jueves, 20 de agosto de 2015

MEDITACIONES DE UN ESTÍO


De repente, en una tarde cualquiera de un estío que ya cansa por su intensidad inclemente, con el trapecio del cuello en una rebeldía que duele más de lo soportable, a la hora exacta en que muchos le hacen guiños a las olas y otros esquivan los grises de las oficinas desangeladas, el mundo me pesa, ese mundo que me esmero en entender sin conseguirlo. Quizá no importe demasiado. La vida es hermosa pese a las fechorías que nos juega. Aunque en ocasiones me confunda, aunque otros me vean con unas gafas inadecuadas para mi persona, estoy aquí, soy. Y soy agradecida por todo lo recibido. Los lamentos por lo no logrado lastran la energía. Así que habré de seguir en la tarea que me apasiona, la escritura, con incursiones en esa otra labor que no me apetece: la promoción de un libro. Como una Sísifo, me toca volver a levantar con Diario de una fuga la piedra hasta la alta cima, para verla caer una vez y otra. No perder la esperanza. Me ocurrió con Aroma de vainilla (si sabré lo que me costó que fuera una novela visible y leída…; pero hoy ya tiene casi tres mil lectores y muchos novios que la cortejan desde las editoriales). Ahora toca con Diario de una fuga, una novela mucho más cercana en el tiempo, tanto por el tiempo narrativo como por el tiempo en que la escribí. Una hija por la que siento gran apego, pues estimo que tiene dones suficientes para apreciarla. Una hija que ya anda sola por la vida en busca de cómplices. No se trata de que yo recalque que merece la pena, pues las palabras de una madre siempre están impregnadas de cariño, y el cariño no es imparcial. Es una novela que ha gustado a los pocos que la han leído. Eso ha de darme fuerzas para no decaer, para ser optimista y pensar que se abrirá su camino, como lo ha hecho su hermana Aroma de vainilla (y cómo ha costado: más de dos años). Quienes me conocen saben que detesto las actividades promocionales, que pronto me doy por vencida en ellas, que me siento como la comerciante que no soy. Pero en esta tarde cálida de agosto quiero pensar que Diario de una fuga tendrá suerte, la suerte que se merece. Que me anatematicen los que deseen hacerlo. Cada cual es muy libre para hacer lo que le venga en gana. Pero que no me confundan los estrechos de mente, los quisquillosos, los aburridos o los cotillas. Soy quien soy, le pese a quien le pese. E intento no hacerle mal a nadie ni meterme donde no me llaman. Bueno, ya está bien por hoy con esta confesión inconveniente. Nunca he aspirado a ser perfecta, solo humana, y ya se sabe que los humanos estamos llenos de luces y de sombras. Seguiré, como Sísifo, elevando a mi piedra actual: Diario de una fuga. Ojalá pronto pueda decir que no se me va pendiente abajo. Paciencia.