miércoles 15 de febrero de 2012

PARÍS


Al mediodía me han llegado los libros que ya esperaba con impaciencia desde el viernes, cuando me avisaron por correo electrónico que salían para acá.
Como ya os comenté en otra entrada, la publicación era inminente y ya, por fin, está en la calle esta antología de relatos sobre París, el número 1 de la editorial M.A.R. Editor, dirigida por Miguel Ángel de Rus.





Es emocionante compartir páginas con autores admirados, como Alejandro Dumas, Honoré de Balzac, Alphonse Daudet, Guy de Maupassant, Anton Chejov, Alfredo Bryce Echenique y tantos otros. También, es una alegría participar en este libro con amigos como Francisco Javier Illán Vivas, paisano y co-director de la revista “Ágora, papeles de arte gramático”.



El libro es muy bonito y promete una lectura placentera. ¿A quién no le gusta París? En él, treinta cinco historias de ayer y de hoy nos pasearán por el París recreado por los escritores. Si lo adquirís, espero que lo disfrutéis como yo he empezado a hacerlo.

París bien vale una misa.



Imágenes escaneadas de la portada, contraportada y solapa del libro (perdón por lo mala que soy con estas cosas, pero es que la técnica no es lo mío).

jueves 9 de febrero de 2012

ME DUELE GRECIA

 Me duele Grecia, aunque no incidiré en este dolor, que bastante tenemos ya con las tristísimas noticias que nos llegan a diario desde los diferentes medios informativos.
Relieve votivo. Museo Arqueológico de Atenas.

El país está en la ruina económica y social, sus ciudadanos abocados a la miseria, la esperanza de un pueblo alegre y sabio pisoteada por los despiadados mercados, esos mercados odiosos que en nada se parecen a los cotidianos que podamos visitar cada día. 
 Instantánea en el barrio de Monastiraki, Atenas.

La cuna de nuestra civilización se halla a la deriva, como tantas veces lo ha estado a lo largo de su historia, sea bajo los macedonios, los romanos o los turcos. 
 El Partenón, Acrópolis de Atenas.

Naufraga la tierra que exportó a todo el mundo la democracia como sistema político de gobierno, la razón y la lógica como actitud indeclinable ante la vida, el sentido estético plasmado en el amor a la belleza y el sentido ético de tomar al hombre como medida de todas las cosas.
 Zeus lanzando un rayo o Poseidón lanzando el tridente (no está claro entre los eruditos). Museo Arqueológico de Atenas.

Grecia vencerá, como ha vencido siempre, pues su razón es más imperecedera que la de los intereses. 
 Palas Atenea. Museo Arqueológico de Atenas.

Reivindico sus valores clásicos, los que nos han servido de alimento a todos los humanos durante más de dos mil quinientos años.

 Detalle de dos frisos. Museo de Delfos.

    Invoco a la alegría desde el dolor, porque desde ella y desde la sabiduría, que siempre han cultivado nuestros hermanos mediterráneos, encontraremos la salida a este infierno que nos viene decretado y que no nos merecemos.
Paisaje mediterráneo con olivos y pistacheros en la cordillera donde se ubica el monte Parnaso.

Para acabar con una sonrisa y con el ánimo alzado, dejo este fragmento de la película “Zorba, el griego” (la acabo de ver, una vez más), basada en la novela de Nikos Kazantzakis “Alexis Zorba, el griego”. La película fue dirigida en 1964 por Michael Cacoyannis e interpretada en estado de gracia por Anthony Quinn junto a otros actores como Alan Bates, Irene Papas y Lila Kredova. Contiene el baile, el famoso sirtaki compuesto por Mikis Theodorakis, conocido en todo el mundo. Disfrutemos estos minutos mágicos.




