudos. De pronto, lo vi y hallé el fuego: un fuego suavecito que se rebelaba en mi interior y me hacía cosquillas tenues a la altura del estómago. No pude evitar seguirlo y atravesar senderos borrados por las hojas del otoño.
Cansada de la persecución, me senté en un banco, a esperar. Cuando pasó a mi lado y me miró muy levemente, sentí el fuego en sus ojos encendidos. No lo conocía, ni tan siquiera me resultaban familiares sus pasos o su figura; pero desde que contemplé aquel cuerpo, noté que no era ajeno a mí, que de algún modo me pertenecía. No conseguía dejar de observarlo. Pensaba que podría presentarme de cualquier manera, fingir que lo había tratado, preguntarle por la hora, por una dirección cualquiera..., pero no seguir allí, inmóvil, mientras él se alejaba por el sendero amarillo. Me limité a divisarlo, cada vez más distante, hasta que las sombras me confundieron y me sentí sola, una sombra más que perseguía a otra sombra. ¿Cómo se me escaparía? ¿Cómo no me atreví a abordarlo?
Al día siguiente, visité de nuevo el parque. No me lo confesaba abiertamente, pero mi yo escondido sabía que deseaba volver a verlo. Y al entrar por la zona de los árboles, lo divisé. Esa tarde no lo dejaría escapar. Tal vez no se repitiera la ocasión.
Volví a seguirlo mientras me armaba y me desarmaba de valentía. Reunía arrojo para acelerar el paso y ensayaba frases en voz baja: «Hola ¿tienes hora?», «¡Qué buena tarde!», «Creo que te conozco». Pero, conforme enunciaba las palabras en mi mente, sentía fuego en las mejillas, en las manos y muy dentro. Me despaciaba sin querer por la vergüenza.
Así se sucedieron muchas tardes, sin que jamás me atreviera a entablar una conversación que nos acercara. Él pasó a ser una constante imagen en mis pensamientos. No lograba desprenderme de su influjo a ninguna hora del día o de la noche, ni tan siquiera en los sueños más profundos. Siempre lo veía mientras paseaba, a lo lejos, y yo detrás con fuego, con un fuego que me incendiaba las entrañas.
Una de aquellas tardes febriles me desesperé mientras desentrañaba el parque. No estaba. No había ido. Faltaba a la cita silenciosa de siempre. Y todo por mi falta de valentía, por mi imperdonable vergüenza. ¿Qué iba a hacer ahora con el fuego que me quemaba despacio? Decidí no devanarme en lamentos. ¡No lo conocía! No merecía la pena seguir con una obsesión que era nada, solo humo, algo muy mío que él no experimentaba, no obstante las pretensiones de mi imaginación en los momentos más osados. Me consolé y, tranquila, di media vuelta con brusquedad. Él estaba allí, él me seguía a lo lejos. Se quedó parado, fijo en la tierra del camino cuando fue descubierto por mi mirada. Otra vez sentí el fuego, casi un latigazo en el estómago. Caminé despacito, como él; caminé sin apenas levantar la vista, y el suelo era fuego y los árboles, fuego. Todo se volvió fuego conforme nos acercábamos. Fuego, solo rojo en la mente incendiada.
—Perdona, ¿llevas hora? —me preguntó.
—¡Oh, sí! Espera, espera... Esto... Vaya, me dejé el reloj en el hotel.
—Oye, tú eres Caridad, la hermana de Jerónimo, ¿no?
—¡Oh, no, no! Soy Rosa.
—Bueno, perdona. Te he confundido. Adiós.
Se alejaba mientras yo, quietísima e inútil, lo miraba irse de mi vida sin una reacción. No podía dejarlo ir. Chillaría, lo alcanzaría.
—¡Eh, eh, espera, espera un momento!
Él se volvió. Nos miramos. El fuego, otra vez el fuego me hacía cosquillas en todo el cuerpo. Se acercaba, sí, se acercaba, y me cogía del hombro, y, sin hablar, me estrechaba. Dimos un paseo tiernamente enlazados, sin hablar, sabiendo que entre los dos todo había sido ya dicho.
2. Octavio
Aquel lejano día llegué al parque con mucha antelación. Aún Rosa tardaría un rato, así que decidí pasear. Pensaba en Rosa, como siempre. Ella me poblaba, me inundaba, me tenía enamorado hasta el último poro de mi cuerpo y hasta la esquina más recóndita de la materia inaprensible de mi espíritu. Me agradaba la idea de regresar al parque, de volver a dar un paseo juntos por allí, como aquel silencioso, como aquel que supuso el comienzo de nuestra historia en común. No habíamos vuelto desde entonces, desde que iniciamos nuestra relación por aquellos caminos de una manera silenciosa. Rosa se obstinaba en otros lugares para las citas. No la entendía en este aspecto, pero por fin había logrado convencerla de volver a vernos en el parque, en el lugar donde comenzó todo. De nuevo estaría en el parque con Rosa. Recordaríamos viejos tiempos, nuestra recíproca vergüenza, nuestras dudas, nuestra timidez increíble y cómo la rompimos sin palabras, por la vía de las miradas y los gestos.
Caminaba despacio cuando, de pronto, divisé a Rosa. Iba sola. La llamé y no me escuchó: andaba ensimismada, totalmente abstraída. ¿Pero qué ocurría? Delante de ella, a unos pasos de distancia, un hombre caminaba. ¿Lo perseguía Rosa? Sentí fuego, un intenso fuego interior. Detrás de Rosa, que iba detrás del hombre, marchaba yo con un fuego indescriptible en las entrañas. No, no podía soportarlo. No vería más aquel espectáculo doliente para mí. Me marcharía del parque de inmediato.
Muy alterado, me perdí por las calles de la ciudad. No tenía rumbo, no tenía futuro, no tenía nada. No veía a las gentes, torpes marionetas en el atardecer rojizo. No oía las bocinas de los automóviles enfurecidos e histéricos. No sentía el clima destemplado de una primavera lluviosa. No, no vivía. Solo experimentaba el fuego, fuego en mi interior, fuego en mis reflexiones.
Vagué sin noción del tiempo hasta que retornó la lucidez a mi alma errática. Pensé que mis suposiciones podían estar erradas. Rosa llegaría pronto, como yo, y paseaba, no seguía al hombre, no iba tras ningún hombre. ¿O es que solo nosotros íbamos a tener el derecho de pasear por allí? Arrepentido por mi primera reacción irracional que demostraba tan poca confianza en Rosa, me dirigí al hotel donde ella vivía. Deseaba verla, estrecharla, amarla, olvidarme para siempre del aguijón sin piedad de los celos.
3. Heraclio
Llevo muchos días encerrado, sin atreverme a salir de las cuatro paredes de mi casa. Me pregunto y no hallo respuestas. Ella era tan bonita... Incluso me miró con dulzura. No consigo dejar de pensar en ella. ¿Me seguiría? Sí, con toda seguridad me seguía, no cabe otra explicación. Después de perseguirme por todo el parque, se sentó en un banco y miró el reloj con impaciencia. ¿Acaso esperaba que me acercase? No podía seguir dudando, así que me encaminé por el senderito florecido. Cuando ya estaba muy cerca de aquella diosa, me miró con interés. ¿Cómo no sentarme a su lado? ¿Cómo no iniciar una conversación? Podía fingir que la conocía. Pero ella se levantó y se fue sin contestar a mis palabras.
No logré impedir que mis pasos la siguieran por toda la ciudad. Me perdí por las calles a las que ella me arrastraba, entré en el hotel por el que desaparecía, subí las escaleras que me la arrebataban, llamé insistentemente a la puerta tras la que se escondió.
Cuando, después de tantos golpes, ella abrió para echarme... No, no podía ser, no podía consentirlo. La miré y vi el fuego, un fuego que me hacía cosquillas tenues. ¿Cómo no abrazarla? ¿Cómo no besarla? Y ella que todo lo iba a alborotar con sus gritos, que jugaba a no querer. ¿Cómo? ¿Cómo quedaría desmayada entre mis brazos? No, no quiero recordar; es preferible el olvido. Y el fuego, el fuego que seguía quemándome. Ella era el fuego. Ella era fuego. Ella apetecía fuego. Todo el fuego para ella. Todo.
Después, aquel hombre en las escaleras que me miraba y despedía fuego, aquel hombre que clavó sus ojos en mí, aquel hombre que me vio, aquel hombre que seguramente me espía para delatarme, aquel hombre que era fuego.

