Mostrando entradas con la etiqueta Conversaciones de café. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Conversaciones de café. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de enero de 2013

UN BUEN TRABAJO

Las espigadoras, de Jean-François Millet

Cada vez soy más reacia a prestar atención a las conversaciones que tanto me divertían en otro tiempo. Con la instauración definitiva de la crisis como un estado normal y no excepcional, las charlas se han vuelto graves cuando no dramáticas. En todas rezuma el líquido espeso de la resignación y aparece el fantasma del miedo. Las elipsis dicen más que las palabras y las expresiones de los rostros me ponen al tanto de todo el peso de la vida, esa señora que es de todos aunque sólo unos pocos se la ganen. Porque habitamos un mundo que se dirige sin remedio a una regresión en toda regla, y así me lo confirma este esbozo de diálogo que pillé al vuelo en la puerta del supermercado:

–No sé si me conviene. 
–Yo no lo pensaría mucho. No están los tiempos para cavilaciones.
–Es verdad que necesito un trabajo, pero me temo que esto más que un trabajo va a ser una esclavitud.
–Lo que sea, pero acepta.
–No sé, no sé... De diez a doce horas diarias, incluidos los sábados, un sueldo ridículo sin pagas extras y vacaciones cuando decida el jefe, si las decide...
–No des vueltas. Es lo que hay.
–Pero se aprovechan de la situación. No sé si resistiré ese ritmo y, sobre todo, la actitud perenne de sumisión servil, porque a ese hombre, el jefe, le gusta humillar sin miramientos.
–Ahora no puedes andar con melindres. 
–Y de eso se valen para callarnos la boca los de siempre. Vamos para atrás, como los cangrejos.

Aceleré el paso, avergonzada. Bien sé que florecen situaciones que hace unos años pensábamos extintas, para siempre metidas en un baúl con bolas de naftalina; pero hoy el señoritismo campa de nuevo a sus anchas y nos tose a todos su superioridad desde la soberbia de quienes no conocen la compasión y se creen ungidos con el sello de los dioses para que otros se domeñen a sus deseos desorbitados. Quizá siempre ha sido igual: la tropa y la casta. Unos pechan y otros gozan.
Desde mi atalaya de diálogos pillados al azar, así ha sido. Más o menos.

martes, 19 de junio de 2012

AMIGOS Y CONOCIDOS

Almuerzo de remeros, de Renoir

En una ciudad cercana, comía con un amigo del que hacía mucho tiempo que no disfrutaba en persona. Todo transcurría de una manera plácida y entrañable, con las palabras esenciales y auténticas que usan quienes se quieren desde que son casi niños. El tono de nuestras voces era bajo y confidente, al contrario del griterío del entorno. Nos servían el café tras los postres cuando la algarabía de un nutrido grupo de hombres, que jaleaban a nuestro lado, cesó en su alboroto. Este silencio nos alertó más que el ruido previo y consiguió que captáramos parte de la conversación discreta que se desarrollaba entre dos de ellos, los más próximos a nosotros:
–Me confundí con Juan. Pensé que habíamos trabado auténtica amistad, pero bien me ha demostrado que no es así.
–Juan no es amigo de nadie; sólo tiene conocidos.
–A mí me ha utilizado, ¿qué quieres que te diga?
–Como a todo el mundo, no te extrañes.
–Jugamos juntos al tenis, hicimos barbacoas en su casa o en la mía, nuestras mujeres congeniaron incluso... Parecía que le importaba de veras, que se interesaba por mí de forma altruista, pero... 
–No le des vueltas. Existen personas que son así, que van a lo suyo y nada más.
–Todo su interés estaba motivado por lo que pretendía conseguir a cambio.
–Es la táctica del resbalón.
–¿Cómo dices?
–A ese proceder, yo lo llamó “la táctica del resbalón”, porque te echan jaboncillo para que confíes y, luego, hacen que te partas la crisma en él.
–Muy bueno... 
–No me explico cómo no te diste cuenta. A Juan se lo ve venir. Peores son los que van de puristas, esos que de forma sibilina te enredan en una apariencia de afecto que no existe, esos que son una soledad andante aferrada al primer humano que les aguanta sus batallitas y su orgullo desmedido.
–¿Hablas por experiencia?
–Quien más, quien menos, tiene sus muertos en el armario.
–Qué estúpido fui. No calé a Juan.
–Siempre hace lo mismo: desaparece, dejas de interesarle. Aunque, en ocasiones, retorna, así que activa todas tus alertas, por si acaso.
–Ya, pero me cuesta admitir que exista gente que cambia tan rápido de sentimientos.
–No te engañes: no generan sentimientos en su interior, sino veleidades narcisistas. Hoy te quiero si me sirves. Mañana no te quiero si no lo haces. Es sencillo.
–Lo que más me fastidia es esta cara de bobo que se me ha quedado. Parece que me he caído de un guindo.
–Es que eres buena gente, chaval, eso ocurre. Están los amigos y están los conocidos. Los primeros persisten en el tiempo mientras que los segundos, no.
–Será.
–Lo es. No le concedas más importancia. Siempre conviene permanecer atento a quien se nos acerca, que no es oro todo lo que reluce.
–En fin... Al menos, me alegro de tu amistad.
–¿Y cómo sabes que soy tu amigo?
–No estás de paso, sino que te perpetúas en mi vida.
–Tampoco es un indicio irrebatible, ya que se cruzan muchos en nuestra existencia en un momento determinado y persisten durante un tiempo, les damos importancia y, luego, se esfuman en los armarios del pasado.
–Eso es verdad.
–Y tanto. Todo ser que llega hasta nosotros tiene un cometido, pero los papeles que se les asignan a cada uno no son iguales, pues mientras unos son primeros actores, otros se quedan en actores de reparto.
–Y Juan no ha llegado ni a figurante.
Mi amigo y yo nos desligamos de la conversación y, sin palabras, nos sonreímos con timidez. Sabíamos muy bien cada uno lo que pensaba el otro: la inmensa suerte que tenemos ambos por el privilegio de gozar de una amistad verdadera.
Desde mi atalaya de diálogos pillados al azar, así ha sido. Más o menos.