Todas las fotografías: Isabel Martínez Barquero.

viernes 3 de febrero de 2012

LA SONRISA EN EL POEMA


A Wislawa Szymborska, in memoriam
Muere tu voz terrenal 
y el día se tiñe de luto,
de pronto gélido
y sólo transitable
en la armonía lúcida
de unos versos libres.
Recorre el espíritu aterido
las huellas perennes de tu vida, 
la sutileza que nombra el secreto
entre los huecos de palabras
cotidianas y cómplices; 
palabras que se enroscan,
irónicas y tiernas,
sobre la esencia última
del ser asombrado, 
del ser admirado
ante el teatro ineludible del vivir,
que reclama la sonrisa
como el mejor vestido 
para transitar por las grietas
de una existencia no siempre fácil,
pero siempre apasionante
mientras existan los sueños
por los que no se paga un céntimo,
las empanadillas
o la belleza de un cuadro de Vermeer.
No volverás a pronunciar futuro
sabiendo que es pasado
cuando abandonas la primera sílaba
ni destruirás el silencio al aludirlo
en la escalera común del aire,
pero tus versos sí conocerán
el rostro enigmático del mañana,
la caricia fraterna de muchos espíritus
afines a tu sentir profundo y leve,
como una pluma que no pesa
unida a la solapa del abrigo,
o como la pregunta ingenua y honda
que surge de los ojos de la infancia.

Desde un día cualquiera de febrero,
te evoco en tu legado,
en la inteligente y cálida ciudad
alzada en tus poemas,
y sé que no te has ido
del todo y para siempre,
porque nadie se va
si quedan sus palabras.


(De "La amenaza permanente")

lunes 30 de enero de 2012

LA MECHA

    Hoy tengo el día descreído, la ilusión a la deriva y los ánimos fugados por culpa de tantas tropelías de las que somos objeto los ciudadanos de este país. Ahora se han sacado de la manga los nuevos señores feudales de estos tiempos una tasa para todo el que quiera recurrir una resolución administrativa o una sentencia judicial, un disparate se mire por donde se mire, un desatino que tiene su miga, pues aparte de evidenciar el afán recaudatorio de un estado que hemos de mantener de forma cada vez más gravosa, es un insulto a la inteligencia, ya que implica un freno a un derecho esencial como es el de recurrir lo que consideramos injusto. Parece que nos indicaran: “calla y confórmate con lo que se ha dictaminado, que eres un mindundi y nosotros somos la casta que decidimos sobre el bien y sobre el mal”.
Cada vez nos pretenden más borregos, más sumisos y más pobres. Los recortes los sufrimos nosotros, quienes mantenemos a toda esta ralea de desaprensivos que dicen gobernar en interés de todos, un cuento que ya no se creen ni los más ingenuos. Atónitos, asistimos al desmantelamiento del estado del bienestar. Se han quitado la careta y no se sonrojan por disponer barbaridades a diestro y siniestro, como es el caso de la sanidad, que uno llega a la conclusión de que nos prefieren muertos o enfermos si no disponemos de recursos económicos. La vida es dura para todos y quienes no pertenecemos a la casta ni contamos con posibles somos un cero a la izquierda, aunque bien nos tienen en cuenta los parásitos a efectos recaudatorios, que lo que es chupar la sangre les seduce como los perfectos vampiros que son.
Es una auténtica pesadilla la que vivimos, ya que desde las altas instancias se propugna un cuento que cada vez me altera más: tú me das sin derecho a réplica, que para eso eres un desgraciado que has venido a este mundo para mantenerme a mí con el sudor de tu frente, a mí que he nacido para cebarme en tus entrañas como un buitre carroñero, a mí que soy mejor nacido y más hábil que tú. Tengo derecho a que me sustentes y atiendas todos mis caprichos, tengo derecho a exigirte la austeridad que no practico, tengo derecho a silenciarte si te me pones bravo, tengo derecho a ignorarte y a decidir sobre tu vida. Y no me cuestiones ni me andes con zarandajas, porque desde que el mundo existe siempre ha sido así. Si no has sabido apuntarte al carro de los vencedores, si te ha dado por ser un estúpido idealista que atiende unos criterios de lo justo inviables para nuestra subsistencia, habrás de fastidiarte, que tú mismo te has cavado tu fosa. Nosotros somos superiores, entérate de una vez, estúpido traficante de ilusiones.
Descontento hasta la médula, con la indignación cebándose en lo más hondo de mi ser, me he apostado en la ventana y me he dedicado al fisgoneo de todos los vecinos que entran y salen de este “Paraíso” de pacotilla. Tengo comprobado que la observación minuciosa de mis semejantes me relaja y, sobre todo, me ayuda a definirme, pone orden en mi dispersión y aquieta mis miedos. El hecho de vivir en el séptimo izquierda, que no en el séptimo cielo, me dota de una perspectiva alejada, presentándome a los residentes de este edificio singular como muñecos movidos por a saber qué hilos misteriosos.
De lo primero que he sido consciente, como si tratara de una revelación divina cuando es un hecho notorio desde hace años y que solo a un imbécil como yo puede escapársele, es que todos los pisos del “Paraíso” están habitados por una única persona. Las catorce viviendas de los siete pisos albergan a catorce individuos, una metáfora sin duda de los tiempos actuales, donde la soledad es la tónica imperante y cada vez somos más quienes vivimos solos, sin familia y sin pareja. Quizá se deba a que se trata de un edifico de alquiler, una fórmula a la que nos adherimos los, que en esa jerga anglosajona que tanto odio, somos denominados “singles”, un palabro que a mí me suena a disco antiguo de pick-up (ay, otro anglicismo). Así que me he quedado al tiempo mohíno y sorprendido por este detalle: cada uno de nosotros ejecuta una melodía particularísima cuando, ahora, se impone el retorno a la orquesta, a la convivencia familiar, que no está el horno para bollos y la crisis obliga a apiñarse a cuantos puedan en unos metros cuadrados para economizar gastos. Pero aquí seguimos “singles” y erráticos por los caminos tortuosos de la soledad.