La dibujante del porvenir       
Siempre me ha gustado dibujar. Lo hago desde la niñez, pues es la actividad de la que no me canso nunca. En un principio, a ello me dedicaba cuando tenía algún rato libre, cuando mis estudios y demás obligaciones me lo permitían. Entonces, mi técnica era imprecisa y yo misma me circunscribía al bosquejo de paisajes con unos trazos largos y evanescentes. Después, agregué manchas de colores que me daban la ilusión de encuadrarme en la herencia del impresionismo. Con el paso de los años, me orienté hacia el retrato a consecuencia de uno que le hice a una conocida, un retrato que tuvo un éxito inesperado y que consiguió que me solicitaran obras todas las personas del círculo de amistades de la retratada, lo que a su vez produjo nuevos y crecientes encargos. Comencé a adquirir nombre en mi pequeña ciudad y rara era la casa donde no entraba para inmortalizar a alguno de sus miembros. Con la fama y los primeros honorarios percibidos, también llegó mi apetecida dedicación completa a la pintura.
            Reconocida en mis aptitudes y consagrada por mis conciudadanos, la vida discurría con dulzura para mí cuando una extraña obsesión pictórica se apoderó de mis manos y de la totalidad de mi tiempo: a todas horas retrataba sin cesar a un hombre joven a quien no conocía. Sus rasgos eran nítidos; su expresión, plácida; su porte, elegante; sus ropas, alegres. El extraño que me ensimismó hasta el punto de alejarme de todos mi encargos, me miraba una y otra vez desde mis dibujos sin que yo acertara a discernir el misterio de su instalación en mi vida y en mi arte. Incluso, durante las pocas horas de reposo que me permitía mi fiebre creadora, la imagen del joven vagaba por las planicies y colinas de mis sueños. El desconocido se apoderó de mi persona sin reservas, sin que existiera fisura que no poblara con sus profundos ojos castaños.
            Mi fijación artística cesó el mismo día en que me encontré a Valentín, un joven de carne y hueso idéntico al joven de mis dibujos. Nada más contemplarlo en la cola de un cine, me puse a su lado y no me costó ningún esfuerzo que entabláramos una charla y asistiéramos juntos a la proyección de la película. Después, nos fuimos a cenar y, tras la romántica cena, sembramos las simientes del amor que nos ha florecido durante dieciséis hermosos años, los mismos en los que volví a los retratos de las personas de nuestro entorno. Nuestro amor siempre ha sido mi sostén y sé que llegó a mi vida de manera anticipada para que supiera reconocerlo y no se me escapara nunca en el torbellino de la existencia. Pero ahora estoy aturdida y realmente aterrorizada: un nuevo desconocido se ha adueñado de mis lápices y pinceles y su imagen obsesiva puebla mis lienzos sin recato.



Libro de poemas de temática existencial y humanista.
Publicado por Ediciones Oblicuas
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VÍA OCULTA
Afirmo que hay caminos quebrados
en las noches insumisas,
senderos vulnerables en las sombras
que conducen hacia el nervio de la piedra.

Antes hubo un tiempo para el suspiro,
otro para el poema y otro más para la música.
Eran tiempos que se enlazaban,
con el generoso pasar de sus minutos,
en la contemplación de la vida,
en el futuro que se abría
y nos aguardaba con toda la felicidad
que, luego, se nos negó.

INSISTENCIA DE LO MALÉVOLO

Acumulamos días, noches y demoras; 
lento devenir y calor doliente,
azul sobre azul,
vacío sobre vacío,
gorjeo sobre nada.


Existen piedras enfurecidas
en calles de grisura asfixiante,
en plazas que gotean siglos callados
y voces idas en un aire confuso.
Existen nervios invisibles
en los gorriones mudos de los patios,
en los frágiles dedos de las alas,
en la bruma continua de los sueños.
Existen, sí, y proliferan malas hierbas
que no saben entonar el aria del olvido.

APARENTE QUIETUD

La sinrazón callada que detiene
la voluntad dormida
bebe líquidos de hastío
y decapita los versos más cándidos
con sutiles cuchillas de inercia implacable.


Esa sinrazón de la piedra oculta
es la que traga la histeria de las horas,
la sangre más pura de las hadas lejanas.


De esta sinrazón inmóvil,
surgen ángeles agáricos.
Ellos presiden los días sin sosiego
y discurren por los sótanos de la conciencia.


POSIBILIDADES

Acaso busquemos la llave de oro, 

la serpiente arcana,
la columna de la estrella
o el caballo de la alquimia.


Acaso persigamos la misión oculta
del orfebre de sueños
o el fragor de los escollos mudos.


Acaso sea ángel, piedra o pájaro
la historia tan escondida
que quiere ganar la ausencia
de un recuerdo adulto.





 Mi segunda novela 
Una saga familiar publicada por Raspabook
 Edición electrónica: http://www.amazon.es/dp/B00BTMXD4S/ref=cm_sw_r_fa_dp_RIIJrb1EDXNF2
Edición impresa: 
http://www.raspabook.com/aroma-de-vainilla


I.- LA OBSTINACIÓN SIN FIN

I.1

Hoy me he levantado animada y me he metido en faena bien pronto. A diferencia de otras jornadas, no me cuesta ilusionarme con las pequeñeces que devuelven el brillo a los días y el temple a la voluntad. Observo que se trata de desperezar el espíritu y no permitir a los pensamientos los rumbos cotidianos de la obsesión. Ahora, con la alegría propia de la victoria recién conseguida, aspiro la fragancia de vainilla de los flanes recién hechos. Este olor dulce, tan ligado al recuerdo de mi padre y el mismo que de mi persona emana según me han comentado siempre, inunda toda la casa.
Algo aturdida por los recuerdos que acuden en tropel al conjuro del aroma de vainilla, hundo la cara entre las hojas de una maceta de hierbabuena. Soñadora, suspiro. El perfume refrescante de la menta se me enreda en la nariz junto con el de los flanes. En estos momentos, la vida vuelve a ser una amalgama agridulce de sensaciones, una mezcla de olores en la que predomina el de vainilla.
«Vainilla y menta, ¡qué casualidad! ¡Como si los fantasmas vinieran a velar por su estirpe!», musito en voz baja. Y, sin verbalizarlo, sé que he entrado en la recta final, en la etapa que se prepara para la cita definitiva, la que quedó fijada por el solo hecho de nacer. Lo sé y no me inquieta. Los fantasmas han llegado, me pueblan y me acunan en su mundo de sombras protectoras. No me resisto, dejo que me inunden con alegría no disimulada.