sábado, 3 de diciembre de 2011

PUNTOS DE VISTA

Escultura moderna en Villa Adriana, Tívoli
(Fotografía de Isabel Martínez Barquero)


aunque no esté, 
porque me consta que le gustan estas crónicas morales.
Ayer tuve una cita con una buena amiga para tomar un café. El día lucía gris plomizo y la lluvia se vislumbraba como una posibilidad inminente. En contra de nuestras costumbres, pasamos al interior de la luminosa cafetería y nos sentamos muy cerca de dos hombres con expresión grave. 
Comentábamos mi amiga y yo que, en esta ciudad, no estamos acostumbrados a los cielos cubiertos y, a la más mínima nube, nos guarecemos con ahínco, a diferencia de los habitantes de tantos lugares lluviosos, donde han de bregar con el agua como compañera permanente y donde una jornada sin ella ya es en sí un regalo, aunque sea oscura; pero nosotras, dignas hijas de esta urbe, nos protegimos de la sombra al amparo de las múltiples lámparas que inundan la cafetería. Andábamos en tales apreciaciones sobre el tiempo, sobre la ausencia del cálido sol otoñal que incita a la alegría desde primeras horas de la mañana, ya que la luz es una llave que abre las puertas de la sonrisa, cuando llegó a nuestros oídos la conversación de los dos hombres circunspectos:

–Fui a verla hace una semana y la encontré fatal.
–Tranquilo, lleva en ese estado cinco o seis meses. Ella es así de rara: se esconde si sufre.
–Pero a mí me tiene muy preocupado.
–Ya se le pasará, hombre. El tiempo todo lo cura.
–¿Y si no se recupera? ¿Y si no remonta?
–No exageres, que se le pasará.
–Me gustaría poseer tu confianza, pero me temo que María es de ese tipo de personas a las que le cuesta remontar y, si lo consigue, una huella imperecedera quedará en su corazón.
–Con huella o sin huella, saldrá adelante, te lo digo yo.
–Ojalá sea así, porque no todos tenemos un interior resistente frente a tantas calamidades como ha sufrido.
–Se trata de empeñarse, de intentarlo. Quien se hunde de forma definitiva es porque quiere, eso tenlo claro.
–En ocasiones, me das miedo.
–¿Por qué?
–Por esa seguridad tuya que no abre resquicios a la duda.
–Es la actitud más sana, amigo mío.
–Y también la menos comprensiva con respecto a los demás.
–Anda, apura el café y deja olvidado el pesimismo: sólo te conducirá a una depresión.
–Y a ti el optimismo te llevará al desapego hacia tus semejantes. No sabes enfocar con sus ojos, desconoces esa palabra tan en boga: empatía.
–¿Para qué voy a enfocar con otros ojos si tengo los míos y me sirven? Además, la exhibición del sufrimiento siempre la he considerado impúdica.
–María no se exhibe, se esconde.
–Y desde su escondite, ejerce de plañidera sin consuelo y extiende sus tentáculos de discreción con más fuerza que si chillara, no me fastidies.
–En fin, apuremos el café, que contigo no se puede razonar, está visto.