Andaba en estas disquisiciones seudosociológicas para apaciguar mi rabia contra todos los chupópteros, cuando ha sonado el timbre de la puerta. Julián, el vecino del segundo izquierda, hombre de mediana edad, sabio a fuerza de sufrir, me ha pedido un par de huevos y no me he resistido a la ocurrencia en consonancia con mi estado de ánimo:
–Eso es lo que necesitamos para acabar de una vez por todas con los caciques que nos sangran –le he dicho mientras buscaba en mi nevera.
–Siempre indignado, David, siempre en pie de guerra. Eres aún muy joven y tu cuerpo no te pasa la factura, pero esos disgustos que te tomas a mí me pondrían la tensión por las nubes.
–¿No te indignan a ti los bochornosos despropósitos que vivimos día tras día?
–Pues claro, pero no me hago mala sangre.
–¡Como para no hacérsela!
–Tranquilo, que a los próceres insensatos que nos gobiernan un día se les rebelarán los vasallos. La historia nos demuestra que no se puede apretar demasiado la cuerda sobre el cuello ajeno.
–Ojalá sea así, Julián, y pronto, que la situación es irresistible.
–Confía en la justicia de este mundo. No se puede pisar sistemáticamente a otro sin obtener la oportuna respuesta –ha concluido en tono arcano, como si fuera el depositario de un secreto liberador.
A solas, he meditado en las palabras de Julián y he concluido que no conozco a nadie que no se halle descontento, por no decir hasta las narices. La mecha está prendida y, en cualquier segundo, hará saltar por los aires las poltronas de la casta.