I.2
  
No sé si es porque se acerca mi hora o para huir de las tragedias recientes, pero mientras friego los cacharros, me sonrío. Los flanes aún no se han enfriado, como tampoco se ha enfriado mi memoria al rozar los orígenes de mi existencia, en parte cómicos. Supongo que toda vida tiene una buena dosis de comicidad con un poco de distanciamiento.
Como ha sido costumbre en las estrafalarias mujeres de la casa Abellán, a la que tengo el honor de pertenecer, también yo nací durante una madrugada. Llegué al mundo de forma intempestiva, para demostrar desde un primer momento mi carácter indómito. Debo la vida a tres copas de licor de menta. Si mi tozuda madre no se las hubiera bebido la noche del treinta y uno de diciembre de 1899, la historia de la familia y la crónica del pueblo nunca hubieran sido las mismas.
Intento imaginar a mi madre durante aquella noche especial de fin de año y de cierre de siglo en que se perpetró mi concepción. No conservo de ella recuerdos propios y siempre me he nutrido de los que poseía mi padre, pero me bastan para ver a la hermosa Julia en pleno ajetreo organizativo. Para asombro de Brígida, ya desde los preparativos de la cena se mostró Julia vivaracha y reidora. Hacía semanas que la fiel muchacha no veía a su señora tan feliz. Llena de bríos ante la inminente visita de sus primas Rosario y Matilde, a las que había invitado para su primer gran ágape de recién casada, revoloteaba por la cocina para que el banquete resultara exquisito y opíparo. Días antes, en Nochebuena, sus primas les habían ofrecido unos manjares sublimes y estaba dispuesta a entregarse al máximo para lograr una mesa digna de reyes.
Julia empezó con la preparación de un asado. Colocó una pierna de cordero sobre una enorme rustidera rociada con gotas de aceite de oliva, limón y vino, dispuso a su alrededor patatas cortadas longitudinalmente y hendidas en celosía a punta de cuchillo, aderezó el conjunto con unos chorros de buen aceite y mejor vino, ajos fileteados, perejil, piñones, zumo de limón, sal y pimienta negra. Minutos después, pidió a Brígida que lo llevara a asar al horno de Serafina. Aromatizó la sopa de picadillo con hierbabuena y laurel, y, con los restos de la carne que sobraron del caldo, elaboró unas croquetas. Ordenó en el frutero naranjas, manzanas, plátanos y uvas. Ajustó en una gran bandeja tortas de Pascua, rollos de naranja, polvorones, mantecados, cordiales y alfajores. Por último, acomodó en un hermoso azafate higos secos, nueces y avellanas, y regó el surtido con peladillas y pasas.
Ultimadas las viandas, pasó al comedor y dispuso la mesa con esmero sobre un lujoso mantel de hilo; la adornó con ramilletes de flores secas de vivos y cálidos tonos; distribuyó quinqués de delicada porcelana a lo largo de su extensión; emparejó con orden milimétrico sus mejores platos, sus copas más finas y sus cubiertos de plata; alineó dos botellas de vino regaladas por la prima Rosario: una con un blanco de Bullas y otra con un tinto de Jumilla, para que cada comensal eligiera el que más se adecuara a su gusto o apetencia del momento, aunque bien sabía que solo Segundo los bebería, ya que ella y sus primas eran algo enclenques para el vino, si bien es cierto que si se terciaba, y en los postres, serían muy capaces de tomarse varias copitas de moscatel de pasas.
Como si fuera una extraña en su propio hogar, se apartó del escenario montado por sus manos y juzgó que la estancia, a pesar de su amplitud generosa, estaba caldeada por la estufa y por el brasero de la camilla. Con ojos escrutadores y actitud de distanciamiento, comprobó la magnificencia creada por su ilusión. Se quedó boquiabierta. Cualquiera podía apreciar una inmensa sala que refulgía a la luz de los candelabros y quinqués esparcidos por todas partes. La gran mesa de comedor lucía primorosamente dispuesta. Sin duda, el conjunto parecía aguardar el ágape de unos reyes.

¿Quién le iba a decir a mi madre que se iba a amoldar tan bien a la vida del pueblo? El pueblo al que regresó después de quince años de ausencia. No tenía raíces en aquella villa que se le antojaba pequeña y abandonada de la mano de Dios, porque, tras la muerte de su madre el mismo día en que ella vino al mundo, su padre solicitó destino en el Ayuntamiento de la bulliciosa Lorca, capital de la comarca y cuna de prosperidad, lujos y desenfrenos. Concedido el traslado, Julia se marchó con meses y se crio lejos del lugar que tanto añoraba su padre y del que le hablaba soñadoramente en las largas veladas invernales. Creció amparada por los afectos de una cariñosa ama de cría que también ejercía de cocinera, de una doncella alegre como los trinos de los pájaros y de su propio padre, protector y casi abuelo con respecto a aquella criatura que la vida le había confiado cercano a los sesenta años.
Consideraba don Segismundo que había sido un buen padre para Julia. Enamorado como un adolescente de su difunta esposa Mercedes —cuarenta y tres años más joven que él—, no encontró fuerzas para resistir los comentarios malignos de los vecinos sin su amor a su lado. Decaído y humillado, huyó del pueblo para preservar su razón, porque entre su inmensa pena por la pérdida de Mercedes y su sentimiento de culpa al seguir vivo tras la muerte de quien más quería, en algunas ocasiones se llegaba a afirmar que toda su desgracia era efectivamente, como sentenciaban los rumores maliciosos, «un castigo divino» por su pretensión egoísta de querer poseer a sus años a una flor temprana. En Lorca, una ciudad donde nadie dominaba su historia, lograría entregarse al cuidado de la pequeña sin paranoicas aprensiones sobre los comentarios que a sus tiernos oídos pudieran llegarle, conseguiría contratar criadas que no fueran de lengua venenosa e inventaría fantasías creíbles sobre su mujer, como aquella que tantas veces le escuchó su hija y que empezaba por: «Quedó muy tarde preñada, cuando ya creía que se le había ido todo».
Hombre espléndido y poco previsor en épocas de prosperidad, don Segismundo se enfrentó a una considerable merma en sus ingresos cuando le llegó la hora de jubilarse, lo que unido al temor de una muerte cercana, motivó que se entregara a una minuciosa estrategia de ahorro para preservar el futuro económico de su hija cuando él no estuviera presente, apenas garantizado por los escuetos peculios sobrantes de una vida llena de caprichos y por unas propiedades yermas en el pueblo. Observó que el dinero se le escabullía demasiado rápido, a pesar de la prudencia de la criada en las compras cotidianas. Con gran pesar suyo y de su joven hija —a la que tenía informada sobre la gravedad de la situación—, decidió prescindir de los servicios de la cocinera y de la doncella. Las dos mujeres intentaron convencer a su señor de la permanencia a su lado sin jornal, con solo el sustento y la cama, pero don Segismundo no había nacido para aprovecharse de nadie, aparte de que estaba convencido de que la mengua en los habitantes de la casa se notaría en sus maltrechos fondos. Ante la triste y enérgica obstinación del amo, las dos mujeres abandonaron la casa entre lágrimas, bien provistas de sendas cartas de referencia y de direcciones de conocidos y pudientes caballeros que, según las había informado don Segismundo, las aceptarían de inmediato por encontrarse inmersos en la búsqueda de una asistencia digna y de confianza para sus hogares. Se despidieron desconsoladas de la joven Julia en medio de una avalancha de promesas de futuras y frecuentes visitas.
Sin la presencia de las dos mujeres que la habían criado, Julia se transformó en cuestión de días. De ser una angelical y sensible señorita dedicada a la confección de su ajuar y a la lectura de libros de vidas ejemplares, pasó a desempeñar labores de lavandera, planchadora, fregona, cocinera y demás oficios propios de la llevanza de una casa.  Pero pronto se mostraron insuficientes las nuevas faenas de Julia y el remedio adoptado por don Segismundo. El cabeza de familia cavilaba día y noche para que las reservas que guardaba para imprevistos y para el porvenir de su hija no se le escurrieran en el, de repente, oneroso vivir cotidiano. Por otra parte, le resultaba insufrible contemplar a Julia atareada en los mil quehaceres domésticos, observar cómo sus delicadas manos ya no tenían tiempo para ejercitarse en las labores del bastidor y se ajaban al contacto con lejías y amoniacos, verla salir sola cada mañana en busca de los víveres más sencillos y menos costosos, divisarla al regresar del mercado enfrascada en pícaras conversaciones de corrillos de criadas. En semejante ambiente, su hija se malograría sin poder él evitarlo.
Poblado de aprensiones, el miedo se le instaló a don Segismundo en el espíritu como un huésped no deseado. Temía a cada segundo por el futuro económico y moral de Julia y recordaba sin descanso su ya avanzada edad. No siempre estaría a su lado para guiarla y protegerla. Estas circunstancias unidas a la costosa renta del alquiler, a la añoranza siempre presente de su casa y del pueblo, a los remordimientos cada vez mayores por el abandono insensato de las tierras que poseía allí y que, con solo ocuparse un poco de ellas, contribuirían a auxiliarlos con sus rentas, así como la evocación de unas sobrinas que ampararían a Julia en caso de faltar él, condujeron a don Segismundo a un estado de vigilia que concluyó en la decisión de volver al pueblo. Una vez adoptada la misma, supuso, o quiso suponer, que el tiempo habría aquietado las turbias lenguas de sus vecinos. En todo caso, con Julia ya crecida, hermosa y seductora, con quince vistosos y alborozados años que caminaban al encuentro de los dieciséis, consideró oportuno que arraigara en un lugar más comedido de costumbres que la siempre licenciosa Lorca, donde miles de peligros acechaban cada día a las muchachas sin posibles, según comprobaba en la lectura de los periódicos y en la propia realidad. Prefería los chismes, dimes y diretes que pudiera escuchar su hija sobre su padre al panorama sombrío que le vaticinaba en Lorca.
Las protestas de Julia no se hicieron esperar. Lloró y suplicó primero. Después, exigió a su padre la permanencia en la ciudad donde se había criado. A ella no le importaba haber cambiado de suerte. No se sentía ofendida ni enfadada por su nuevo destino. Al contrario, sus nuevas ocupaciones le habían deparado lo que denominaba «amistades y conocimientos». Hasta entonces, encerrada en la casa, rodeada de caprichos y sin urgencias cotidianas, vivía en un mundo ficticio y quimérico. Aun cuando sentía curiosidad por aquel pueblo del que no guardaba memoria y al que, sin embargo, conocía por las interminables descripciones de don Segismundo, no consideraba acertada la decisión paterna. Un sitio tan pequeño no se le antojaba el idóneo para vivir. Ella estaba ávida de sucesos y cuatro palmos pocas aventuras presagiaban.
Don Segismundo, convencido en su interior de que la marcha sería definitiva por las muy buenas razones que poseía y sin desear desvelárselas completamente a Julia por el momento, no tuvo ganas de discutir entonces. Obvió los ruegos y exigencias de su hija con una pequeña concesión, de la que se retractaría más adelante en el supuesto de que fuera necesario:
—Vamos a pasar el verano al pueblo. Sobre finales de septiembre o principios de octubre, tú decides si volvemos a Lorca o nos quedamos allí.
—Muy seguro estás tú de que me va a gustar ese villorrio.
—Además, he de ir para ocuparme de unos asuntos de unas tierras. No quiero que te quedes sola —continuó impávido—. Por otra parte, tenemos que levantar esta casa. El propietario la necesita para su hijo y ya me he comprometido con él a dejarla libre en una semana —mintió para reforzar sus argumentos—. A nuestro regreso, ya encontraremos otra igual de agradable y bonita.
Julia suspiró contenta por el carácter provisional que adoptaba su estancia en el pueblo y no puso ningún nuevo obstáculo a los planes paternos. Con la perspectiva de unas vacaciones, el viaje adquiría para ella caracteres festivos.
Resueltas todas las controversias y con gran entusiasmo por ambas partes, en el mes de junio de 1895, se dispusieron para el traqueteado y polvoriento viaje. Embalaron enseres, colmaron maletas y baúles, aprovecharon viandas y las introdujeron en una fresquera y, en suma, despojaron el que había sido hasta entonces su hogar de cualquiera de sus objetos personales.
Así fue como mi madre y mi abuelo llegaron a su destino poco antes del atardecer del día de san Juan Bautista, vapuleados pero felices. Bajo la mirada ociosa de algunos vecinos, entraron en la gran casa señorial, propiedad de la familia desde hacía más de un siglo. Julia, nacida allí durante una madrugada desapacible, sintió un escalofrío de emocionante amparo. Desde que puso los pies en las baldosas del piso, fue invadida por una sensación de grato sosiego. Sin saber la causa exacta, se sintió segura y confiada, como un peregrino que regresa a su hogar tras desgastar años y suelas de zapatos en caminos ignotos. Supo orientarse y recorrer las enormes estancias que atesoraban el aire cargado y denso de lustros sin ventilación; abrió los postigos de puertas y ventanas, y una luz tímida se hizo palpable sobre el polvo, sobre los pesados muebles y sobre las descomunales arcas, sobre los amarillentos lienzos que, enmarcados en dorados barrocos, vigilaban la quietud de todos y cada uno de los objetos del caserón.
Mientras Julia limpiaba y ordenaba, su padre clasificaba en el despacho papeles de antiguas y espléndidas cosechas y calibraba la cuantía de sus ahorros tras los gastos del viaje y de la mudanza. Eran los suficientes como para afrontar imprevistos y pagar los jornales de unos cuantos hombres que hicieran rebrotar sus tierras. En cuestión de escaso tiempo, podría obtener los rendimientos adecuados para que se le fueran las preocupaciones financieras. Entre tanto, su exigua pensión se aplicaría íntegra al sustento diario. Aliviado con estas cábalas y acallada su sensación de culpa con las resoluciones fijadas, se encaminó a su antigua alcoba conyugal, ya dispuesta por Julia para que se convirtiera en su dormitorio, el dormitorio de un jubilado. Fue consciente por primera vez de lo que significaba estar jubilado y se sintió a salvo. La muerte lo sorprendería en su casa y, hasta que llegara, se entregaría, jubiloso, a una soledad precisa y concreta: la soledad de la memoria, la íntima y gozosa soledad del reencuentro con las viejas historias —como en estos momentos hago yo misma—. Se emocionaría con las ropas y demás objetos personales de su difunta mujer, con los libros de su infancia y de su juventud y con los más pesados y densos de su madurez. Todo el tiempo que la vida aún quisiera regalarle, estaría destinado a la evocación y a la dicha, sin servidumbres de horarios y sin censos de preocupaciones que no fueran las propias.