Mi amiga y yo nos miramos con expresión cómplice, nos encogimos de hombros y seguimos con lo nuestro.
Desde mi atalaya mañanera de diálogos pillados al azar, así fue. Más o menos.

lunes, 4 de julio de 2011

MANIPULADORES Y MANIPULADOS

Pierre-Auguste Renoir (Moulin de La Galette)

Esta mañana, mientras me hacían la revisión del coche en el taller, di un largo paseo. Todavía no apretaba el calor como suele hacerlo en esta ciudad donde habito, una ciudad alegre y cómoda, de distancias asequibles y aún no rendida a la despersonalización que se opera en otras; una ciudad de provincias, una ciudad del Sur donde la calle se vive con pasión y vocación de encuentro.
Cansada tras una hora de vagabundeo, me senté en una agradable terraza de una vía peatonal, lejos del clamor ardoroso de los vehículos. Degustaba un magnífico café de la cordillera central de Colombia cuando la tensión de una disputa que se desarrollaba a mis espaldas llegó a mis desprevenidos oídos:

–Nunca has querido amoldarte.
–Soy independiente. Ese es mi fallo pero también mi virtud.
–Fallo, niña, no busques excusas.
–Fallo para ti, que siempre has dependido de los otros; no para mí.
–¿Me estás diciendo que no sé valerme por mí misma?
–¿Dios me guarde! Tú eres perfecta.
–Al menos, estoy pendiente de todos, no como tú.
–También yo lo estoy, pero sin afán de controlar ni de marcar la ruta a seguir.
–¡Esto es el colmo!
–Déjalo estar.
–¿Que lo deje?
–Pues claro. Nunca nos pondremos de acuerdo, somos muy distintas.
–No me da la gana de dejarlo. Diré lo que me parezca.
–Allá tú entonces.
–No sé de dónde has cogido esos malos modos. Has perdido todo conato de educación.
–No he perdido nada. Cada vez soy más educada. La prueba es que aquí sigo.
–Eso crees tú, porque yo te veo hecha una salvaje.
–Si consideras salvajismo al hecho de no someterme a tu yugo tiránico, lo soy.
–¿Me estás llamando dictadora?
–Más que dictadora, eres manipuladora. Disfrutas con ello. Basta con observarte con un poco de atención.
–Pues yo pienso de ti…
–Piensa lo que quieras, como siempre, pero que te conste que ya me importa bien poco. Conozco tus métodos ridículos, esos que usas con el único fin de afirmar tu preeminencia.
–¡Qué disgustos me das! No puedes figurarte cómo me haces sufrir.
–¿Sufrir tú? Sufre tu orgullo. Tranquila, mujer, que tienes una autoestima a prueba de bomba.
–¿En que te he ofendido para que seas tan cruel?
–No es ofensa, es hartura de tus consignas egoístas, de tus sentencias inapelables, de tus actitudes infantiles…
–¿Infantil yo?
–Sí, y mucho. Te crees que no me entero de tus conciliábulos, pero todo me llega.
–¿Qué te llega, qué?
–Tus críticas hacia mí, tu afán de desprestigiarme por la simple razón de no seguirte la corriente, como si todo lo que idearas fuera sublime. Me das pena.
–¿Será posible?
–Lo es. Se acabó este despropósito. Tú yo tenemos concepciones muy distintas de las relaciones humanas.
–Y tanto…
–Sigue con tus espectáculos de autocomplacencia, que sólo engañan a quien no te conozca, y olvídate de mí. Tu visión mesiánica de la vida me aburre, tu actitud manipuladora me hace sentir bochorno y tu afán permanente de que no haya más razón que la tuya me espanta. Yo voy por otras sendas menos rigurosas, por caminos menos intransigentes. Cuando decidas mirarme como a un ser dotado de independencia y con criterio propio (que puede ser muy distinto al tuyo), hablamos.