Pinturas:
Prometeo encadenado, de Gustav Moreau.
Prometeo da el fuego a la humanidad, de Friedrich Heinrich Fueger.

martes 24 de enero de 2012

AMIGOS GENEROSOS

Cuando las palabras escritas en la soledad llegan a otros semejantes y los conmueven hasta el punto de hacerlas un poco suyas, se produce en quien las ha escrito un sentimiento de profunda comunión con ellos, de cómplice hermanamiento, al notarse entendido en lo más hondo del significado y sostenido en lo externo de las líneas, en su soporte formal. Esta maravillosa sensación la experimento desde hace días y hoy se ha repetido para mi gozo. Me explico:

Durante toda la semana pasada, un amigo español que vive en Argentina, Rafael Blanco Vázquez, tuvo un microrrelato mío –junto con otros tres excelentes de tres autores- en su blog “El hámster y otros cuentos”. Con anterioridad, Rafael me había pedido permiso para sacar en su blog dicho microrrelato: “La enferma”, que goza de buena estrella, pues también fue publicado en “La Esfera Cultural”, además de en el presente blog en marzo de 2010. Me resulta curiosa la historia de este microrrelato, uno de los primeros que escribí, allá por la primavera de 2002, cuando el género de la hiperbrevedad empezaba a surgir con una cierta timidez, amparado en el magisterio del magnífico escritor Luis Landero, para mi gusto uno de nuestros grandes novelistas actuales, una pluma llena de hondura, imperdible e imprescindible.

Y hoy, el amigo y estupendo poeta Luis Miguel Rabanal, una persona entrañable para mí, a la que admiro y quiero, ha sacado en su blog, “Más palabras para olvidar”, un poema de mi autoría: “Una hoja seca”, ya publicado en este cobijo en el otoño pasado, cuando Luis Miguel y yo empezamos a conocernos.


Desde aquí, quiero dar las gracias a ambos amigos, a su generosidad y a su apoyo, a su manera elegante de hacer las cosas y a su forma noble de proceder que los retrata como seres respetuosos con la propiedad intelectual.
Gracias a los dos. Con vuestra actitud, habéis conseguido que me sienta extendida y comprendida, alada casi.
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      El sábado 28 de enero, en su blog "Arte y poesía"el amigo Mateo Santamarta,  saca dos poemas míos: "Amanecida" y "Cronos". Una agradable sorpresa que le agradezco al entrañable y querido Mateo con todo mi ser.

Pinturas de Karl Witkowski, Edvar Munch y Giovanni Dalessi.
Fotografía de Isabel Martínez Barquero.

martes 17 de enero de 2012

PESADILLA QUÍMICA

Thomas Cole
Expulsión. Luna y luz de fuego.

     Se despertó agitado en medio de la noche. 
    Sin desabrochar los pliegues profundos de sus párpados, se incorporó para sentirse a salvo del abismo sin fondo de las sábanas, convertidas en una repentina hondura dispuesta a engullirlo sin ninguna compasión. Le pesaba el cuerpo como si le hubieran cargado hierro en todas y cada una de sus células.
    Abrió los ojos y no distinguió los perfiles habituales de sus muebles. Se estremeció, perdido y doliente. Sin duda, el infierno era su nueva realidad.

jueves 12 de enero de 2012

MIEDO

Edvar Munch 
Modelo en el sofá

Lo he visto muchas veces
y, sin embargo, lo niego.
Me engaño cuando sé que me ronda,
vuelvo la cabeza y silbo.
En el fondo, el corazón astillado
sabe que todo es comedia,
farsa que una vez más oculta
lo que bien nombra y percibe.

De "La amenaza permanente"