La noche del treinta y uno de diciembre de 1899, de manera casual, sin premeditaciones ni proyectos, tal y como llegan los incidentes que consiguen conmover por su alegría o por su tristeza, mi padre fue feliz como no recordaba haberlo sido nunca. Por tratarse de día tan señalado, cerró la tienda pronto. Fue a la residencia de las primas Rosario y Matilde, a recogerlas y escoltarlas para que acudieran con él al escenario del lugar donde iban a recibir al siglo nuevo: su propia casa y la de su esposa Julia.
—Fíjate en lo que nos vamos a beber para celebrar la ventura del nacimiento de un siglo, Segundo —le dijo la prima Rosario mientras le mostraba a mi padre una botella de licor de menta—. Me trajeron una partida hace dos días y los que han probado este brebaje dicen que es exquisito, pero que se sube un poco.
—Por una noche, y Nochevieja… —Y la prima Matilde suspiró, mostrando intenciones claras de sobrepasarse en todo.
Acababa de recoger Brígida el asado en el horno de Serafina cuando entraron en la casa las primas Rosario y Matilde acompañadas por Segundo. Reían y bromeaban con alboroto festivo. Julia salió a su encuentro con una viva diligencia de anfitriona. Al llegar hasta ellos, se estremeció, no tanto por las chanzas, sino por el intenso aroma de vainilla que esa noche desprendía su marido. Aquel aroma dulce, junto con otro más ligero de canela, la dejó ausente durante unos instantes, los mismos que tardó en reponerse del casto beso que Segundo le dio en una de sus mejillas. Fue un beso tímido y cortés que consiguió que Julia se sonrojara por el escalofrío que la recorrió entera al sentir los cálidos labios de su esposo sobre su piel.
—Un licor de parte de las primas, para que lo tomemos en la entrada del siglo —volvió a repetirle Segundo a Julia, atónito ante la suspensión de ella, mientras le tendía de nuevo la botella.
—¡Bueno, cómo nos vamos a poner! —Julia reaccionó con un risueño cascabeleo mientras besaba a sus primas—. Pasad al comedor. Todo está dispuesto y espero que sea de vuestro agrado. Yo vuelvo en un suspiro con la sopa y las croquetas.
Mientras mi madre iba y volvía de la cocina, los intensos aromas que su marido emitía esa noche la condujeron al día en que lo conoció, cuando se perdió por primera vez tras una puerta nimbada por un cartel de tonos sepia que, en letras de un rojo oxidado, rezaba: Abacería Ortega. Bacalao, especias, semillas y condimentos. Nada más traspasar la puerta del comercio, una espesa mezcla de olores inundó a Julia. En la atmósfera de la tienda —grande, algo oscura y desordenada—, se amalgamaban aromas de café, vinagre, salazones, especias y condimentos diversos, como laurel, comino, hierbabuena, anís, canela y, sobre todos, imperaba el de la vainilla. Tras una cortina parda, emergió un muchacho muy hermoso.

Mi primer libro de relatos
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La buena hija

Mi madre decidió morirse hace muchos años, cuando aún era joven, pero le está costando un gran esfuerzo. Al principio, recién tomada su decisión, todos suponíamos que duraría muy poco en este mundo, un mundo que se le antoja aburrido y sin alicientes, un valle de lágrimas oscuro y sin ningún fuste, un martirio que la irrita minuto tras minuto. Después, pasó el tiempo y nos habituamos a su estado de postración continua, a sus ahogos que no la asfixian nunca y a su cantinela perenne sobre los múltiples males que la afligen.
Mi padre, un «roble» según lo calificó siempre mi madre, murió hace años, y mis tres hermanos se largaron en cuanto pudieron, pues todos optaron por noviazgos muy cortos, como si la prisa por salir de esta casa, para formar sus respectivas familias, fuera una llamada imperiosa a la que no pudieran sustraerse. Me quedé sola con mi madre, responsable máxima de su salud y de su bienestar, si es que alguna vez se siente bien dentro de la aflicción permanente en la que vive. Por tanto, me toca decidir en estos momentos. Porque hoy creo que a mi madre le ha llegado su hora, su merecimiento a ingresar en la inexistencia tras tantos años de duras oposiciones para conseguir una plaza en el cementerio. Tras un más que verosímil ataque al corazón, ha abierto los ojos llena de pánico y, en un murmullo apenas audible, me ha confesado que quería seguir viva. 
Ante el extraño ruego de mi madre, tan impropio en su persona, en nada consecuente con sus apetencias cotidianas, tomo su mano derecha con delicadeza y la miro con una lentitud protectora. No sé si se marchará y consumará, por fin, su vieja aspiración. Por supuesto, ni se me ocurre avisar a ningún médico. No voy a contrariar los anteriores deseos de mi madre, los formulados segundo tras segundo durante treinta y siete largos años. Siempre he sido una buena hija y no voy a dejar de serlo ahora, por un capricho senil de una moribunda que se empeña en llevarle la contraria a la mujer que siempre he conocido.


