lunes, 2 de abril de 2012

LADRONES DE PALABRAS, LADRONES DEL PENSAMIENTO.


   En estos mundos virtuales se encuentran  seres de todas las calañas, desde personas excepcionales hasta vulgares rateros que, con tal de elevar su autoestima, se llevan a su blog o página los frutos de tu pensamiento o la cosecha de tus emociones, porque no olvidemos que la palabra recoge nuestro espíritu y nos refleja, es personalísima e intransferible, como lo somos todos y cada uno de los humanos, que ni sentimos, ni pensamos, ni nos expresamos igual.
   Cada cual tiene sus motivos para mantener una revistilla de Internet. Los míos los he confesado a menudo y no me avergüenzan lo más mínimo, pues no son deshonrosos: servirme de instrumento a efectos de dar a conocer mis escritos, y subrayo el posesivo mis, que, en estos lares, algunos y algunas, ya sea por cortedad mental, ya por desvergüenza manifiesta, entienden que una vez colgada una entrada en las ondas es de todos, que para eso se ha compartido (olé la jeta), como si compartir públicamente diera patente para apropiarse de las ideas o de las palabras de otro. Seamos serios: a esa manera de actuar siempre se le ha llamado plagio. Y quien plagia es un pobre ser con poco que decir pero que quiere expresar mucho, sacar agua de donde no la hay, un petimetre con una necesidad extrema de valoración, con un ansia desmedida de pasar por lo que en realidad no es y de aparentar un interior que no posee. Me reservo ciertos adjetivos por decoro, pero sí les diría a estos impresentables, en unos casos, y a estas mosquitas muertas, en otros, una buena retahíla que se merecen a pulso.

   No me gusta que cada vez sean más los amigos honrados que se quejan de lo mismo, que ven sus obras vilmente plagiadas. A mí me ocurre también, y con más frecuencia de la que desearía, que hasta algunos de quienes me comentan se llevan el botín para su casa, y si pongo dobladillos a los sentimientos, ellos se los ponen a la memoria dos días después; si saco una conversación de café, ellos improvisan una de bar dos jornadas más adelante; si meto un argumento determinado en un relato, se lo llevan para su propio lucimiento; si les gusta un verso o una imagen, adornan con ellos la propia y patente impericia expresiva.
   Desde hace más de un año, perdí las ganas de subir al blog un buen número de escritos, los que más me importan, por culpa de los buitres sueltos que planean con hambre desvergonzada sobre cualquier texto que se les antoje. En mis mismas circunstancias sé que están un buen número de amigos que escriben, cada vez más indignados ante tanto plagio perpetrado por personajillos sin fuste. Cada uno toma sus criterios a partir del momento en que es consciente, pero les aseguro que algo se nos rompe, quizá la ilusión del blog, quizá la inocencia de sacar lo más genuino de nosotros, pues ya nos han demostrado que otro vendrá para lucirlo como si de galones propios se tratara. Con la ilusión mermada y una buena dosis de desengaño, yo decidí hace más de dieciocho meses ocultar lo que realmente me importa, que no escribo para que maripurisupersimpática o crescendoegoacostadeotro se lo lleven a su repisa de trofeos personales. O lo que es lo mismo y acudiendo a uno de nuestros refranes: que cada palo aguante su vela. 
   Nadie está obligado a escribir bien o a ser escritor para mantener uno de estos espacios cibernéticos, que la comunicación con otros, distraer la soledad o la exaltación o paroxismo propios –que es lo que mueve a muchos– no precisa de literatura; pero, por favor, dejen de robar a quienes sí que vamos sólo por lo literario, a quienes trabajamos las palabras –y por tanto los pensamientos– con amor y paciencia de orfebres. No fastidien con su mezquindad y pónganse a sus cosas, tan legítimas como cualesquiera otras, pero no iguales. No confundan ustedes compartir con apropiación indebida. Ustedes, los que plagian, se engañarán a sí mismos, que al resto no nos desorientan: sus méritos no son más que expolios.