martes 3 de enero de 2012

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


La noche pasada soñé con Gabriel García Márquez. Se movía con lentitud, pero iluminaba con su sonrisa los perfiles grises de un escenario en el Caribe, absurdamente grises cuando lo que se espera de las tierras besadas por aquel mar es un azul radiante. Lo miraba ir de un lado a otro, saludar a viejos amigos de parrandas, acodarse en una esquina y dominar el ambiente extraño de mi sueño. Sentía vértigo y me hallaba paralizada, fascinada por poder contemplar en persona a un ser que tanto admiro. Quería acercarme y transmitirle mi devoción por su obra, pero mis pies no obedecían mis deseos. Cuando él reparó en mi presencia, me guiñó un ojo y, con un gesto de su mano, me invitó a que me acercara a su lado, justo en el momento en que una gran rosa amarilla borró la escena y me llevó sin contemplaciones a la realidad, a despertarme para mi disgusto, pues hubiera querido permanecer en el sueño mucho tiempo, pero ya se sabe que los sueños siguen sus propios cauces y no nos consultan nunca.
Mientras desayunaba en la cocina, recordé cómo descubrí a Gabriel García Márquez. Fue por puro azar, siendo apenas una niña, con catorce años si no me falla la memoria. Entonces, vivíamos en la hermosa Segovia, donde habían trasladado a mi padre por motivos de trabajo. Mi hermano mayor no vino con toda la familia, ya que permaneció en Murcia, donde ya había iniciado la carrera, y nos visitaba en las vacaciones. Llegó el verano y el fin de las clases para todos, y apareció mi hermano en la casa provisto de un arsenal de libros. Entre ellos, la novela “Cien años de soledad” en su primera edición, aquélla que hizo la editorial Sudamericana y que tenía las tapas blancas y azules. Cuando él terminó con ella, se la pedí, porque le había observado gestos de gran satisfacción mientras la leía y porque yo ya había devorado los libros que había por la casa y era toda una experta en asesinos, como un malvado Landru. Condescendiente, me la dejó, no sin antes advertirme que no la entendería por mis pocos años. Y así fue como, en las siestas de aquel verano antiguo, entré en un mundo que, efectivamente, no entendí pero que me fascinó y me apresó entre sus páginas. La devoré de cabo a rabo, maravillada por la prosa cálida del colombiano, por los hechos fuera de lo normal que en Macondo ocurrían, tan próximos a la imaginación de un niño o un joven.
Años después, estudiando ya la carrera, aún latían en mi interior aquellas historias de Aurelianos, José Arcadios, Amarantas y tantos otros personajes, como el carismático gitano Melquíades, la hacendosa Úrsula, la virginal Remedios, la bella, y demás seres inolvidables. Compré el libro en una edición barata –ya se sabe lo aireados que están los bolsillos de los estudiantes– y volví a leerlo con pasión. Esa lectura fue más fructífera que la primera, pues ya había salido de la edad de la candidez y mi mente entendía situaciones que antes no abarcaba. Gabo me sedujo para siempre y adquirí todo lo que pude de él. 
No he leído toda su ingente obra, pero sí una buena parte de ella (“Cien años de soledad”, “La hojarasca”, “La mala hora”, “El otoño del patriarca”, “El coronel no tiene quien le escriba”, “Cuando era feliz e indocumentado”, “Los funerales de la mamá grande”, “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada”, “Isabel viendo llover en Macondo”, “El amor en los tiempos del cólera”, “El general en su laberinto”, “Doce cuentos peregrinos”, “Del amor y otros demonios”, “Memoria de mis putas tristes” y su autobiografía “Vivir para contarla”). De mis buenos ratos de lectura de este genio narrativo, siempre me ha fascinado su vertiente más privada o, en otras palabras, prefiero al García Márquez que se interna en las historias anónimas antes que al que entra en las relaciones y en los recodos del poder. Me llega más el escritor íntimo y fabulador. Es mi gusto particular y ya se sabe que sobre gustos, no hay nada escrito. Y de entre las obras que le he leído, destaco especialmente “Cien años de soledad”, “El coronel no tiene quien le escriba” y “El amor en los tiempos del cólera”.
“Cien años de soledad” la he releído en dos ocasiones posteriores, la última en 2006, y no excluyo una quinta lectura y más si me tientan las ganas, pues siempre encuentro en esta novela el halo mágico que engancha al lector y le hace descubrir detalles y hallazgos en cada nueva lectura. Es una obra magnífica, sin desperdicio y, para mí, imprescindible.
“El coronel no tiene quien le escriba” es un cuento o relato delicioso, perfecto de principio a fin. Su primera lectura me enseñó la emoción que embarga a un escritor con un personaje y la ternura que puede llegar a provocarle. El coronel me gana siempre, no puedo remediarlo.
“El amor en los tiempos del cólera” es una novela hermosa. Con tal adjetivo, creo que ya lo digo todo. El amor fluye por sus páginas y es analizado desde múltiples perspectivas. Florentino Ariza, Fermina Daza y Juvenal Urbino son tres personajes que se meten para siempre en la memoria y se acunan en la misma con extremado deleite.
Gabriel García Márquez me sedujo siendo muy joven y aún me tiene rendida a sus encantos narrativos. Él, como otros a quienes amo, vino para quedarse conmigo para siempre, porque soy de las apasionadas y fieles, de las que creen que el tiempo no hace otra cosa que profundizar los amores verdaderos.