La aparente calidez de la nieve
A Miguel Espinosa

Recuerdo el día en que vi por primera vez la nieve, ahora tan lejano, tan distante. Fue un día hermoso. Siempre lo llevo en mi memoria y, al evocarlo, me ilumino con luces interiores y se me apagan los ímpetus de mímesis.
Mi ciudad se tornó lúdica tras haber experimentado la blancura helada de la nieve, que, con lentitud, se prodigó ante el asombro del asfalto. Los viejos comentaban los muchos años transcurridos desde la última nevada; se irían a la tumba sin volver a contemplar otra. Todo el mundo andaba como de estreno: de acá para allá, sin prisas, felices. La claridad luminosa de la nieve tendida sobre las calles consiguió que se cerraran los colegios y que muchas otras obligaciones y responsabilidades fueran postergadas. El acontecimiento lo merecía.
Sola, hice bolas de nieve en un rincón del jardín. Me admiraba aquella frialdad: blanca como el algodón más blanco, dúctil como la plastilina y escurridiza como el agua; lejos de helarme las manos, me las quemaba y enrojecía. Mientras daba forma a la blancura, fue cuando comprendí que el mundo no era el pelo rubio de Loli o las risas intrascendentes de Pili, ni tan siquiera el puntual reloj de Cari poniendo fin mágicamente a las clases. Porque hubo una época en la que sufría por no ser rubia, por no tener un armario inagotable o porque mi madre me comprara los vestidos un palmo más largos de lo habitual para que me sirvieran dos o tres temporadas, o una en caso de un estirón muy fuerte. Pero eran ilusiones vanas, ya que crecía con lentitud, con pereza, no de golpe, excepto en una ocasión memorable en que una gripe me añadió ocho centímetros de una vez.
El día de la nevada, mientras jugaba en el jardín, dejaron de importarme los vestidos y las meriendas de Pili, a las que acudían muchas niñas bien vestidas y rubios y atildados muchachitos, y a las que a mí nunca me invitaban. No sé qué ocurrió, pero me di cuenta de que lo realmente bello, como la nieve, se mostraba desnudo, de que lo importante no se rodeaba de apariencias y boatos, sino de simplicidad. También comprendí el poder de la imaginación mientras creaba formas en la superficie helada y adiviné la fuerza que reside en adecuar el pensamiento con el acto, lo que se quiere con lo que se hace. Vivir tenía que ser vivir para con uno mismo y no vivir para los otros o por los otros.
Volví a mi casa contenta, pensando que todo lo que el sueño alcanza, existe. Nadie podría negarme que el ambiente se llenara en ocasiones de chispitas de colores o que de verdad existiera la tétrica mano negra que se escondía debajo de la cama. Todo viviría y sería siempre como yo lo moldeara.
—¿La imaginación es buena? —pregunté.
—Depende, hija, depende —me respondieron.
—Pues he visto al arco iris bailar —agregué en mi iluminación transitoria.
—También la imaginación susurra la grandeza inconmensurable del silencio.
—¿Cómo?
—Nada, niña. Ya serás mayor y te enterarás de que la vida no es un relato de princesas.
—¿Por qué?
—Pues... Pues porque siempre son cursis, y sólo admisibles en el columpio de la fantasía.
—Pero...
—La realidad es como es. No existen peros ni discusiones.
Entré en mi cuarto y decidí crear una nueva realidad, más real que la otra a la que los mayores se referían. Un ruido húmedo provocó que me acercara a la ventana. Detrás de los cristales, volvía a nevar. ¡Qué bonita era la nieve! Deseaba que no cesara nunca, nunca, aunque eso me supusiera no crecer y no estrenar vestidos. Esas nimiedades ya no me importaban. Acaba de decidir que, de mayor, me iría a un lugar donde siempre nevara, donde siempre tuviera en cuenta el sentido hondo de la vida y de las cosas.
Y ahora, mientras recuerdo aquel día lejano en mi habitual paseo por el bosque blanco, por el bosque donde siempre hay nieve, siento nostalgia de mi familia, de su calor, de su dulzura. Mi opción fue glacial y tanta nieve me abre grietas de soledad y de mutismo.

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EL PASADO IMPREVISTO

Oigo voces que exudan sal morada,
vestidas de torpe penitencia.
Escucho ecos guardados para siempre
en las agujas mudas de un reloj antiguo.
Sin desearlo,
soy el ademán de un sueño inefable
y figuro en la niebla de un lejano amanecer.
Sin escudo protector,
siento el vértigo del cielo
sobre tus migas de ternura imprevista,
donde se engarzan nidos
que atraen las alas de mariposas extrañas,
donde se engendran alborotos
que vitorean las palomas inocentes.
Tú, más allá del blanco de una camisa,
abrazas soles de un verano antiguo y denso,
de un verano infante que jugó a ser caricia
y cosechó caracolas de un mar en fuga.
Tú, más allá de la arruga que te ronda,
enredas estrellas de una noche secreta,
cuando el viento azotó tu herida débil
y quisiste saber cuántos quejidos componen el gozo.
Tú, más allá de la lluvia de resaca,
pestañeas inocencia por el cristal opaco,
notas que el aire está brillante
y percibes que los niños son ángeles sin freno.
Tú, más allá de las páginas de un libro,
desnudas blancura sobre un sillón ce cuadros
y acuestas secretos en las ondas cansadas.

Oigo sones de enojo bajo la capa sombría,
sones de nácar enfermizo y placebo
asociados a un olvido,
a mi olvido estéril
que me deja abierta la madrugada
en espacios no vistos que mi mano moldea.
Más allá de la lágrima escrita,
está la vida imperceptible de infinitas renuncias
que aplastan al hastío con fantasías de óxido.
Más allá de ti, amor, voy por huertos de la infancia
y cojo almendras verdes para la boca dulce,
para la boca esquiva y ansiosa de lo amargo.
Más allá aún, disfrazo niñez de deseo
y paseo tacones altos en un pasillo oscuro,
paseo carmín coral en labios inocentes.

Oigo músicas en la gota de escarcha,
deslizo palabras de río angosto,
apenas si me atrevo a rozar tu memoria
y bebo líquidos de imágenes,
mares negros profundos como un beso.
Emborracho a la noche con tu ausencia
como se embriaga a un lirio de tabaco
y destilo gracia sin sentido
sobre una luna inédita de pueril figura
que siembra tilos en sombra como cascabeles serios.
Niño extraviado en una fábula sin moralina,
no importa el ayer con su puñal dispuesto,
no importa el ahora con su turbia afrenta.
Niño, niño amor,
sólo adoro tus palabras, 
tan distantes.
Respiro tu luz de faro triste
y lloro la edad rubia en que no era 
tu cuerpo el destino de mis hadas escondidas.



LA MÚSICA CONTINUA

Música, mi amor,
música para la ausencia inútil del verano,
para la ausencia monolítica en las puertas del otoño.
para la ausencia gris y de bombilla del invierno,
para la ausencia del juego de la primavera.
Música para el tópico estúpido con que se inicia el verso.

Música en la larga trenza de la noche,
en el campo de trigo de la tarde,
en la tórtola de la mañana.

Música en procesión de abejas,
en desfile de lirios,
en cabalgata de muertos.

Música que llegue a tus manos de mimbre,
excave el niño de tus ansias
y busque la existencia de tus ojos.

Música que se enrede en tus sábanas mudas,
se alce en tu raíz cobriza
y se estrene en tu despertar solo.

Música, mi amor,
música de la entraña aislada,
del deseo erguido,
de la lágrima quieta.

