sábado, 3 de diciembre de 2011

PUNTOS DE VISTA

Escultura moderna en Villa Adriana, Tívoli
(Fotografía de Isabel Martínez Barquero)


aunque no esté, 
porque me consta que le gustan estas crónicas morales.
Ayer tuve una cita con una buena amiga para tomar un café. El día lucía gris plomizo y la lluvia se vislumbraba como una posibilidad inminente. En contra de nuestras costumbres, pasamos al interior de la luminosa cafetería y nos sentamos muy cerca de dos hombres con expresión grave. 
Comentábamos mi amiga y yo que, en esta ciudad, no estamos acostumbrados a los cielos cubiertos y, a la más mínima nube, nos guarecemos con ahínco, a diferencia de los habitantes de tantos lugares lluviosos, donde han de bregar con el agua como compañera permanente y donde una jornada sin ella ya es en sí un regalo, aunque sea oscura; pero nosotras, dignas hijas de esta urbe, nos protegimos de la sombra al amparo de las múltiples lámparas que inundan la cafetería. Andábamos en tales apreciaciones sobre el tiempo, sobre la ausencia del cálido sol otoñal que incita a la alegría desde primeras horas de la mañana, ya que la luz es una llave que abre las puertas de la sonrisa, cuando llegó a nuestros oídos la conversación de los dos hombres circunspectos:

–Fui a verla hace una semana y la encontré fatal.
–Tranquilo, lleva en ese estado cinco o seis meses. Ella es así de rara: se esconde si sufre.
–Pero a mí me tiene muy preocupado.
–Ya se le pasará, hombre. El tiempo todo lo cura.
–¿Y si no se recupera? ¿Y si no remonta?
–No exageres, que se le pasará.
–Me gustaría poseer tu confianza, pero me temo que María es de ese tipo de personas a las que le cuesta remontar y, si lo consigue, una huella imperecedera quedará en su corazón.
–Con huella o sin huella, saldrá adelante, te lo digo yo.
–Ojalá sea así, porque no todos tenemos un interior resistente frente a tantas calamidades como ha sufrido.
–Se trata de empeñarse, de intentarlo. Quien se hunde de forma definitiva es porque quiere, eso tenlo claro.
–En ocasiones, me das miedo.
–¿Por qué?
–Por esa seguridad tuya que no abre resquicios a la duda.
–Es la actitud más sana, amigo mío.
–Y también la menos comprensiva con respecto a los demás.
–Anda, apura el café y deja olvidado el pesimismo: sólo te conducirá a una depresión.
–Y a ti el optimismo te llevará al desapego hacia tus semejantes. No sabes enfocar con sus ojos, desconoces esa palabra tan en boga: empatía.
–¿Para qué voy a enfocar con otros ojos si tengo los míos y me sirven? Además, la exhibición del sufrimiento siempre la he considerado impúdica.
–María no se exhibe, se esconde.
–Y desde su escondite, ejerce de plañidera sin consuelo y extiende sus tentáculos de discreción con más fuerza que si chillara, no me fastidies.
–En fin, apuremos el café, que contigo no se puede razonar, está visto.

Mi amiga y yo nos miramos con expresión cómplice, nos encogimos de hombros y seguimos con lo nuestro.
Desde mi atalaya mañanera de diálogos pillados al azar, así fue. Más o menos.