Fotografía de Antonio Somoza

martes 27 de diciembre de 2011

MUCHO Y BUENO

Lo que reza el título es lo que os deseo a todos y cada uno de vosotros para el año 2012, que ya llama a nuestra puerta impaciente por entrar. Algunos pronostican que se acaba el mundo en dicho año; pero yo, que no soy supersticiosa ni agorera, espero que no ocurra y, en todo caso, mientras dure mi gramo de tiempo, apuraré con ganas cada día como si fuera el último que me queda por vivir, tal y como he hecho desde que tengo uso de razón.

En el año que entra, saldrá a la luz mi primer libro -un libro de relatos- con una editorial de Barcelona. Ahora mismo me hallo en plena tarea de seleccionar portada, foto propia y demás labores que entraña la publicación de un libro. Quizá, por tal causa, ando algo despistada con esto del blog y los blogs, pero es que lo primero es lo primero, y bien sabéis que, para mí, lo primordial es la literatura.

También me han ocurrido una serie de hechos en el último mes y medio que me han llenado de alegría, de una alegría dulce que me hace sonreír. Os cuento:

- En la segunda quincena del mes pasado, Daniel Dragomirescu me pidió una colaboración para la revista “Contemporary Literary Horizon” (“Horizonte Literario Contemporáneo”), una revista literaria internacional que edita desde Rumania en tres idiomas: el propio del colaborador, rumano e inglés. Accedí gustosa con un relato, “S.O.S. de un personaje de novela”, y ha sido publicado en el número 6 de la indicada revista. Aún no me ha llegado la revista (anda de camino), pero sí me facilitó Daniel la maqueta del inicio de mi colaboración, que es la siguiente:



- El blog “Euro-pa-labra” volvió a publicar un microrrelato de mi autoría, “Las doce palabras”.

- Parece ser, parece, que por fin va a salir pronto la antología de relatos sobre París, en la que colaboro con mi relato “Eliane”.

¡Estoy contenta!
    








Brindo con todos vosotros por el nuevo año 2012. Os deseo mucho y bueno.

domingo 18 de diciembre de 2011

LA NAVIDAD DE UN PERIODISTA

Alrededores de Innsbruck, Austria.
(Fotografía de Isabel Martínez Barquero)