LA VIUDA

Presencia luminosa contagiada de silencio,
arquivolta del deseo,
la viuda canta en la noche de cicuta,
sangra en la noche de veneno
sobre el mapa monocorde del papel.
Tiene los ojos como pétalos heridos,
el tallo de espinas de los rosales más cándidos,
la ceniza de los héroes en los campos de sombra,
el sudor destilado por los mares brujos
que pueblan su universo más extraño.

Escucha soles que no saludan a la lava,
vagas lunas inocentes y escondidas,
tiempos de miedo guardados en la infancia de los sueños.
Escucha el ritmo en busca de caricias,
la arista viva de la ausencia que la abate.
Siente cómo hiere el corazón del espacio vacío.
Nota cómo sacude el espanto oculto y contemplado
sobre las sábanas solas, calladas e insumisas.

No lo dudes, presencia duende o alma,
en la fusión de los cristales malévolos
cada acto se mece en negra fiesta de lo cierto
y la imprecisión te crea sin corolas de sentido.

No, no lo dudes,
no se rompe el misterio de tu árbol,
no se quiebra el hechizo de tus ramas.


INEFABLE

Amor, mi amada incertidumbre,
mi búsqueda incesante,
cómo describirte
las crisálidas que estallan
cuando te roza mi memoria,
cómo nombrarte lo sencillo,
la simiente alegría,
la raíz enamorada.

Para ti traigo el permiso de los gorriones,
para ti se eleva el mejor de mis arcoíris,
para ti se erigen las lunas de mi sueño. 

En ti se amainan los corceles de mi furia,

en ti se alza la espada de mi dicha.

Amor, mi arrebato dulcísimo,
mi hazaña interminable,
cuna fecunda en la que muero cada día,
mi herida leve,
mi dardo suave,
brújula fiel de mis ansias derramadas,
mi suceso más confuso,
cómo podría acariciar la palabra que indago
para que esta dijera lo que intento decirte
desde el exilio inquieto del abandono,
desde la celda cruel de una renuncia inútil.



Mi primera novela
Una novela corta que indaga en los resortes del enamoramiento entre otros temas
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Edición electrónica:
A MODO DE PREÁMBULO

Casi todas las historias de amor son estúpidas si se las analiza con ojo crítico. Pero conviene enfrentarse a la estupidez propia para vencerla, para salir airoso de su trampa y poder seguir el camino sin obstáculos interiores. En mi caso, quizá sea la única manera de aclararme con la maraña de ideas contradictorias que me bullen en el pensamiento. Como en una película, veo desfilar ante mis ojos las últimas horas vividas y, lo que es peor, analizo sin descanso las cavilaciones que sé que no me llevarán a parte alguna, pues el destino y mi forma de ser es posible que ya tengan decididas las cartas del juego. Sé que en algún recodo de las últimas horas de este inicio del verano se hallan las claves, las chispas de intuición que esconden el futuro deseado. El siglo XX expirará en poco más de una década y con él mi juventud, la juventud que no deseo desperdiciar de forma irremediable en romances sin vocación de permanencia.
Me interesa analizar cada detalle, cada gesto, cada divagación, aunque soy consciente de que todo puede virar en un segundo en el momento decisivo que se avecina. Mientras llega, deseo ser previsora, no aturdirme ante una hipotética contrariedad. Forma parte del juego de la vida plantearse situaciones contrapuestas, así que reflejaré mi desconcierto sin trabas, sin censuras que me oculten. Antes de darle a Víctor la contestación que me temo y que me espanta, la que mi impulso apetece sin rodeos, husmearé por los territorios interiores y exteriores. Como un sabueso adiestrado, sabré hallar el tesoro que busco. Sin plano que me guíe, me adentraré por tierras inhóspitas y me hundiré en aguas desconocidas. Solo así seré capaz de distinguir lo más adecuado para un corazón que no encuentra la paz y para una mente que no se aquieta en el sosiego.
Me preparo para la travesía sin prejuicios. No eludiré las espinas que me aterran ni escaparé de mi imagen en cualquier espejo, por muy deformada que se me devuelva. La purga exige valentía y la recompensa es la tranquilidad de espíritu, sea cual sea la situación en la que derivemos Víctor y yo. A estas alturas, da lo mismo y me resulta casi previsible, pero bien sé que todo puede cambiar en un instante y que no existe certeza a la que pueda asirme por un plazo de tiempo razonable.
Para entender algo o, al menos, intentarlo, también debo imaginar cómo contaría Víctor la historia, cómo narraría los contradictorios pensamientos de ambos, esos pensamientos que nos sumergen en una confusión ilimitada y zozobrante, siempre a la espera de una nueva palabra, de un esbozo de gesto o de una omisión mínima para nutrirse y crecer con el empuje ciego y brutal de los terremotos. Todo resulta complejo y sencillo, tentador y repelente, como este aire que huele a verano, a siesta y a desgana.
Si analizo las últimas horas vividas, sé que cualquier final es previsible para un juego que hemos librado con matices de tortura. Es probable que ambos deseemos cualquier desenlace, sea el que sea, para la tensión existente entre nosotros. El cansancio puede confundirnos aún y hacernos ignorar que los enredos se resuelven en muchos casos de forma imprevista, que las decisiones importantes son tomadas de modo súbito cuando se ha sopesado demasiado y no se encuentra una salida satisfactoria a las disyuntivas.
Pero no divagaré más sobre lo que va a acontecer dentro de muy poco. Antes de lanzarme al vacío del futuro inmediato, he de asumir que el azar premia cuando ya no se confía en él, cuando ya no se espera y la ilusión se desploma. Entonces surge, espontáneo y salvador, en las más pequeñas cosas. Dejaré que el azar juegue y trence, o destrence, sus hilos. Hasta que llegue su hora, recordaré sin miedo, sin reproches y sin censuras.


1. HORAS DE OFICINA 

Siento que esta historia se precipitó a partir de ayer por la mañana, la cálida mañana del primer día del verano, una de esas mañanas luminosas que transforman cualquier estancia lúgubre —como lo suelen ser las oficinas— en un lugar alegre y lleno de futuro. El sol entraba como un propietario primerizo por su hacienda; fisgoneaba el polvo de las estanterías, fieles contenedoras de libros y boletines en desorden; verificaba la irregular cúspide de los techos, desconchados gravemente por algunos puntos en honor a una antigua y venerable gotera; medía el blanco sucio de las paredes y descubría las marcas de una vieja lluvia sobre los cristales de las ventanas. Cuando quebró uno de sus rayos sobre los ojos de Víctor Vadillo, este apartó su mirada del copioso expediente que lo absorbía y se dejó enredar por la intensa luz que trepidaba a su alrededor.
Permaneció absorto, perdida la vista en las fantasías cromáticas que el sol le regalaba al despacho. A los pocos minutos, desvió su visión de lo inconcreto y la centró en la contemplación del trasiego de la calle. Porque una de las ocupaciones favoritas de Víctor es observar a la gente: le maravilla su ir y venir de un lado a otro, su deambular constante en pos de un destino para él desconocido. Muchas veces me ha señalado que los demás son curiosos cuando no se los conoce, pues en el momento en que se traba cualquier tipo de relación ya no son los demás, sino los amigos, los compañeros, los conocidos..., esos otros que nos preocupan porque constituyen nuestro espejo, nuestro indicador de estima, nuestra escala de valores mínima e insoslayable. Pero últimamente no está muy seguro de sus apreciaciones y no se atreve a dogmatizar. En realidad, no está seguro de nada y no halla sosiego en ninguna afirmación. No puede decirse que los demás le preocupen en exceso, aunque tampoco es un témpano por el que patinen sin consecuencias las identidades ajenas.
Suspiró con aires de cansancio. Ya se mareaba otra vez con sus propias divagaciones, ya tejía la tela pegajosa a la que quedaría adherido sin hallar una salida. La confusión se había enseñoreado definitivamente de su persona y solo sabía perderse en ella, anular la voluntad y mecerse en un estado perplejo que no le era del todo desagradable. Cualquier demora le era preferible antes que actuar, cualquier aparente decisión antes que adoptar la que lo iba a comprometer de una manera absoluta, porque de esa auténtica decisión, y una vez asumida, surgiría la persona que lo esperaba en el futuro, ese otro ser aparentemente igual a él, pero muy distinto, y su yo futuro le produce escalofríos. Ahí radicaba el problema, la quietud que le impedía actuar. Hiciera lo que hiciera, iba a equivocarse. Sostenía una batalla perdida de antemano.
Se levantó con indolencia y, sin dirigirme una mirada, se apoyó en el quicio de la ventana. Prefería seguir el ritmo de la noche anterior, no decaer. En la oficina, siempre es otro y otro es el lenguaje. Observaba el trasiego de la calle, las gentes ocupadas de la mañana. «Desfilan como hormigas sin antenas», le escuché susurrar. Para él, la noche es una lenta caricia que le excita pensamientos primitivos, emociones envolventes y rituales mágicos por insospechados vericuetos. Ha comprobado que, de noche, la gente habla de manera distinta a como lo hace durante el día, donde la luz difunde ecos solares que adormecen las palabras extrañas de la oscuridad. Muchas veces cavila sobre la noche, la madre de las confidencias y la hermana gemela de los deseos, y siempre concluye que, de noche, casi todos lucimos piel de poeta y nos caben, en esa piel ambigua y sugerente, las criaturas condenadas durante el día, los vocablos que jamás imaginamos que llegaríamos a pronunciar, las sacudidas telúricas y los argumentos que se alejan de una vía científica y razonable. Todos en la noche escarban sus vestiglos y sus alas. Y los menos cautelosos se enredan en preguntas, en callejones metafísicos sin salida, los cuales son idénticos si se tenía la paciencia de confrontarlos. Si algo caracteriza al ser humano es ser una criatura desamparada y esta verdad cobra plena vigencia en la noche. De noche, todos somos uno. «Ahí está la fraternidad de la noche frente al mezquino e individualista orgullo del día. En contraste con el que duerme y es sostenido por el sueño, el que vela sostiene un sueño en la oscuridad», pensaría.
No notó mi mirada ni fue consciente —como no lo ha sido nunca— de que yo, su Teresa boba y rancia, soy muy capaz de leerle el pensamiento. A él le cuesta percibir lo cercano, aunque en aquellos minutos contemplativos se creyera el poseedor de las claves de la existencia de las gentes que iban y venían. «Hormiguitas sin antenas», susurró para sí. Pero a mí no me engañaba con sus poses, pues sé que adora las mañanas y sus hormiguitas sin antenas. En la mañana, ve la vida pasar y no le resulta una mala ocupación. ¿Acaso no compadece al hombre que sacrifica sus mañanas? Sin ellas, se renuncia a los matices del carácter. Y una persona sin matices es un robot dispuesto a ser articulado por cualquier idea colonizadora de su estructura monolítica.
Pensó que no teorizaría demasiado sobre las próximas horas y sus posibles sobresaltos, no le convenía a su particular estado confuso. Había elegido sentarse en las esquinas de la oscuridad, sin saber que la palabra, el pensamiento, solo se halla allí donde la luz más brilla. En los últimos meses, solo la penumbra le era grata, solo ella podía acoger su cuerpo, cargado de deseos de tinieblas. El amor era una trampa que le tendían los instintos, un engaño de la ilusión, un delirio sin futuro.

Sin desearlo, nos vimos envueltos en los ecos pastosos de la voz de Guillermo Esteban, que se colaban con sigilosa nitidez por la puerta entornada del despacho. Comentaba con un presumible e hipotéticamente necio interlocutor que comenzaría a promocionarse en serio. Él no podía seguir un día detrás de otro, un mes sobre otro, viendo las mismas caras. «Caras recelosas que desvelan estupidez, caras de zanahorias acechantes del más leve indicio de talento», exclamaba el indignado Guillermo. Para él, todos nosotros carecemos de inteligencia e, incluso, del buen tacto necesario para progresar. Eso es lo que deseamos: subir, trepar, pisar, ascender, escalar, que nos admiren sin límite. Si es preciso, nos vestimos con sus ideas, nos arropamos con su tono más seguro. Si es preciso, le extendemos cheques de amistad con liberalidad desbordada, por supuesto todos en blanco. «Son unos perfectos buitres», puntualizó.
Pero conforme se extendía la presumible conversación telefónica, la rabieta cobró nuevos bríos. Hablaba de empezar con un cursillo acelerado de inglés o, aún mejor, con unos estudios documentados de informática aplicada. Debe prepararse a fondo. Colmará sus tardes de actividad, no cesará un segundo. Lleva un año entero sin moverse y todavía es joven. En el trabajo, siempre anda con las mismas insustancialidades y, en su casa, se planta frente al televisor que no mira, frente a un libro que no lee. Y, alrededor, Elvirita con sus problemas y los niños con sus juegos irritantes o con la cinta de dibujos animados que le fastidia el fútbol. Tiene que terminar con tanta desidia, moverse. Ya se sabe que el movimiento aleja el peligro de uno mismo. Tiene que acabar con las ideas que lo anulan, con la triste y demoledora fábula de la lechera que derrama la leche y asiste al fracaso de sus sueños. Unos años antes, él era un león, el rey de la jungla. Sí, necesita algo que lo absorba, algo que le ocupe todas las horas de vigilia, algo que le espante su inanidad, algo que lo agote y le haga caer en la cama rendido y feliz, sin una sola idea que lo hunda en disquisiciones sin salida.
El tiempo había pasado rápido, y ¿qué había hecho, qué? Después de empezar a trabajar, el declive, todos los sueños por la borda. Y ahí estaba, hecho un pasmarote en un despacho «con luz eléctrica continua»». Resuelve cuestiones que no le interesan, que no le importan lo más mínimo. Para colmo de los colmos, su jefe —y Víctor me miró de soslayo— pretende que trabaje y tal vez le pida una relación que tiene a medias. ¡Ah, no acudiría a la cita de la tarde! No está para trotes eruditos. El cansancio lo rinde y el curso de perfeccionamiento lo tiene malhumorado, pues no le servirá para ascender.
Se despidió con: «Demasiadas preocupaciones. Un abrazo».

«Competición. Guillermo y sus competiciones. Conjuguemos el verbo de la modernidad: yo compito, tú compites, él compite, nosotros competimos, vosotros competís, ellos compiten. ¡Preparados! ¡Listos! ¡Ya! La carrera está siendo muy reñida, señoras y señores. Una dura pugna se ha establecido entre las calles cinco y seis. ¿Quién ganará? ¿Quién será el próximo objetivo de nuestro odio? Y, sobre todo, ¿quién quedará el último? Es también muy importante para nuestro orgullo de mediocres, continuamente preocupados por el listón de nuestra estima. Siempre conviene tener a alguien por debajo para que nos devuelva nuestra imagen engrandecida. Al primero se lo odia, por supuesto: apenas si tiene las facultades que a nosotros nos sobran. Y al segundo aún se le odia con más furor y ahínco: es un perfecto papanatas que no dispone de arrestos suficientes para llegar a la cumbre y, encima, se atreve a mirarnos como si estuviera en ella y tuviéramos la obligación de obedecerlo. Yo compito, tú compites, él compite. Competición. Rivalidad. Dios ha muerto. ¡Viva el trabajo! Pero no el trabajo en sí, no nos engañemos. Ya no vale el amor a la tarea si no es condecorada y laureada o generosamente retribuida. Viva el trabajo que nos permita alcanzar prestigios, honores y oro. Viva el trabajo que nos dé venia para desarrollar el más arbitrario narcisismo y nos convierta en pequeños maquiavelos de nuestros propios fines. Viva el trabajo que nos permita volvernos unos déspotas. ¡Viva el trabajo! Nuestra droga y nuestro certificado de capacidad. ¡Y, ay, del que no tenga! No existe. Es el incapaz, el tullido amargado y el cero en el campo de la vida inteligente. Las cosas son así, Teresa. Y no se arreglan con ideas encabritadas. Hoy el mundo es de los maniacos obsesivos del trabajo. ¡Viva la ética calvinista!»