        Habían llegado desde muy lejos con un encargo definido: pedirme que escribiera sobre la Navidad. Sonreí con ironía. Me resultaba cómico que acudieran a mí con semejante petición, a mí que hacía cerca de un año que había abandonado el periódico. Mis dedos ya no se ejercitaban diariamente en la escritura atropellada, en la glosa de las últimas noticias, en la carrera frenética contra el tiempo, contra el cierre de la edición de cada jornada.
–Ya estoy lejos de todo –les respondí, pero mis visitantes no retrocedieron en su empeño y se acomodaron en los intersticios de mi nueva morada con aires de permanencia.
Ante mi propio asombro, sacaron botellas de whisky para combatir el frío que les calaba en los huesos.
–Anímate, hombre, nadie mejor que tú puede darnos una idea de la narración de la Navidad que perseguimos. A todos se nos ocurren los mismos tópicos, ya a favor, ya en contra, de esos días bañados de miel o acíbar.
–¿Y por qué he de ser yo quien os resuelva la papeleta?
–Porque intuimos que tienes mucho que contar. Te trajiste contigo el secreto que te abrió las puertas de este territorio.
Permanecí mudo durante un buen rato mientras observaba a mis dos antiguos colegas con interés. No se habían despojado de las gruesas pellizas que los abrigaban, ni de las bufandas ni de los guantes de lana. Me divertía al verlos frotarse las manos y exhalar un aliento que poblaba la atmósfera de volutas blanquecinas de humo. No entendía cómo se habían atrevido a venir hasta donde me encontraba; sin duda de ningún género, eran valientes, o, quizá, temerarios, porque nadie se interna por caminos sin retorno si no lleva en su interior el estigma de la insensatez. La profesión de periodista infunde una buena dosis de imprudencia torpe, pero no tanta como para escapar por una rendija de la existencia, por una grieta que nadie asegura que no se cierre para siempre al traspasarla.
–Ya que no puedo escribir, pero si hablar, ¿qué deseáis saber con exactitud? –les pregunté, compadecido por su hazaña suicida.
–Nos gustaría que nos contaras qué ocurrió durante la Nochebuena del año pasado para que llegaras hasta aquí.
Suspiré con profundidad para tomar aliento, el que necesitaría para referirles la estúpida cadena de sucesos que me trasladaron a mi nueva morada. No es sencillo para mí narrar en dos palabras los turbios y empalagosos laberintos de una noche que se pobló de familiares proclives a la hermandad por unas horas. Ante una mesa fastuosa, comíamos y bebíamos sin moderación de ningún género, los brindis se sucedían uno tras otro y las miradas se habían vuelto aborregadas en medio de aquella exhibición impúdica de un cariño fingido y, no por eso, menos deseado por los allí presentes. Todos sabíamos que, en nuestros interiores, campaba la melancolía más gris y desoladora, que se trataba de una simple tregua donde fingíamos buenos sentimientos, de una alucinación consentida para sobrellevar una noche donde la infancia vuelve con toda su estela de necesidad de afecto, con su orgullo de pertenecer a una casta que arropa y protege, con su ilusión de perfecta avenencia en el entorno más íntimo. Tras haber engullido todos los alimentos que no debía y haberme sobrepasado con los vinos, decidí hacer un brindis con mi décima copa de cava en la mano. Al compás que improvisaba un pequeño discurso plagado de cursilerías sobre la Navidad, experimenté los vahídos propios de la desmesura a la que me había aplicado con deleite. En cuestión de segundos, vi los rostros trastornados de mis familiares sobre mi cuerpo lánguido, mastiqué la urgencia aterrada en las pupilas de mis próximos, asimilé lo que me ocurría y, sin temores, entré en la estancia abierta que me llamaba con premura. Desde entonces, considero que habito en un lugar plácido, lejos de las prisas del periódico, lejos de las exigencias hogareñas.
Cuando concluí mi relato, mis dos antiguos compañeros permanecieron mudos. Intuí que no hallaban palabras que decirme, de manera que, con benevolencia displicente, los animé a regresar a la redacción del periódico: entre sus paredes conocidas, hallarían el modo de narrar mi última Navidad, ya que yo no podía hacerlo. Mis colegas aún debían afanarse en los espejismos de la vida. 
Ante mi ruego, los dos periodistas se levantaron en silencio, me dieron un abrazo y salieron a gran velocidad en el coche que los había traído hasta mí. Observé su marcha por el camino lleno de niebla mientras me sonreía y un sentimiento de satisfacción me embargaba: había realizado mi buena obra de Navidad.

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Con este relato, os deseo a todos unos felices días de Navidad.
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