Víctor salió de sus cavilaciones y me sacó de las propias sobre el trabajo entendido como una droga. Me miró con ojos traviesos. Durante un segundo, y con un halo de diversión cómplice, se cruzaron nuestras pupilas, pero preferí disimular y fingirme muy atareada, como si no hubiera escuchado la conversación telefónica del compañero Guillermo. Me pareció más elegante que darle una imagen de curiosidad chismosa. Él trató de volver a su expediente, pero no se centraba. Debió de considerar que había trabajado mucho a lo largo de la mañana, con una concentración absoluta, y optó por darse un nuevo descanso para ahuyentar el embotamiento que le aparecía.
Vio unas fichas de Guillermo desparramadas con descuido sobre una silla. Para no aburrirse, decidió ejercer de jefe y las recogió para llevarlas a su responsable. Imagino que el custodiador despreocupado suspiraría con hondura. Un poso de inquietud se reflejaría en su mirada, mas sería cuestión de segundos, pues, de inmediato, haría un gesto afirmativo al tiempo que frunciría sus labios resecos y orgullosos para quitarle importancia a su evidente despiste. Para congratularse con el jefe y evitar una posible bronca, le preguntaría por el estado de su engorroso expediente, si su evolución era o no favorable, o si, por el contrario, continuaba aturdiendo sus horas de trabajo. Víctor se mostraría desamparado por la salud de su enfermo y Guillermo le amonestaría con la retahíla de siempre: que se cuidara y diera a las cosas la importancia que tenían, que el trabajo no era lo único importante en este mundo. Y mientras verborreara, haría su clásico gesto de disparar el dedo índice, que, como un resorte de paraguas plegable poco preciso, se habría extendido en un gesto amenazador.
Víctor regresó a nuestro despacho y se sentó con languidez. A pesar de que me apetecía hablarle, mirarlo e improvisar algún que otro chiste a costa de Guillermo Esteban, fingí estar muy atareada con mis papeles.
—¿Has terminado el informe? —me preguntó con dulzura.
—Aún me queda un poco —respondí sin alzar la vista.
Al cabo de unos minutos, salí del despacho en dirección al servicio. Al volver, me entretuve en una charla corta y trivial con Guillermo Esteban, en la que noté un velado cortejo por su parte. No era la primera vez que esto ocurría y me empezaba a cansar, aunque debía mostrarme ajena, ya que sus pretensiones eran imperceptibles en las palabras y solo palpables en la disposición ávida de las pupilas. Por el momento, convenía ser prudente. Prudencia desplegué, también, en otro aspecto, ya que no me abandonaba el recuerdo de su reciente conversación telefónica; pero, sobre todo, se me había quedado prendida la frase referente a la luz eléctrica continua, de ahí que tuviera que reprimir la sonrisa cuando comprobé los rayos de sol que se estrellaban sobre los ojos deslumbrados del eficiente Guillermo. Allí estaba el buen funcionario en su torturador despacho, en busca de un ángulo que lo defendiera de la luz cegadora, tras su mesa ordenada e impoluta, si bien no medía las dimensiones a las que él aspiraba. Pero nunca perdió la fe. Sabía, con la fuerza de quienes no saben y todo lo consiguen a costa de turbios lloriqueos o chapuzas enmendadas por el tiempo, que un día podría ocupar una gran mesa de jefe, adornada con un sillón de más alto respaldo que el chafado en aquellos momentos.
De nuevo en mi despacho, me embebí en el informe que tenía pendiente al tiempo que observaba con disimulo a Víctor. Parecía como si algo similar a una jaqueca le avanzara posiciones desde las sienes hasta los arcos superciliares. Daba vueltas a la cita de la tarde con una señora que alquilaba habitaciones. El hotel donde dormía hasta entonces distaba un gran trecho de la oficina, aparte de que le empezaba a resultar en exceso oneroso a su bolsillo, siempre hueco y aireado por su absoluta incontinencia en los gastos. Me miró sin ser consciente de que yo me sentía mirada. Me contempló con una penetración de miope sin gafas hasta que las lágrimas, protestonas por la inmovilidad de los ojos, empezaron a asomarle. Las ahuyentó con varios pestañeos muy seguidos. Ninguno de sus expedientes lo animaban a avanzar.

Sabía muy bien por donde discurriría el cauce del pensamiento de Víctor, la búsqueda de excusas para su apatía sentimental, la negación de lo obvio en su espíritu aterrado.
Miraba a su Teresa engullida por el respaldo del sillón, muy lejana, en un fondo de destellos inconexos. Una cuerda invisible le crispaba las muecas en hondos reproches y en venganzas aún más hondas. Sus ojos eran paseantes sin rumbo fijo sobre los papeles que sus manos sostenían: un informe de mera rutina que él le había encomendado. «Es muy cumplidora», pensaría, aunque la suponía un poco harta. ¿Un poco o un mucho? Días antes, estuvo tentado de proponer su nombre para un puesto de mayor responsabilidad, pero no quiso desprenderse de su eficacia, que si bien la considera oscilante según el estado anímico que atraviese, al menos es puntual en los momentos álgidos.
Teresa, ay, su Teresa. Su versión de Teresa para él, modelada en su mente retorcida. Su Teresa para sí mismo y según su pensamiento ajeno al de ella. Está destinada para asuntos de mayor envergadura, para cuestiones farragosas que requieren un esfuerzo intelectual titánico, sobre todo las que la mecen en un grado suficiente de ansiedad, el necesario para disparar la producción de adrenalina. Se siente viva cuando se finge atormentada por deberes laborales sin sosiego o por problemas amorosos concluyentes. Todo como una tela de araña en la que fuese la débil mosca indefensa y la potente viuda negra. No está hecha para menos. Los días sin pasión son tumbas que le imponen sus cenizas; tumbas que recogen su inquietud, expectante al más mínimo atisbo de tormenta. Necesita las dificultades, las horas cuajadas de acción desenfrenada, el hermetismo del minuto y, a ser posible, un pequeño caos al que poner orden, alejando de ese modo el inmenso caos que para sí misma representa.
Su Teresa o la ambición de lo absoluto. Su Teresa o el anhelo de una diosa bellísima y eficiente, estrella única y constante en un universo de tinieblas, ariete invencible de modernidad, vestal sagrada de pasiones sin cauces de rutina. Su Teresa o la carrera incansable hacia una meta inamovible: última instancia sin espirales ni círculos, sin regresos ni bifurcaciones paranoicas, sin estancias superiores ni nuevos esfuerzos para el gozo; paraíso latente prometido y solo a ella reservado.
Pero constataría que, a veces, es tan pequeña, tan desprotegida y abandonada… En esos momentos claudicantes, olvida echarse al bolso el mechero de oro y laca china, la pluma estilizada de marca prestigiosa, el atomizador de su perfume penetrante, el pañuelo a juego con la blusa, las gafas oscuras y estrechas de estrella de los años cincuenta y una docena más de distintivos de su espíritu artístico y elevado. En esos momentos de guardia baja, lo peor para ella, lo más imperdonable y lo más vulgar, son sus cabellos descuidados, la grasa peinándolos lacios y sin brillo. Aunque también, en sus enajenaciones pasajeras, le resulta atroz verse con la cara sin maquillaje o con un jersey algo estirado por el uso. En tales días aciagos, no es nada para sí misma, nada. Sin elegancia, sin estilo, sin signos distintivos de su esmero, nada, otra más del montón, una cara sin fuerza y un paso tímido, nada. Cómo se atormenta su Teresa con tales pensamientos cuando se sorprende en flagrante delito de vulgaridad. De ahí que, entonces, no acierte con las cuestiones tantas veces resueltas en otras circunstancias más favorables. Por ello, tiembla ante él como un niño pillado por su madre en el momento supremo de la travesura y tartamudea ante la secretaria, tan elegante con sus trajes de chaqueta y sus camisas enlazadas. Mas los raptos de desidia son esporádicos y, una vez superados, su Teresa los olvida con encono, como un pecado no prestigioso y barriobajero, y vuela, drogada con la enmienda, a las tiendas más distinguidas. Allí compra, tras muchas vueltas y rodeos, los vestidos más caros, las faldas que más estilizan, las blusas de corte más ingenioso, las medias con más seda, los zapatos más en boga y los pantalones de caída más seductora. Tras la penitencia consumista, sin dar importancia a la cantidad de dinero gastado, e iluminada, vuelve cargada de bolsas en su coche coqueto, aunque quizá demasiado pequeño según piensa últimamente. Con su nuevo arsenal, no habrá quien la pare. Y si acaso surge alguna broma sobre el estado indolente y descuidado de los días anteriores, saca con fuerza la mandíbula y expone unos ojos bravíos, despreciativos e insolentes al tiempo. Todo bajo control con semejante gesto de firmeza, debe pensar ella.

Víctor miraba con disimulo a aquella criatura diseñada por su mente mientras yo, la Teresa real, le pasaba el informe a la secretaria, tan elegante con su traje de chaqueta gris y su camisa blanca enlazada.
      Constató que estaba muy hermosa con la cara sin maquillaje y con ojeras, con los cabellos descuidados y con el vestido absolutamente pasado de moda.