La mujer más joven, tras sus últimas palabras, cogió su bolso y se alejó de la terraza mientras yo me sumía en mis propios pensamientos. Cada vez me agrada menos que lleguen a mis oídos cierto tipo de conversaciones. El mundo avanza, pero el ser humano sigue en la prehistoria de las emociones. En fin…, que cada palo aguante su vela y que cada hijo de vecino adopte el papel que mejor se le ajuste en el teatro de la vida.
Desde mi atalaya mañanera de diálogos pillados al azar, así ha sido. Más o menos.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

CENA DE NAVIDAD



A pesar del frío, de la crisis nefasta que nos roba las sonrisas y nos quita las ganas de regalos y de compras, quienes aún trabajan y no han ingresado en el limbo del desempleo se imbuyen en estas fechas en la ya clásica comida o cena de Navidad, una costumbre oficializada que le ha quitado la frescura y la espontaneidad a las comidas y cenas ideadas sobre la marcha con los compañeros de trabajo, al amparo de la más pura apetencia y gusto del momento concreto.
Mientras hoy tomaba mi rápido café de media mañana, a mis oídos ha llegado el eco de la conversación vecina. Se desarrollaba entre tres contertulios: una mujer de unos cuarenta y pocos años y dos muchachos jóvenes, chico y chica. Algo así decían:

–Tienes que venir. Por una vez, no pasa nada –le rogaban los chicos jóvenes a la mujer.
–No puedo –se excusaba ella.
–Tienes que hacer por poder. Es una vez al año y no puedes faltar –argumentó la muchacha.
–Entiéndeme. Un viernes por la noche, a las diez, yo ya estoy muy baqueteada. Con toda la semana de trajín, a esas horas sólo quiero tranquilidad.
–Pero si tú eres muy moderna y sales normalmente hasta las tantas –aguijoneó el muchacho.
–Sí, pero es distinto. Salgo con mi marido, con mis hijos, con mis amigos… En otro plan, vamos. Si me meto en casa el viernes a la hora de comer, a mí no me sacáis a las nueve y pico de la noche.
–Anda, haz un pequeño esfuerzo. Sabemos que no todos te caen bien. A nosotros, tampoco. Pero es una noche al año –siguió insistiendo la chica.
–¡Y dale, que no! –se defendió la mujer mientras se encogía de hombros y disminuía visualmente su complexión física.
–Por una vez…
–Que no, que no voy.
–No tienes nada serio que te lo impida.
–No lo tendré, pero…, pero… Que no me apetece y punto. Ya está, dicho queda.
–Pues tienes que intentarlo, como nosotros. Tampoco nos apetece y vamos.
–Que he dicho que no y es no. Por favor, no me atosiguéis.
–Anda, mujer, no seas así…

No quise escuchar más y me fui al otro extremo de la barra, ya que me resultaba muy incómoda esa conversación. No obstante el cambio de lugar, mis ojos aún contemplaron mientras apuraba mi café, cómo los jóvenes la envolvían y la mujer negaba una vez y otra con la cabeza mientras cada vez se empequeñecía más. Pagué y salí de mi rincón a toda prisa. Un cierto grado de angustia se había apoderado de mi persona. No me gustan los asedios, qué le vamos a hacer. 
Desde mi atalaya mañanera de diálogos pillados al azar, así ha sido. Más o menos.










lunes, 4 de octubre de 2010

Y, DE REPENTE, UN EXTRAÑO



Ayer por la mañana tomaba un café con un amigo. Charlábamos plácidamente sobre literatura, que viene a suponer hablar sobre la vida, cuando llamó nuestra atención el tono plañidero de dos mujeres que conversaban a nuestro lado, en la mesa contigua. Algo así expresaban:

–Era un hombre extraño.
–No te lo pareció durante meses.
–Porque supo tejer muy bien sus redes. No reparó en mí hasta que, de forma accidental, fue consciente de que mi amistad podía reportarle muchos beneficios. Eso lo he entendido ahora, con la desilusión.
–Ya te advertí. Sabía que pretendía algo. No es trigo limpio.
–Lo sé.
–Tanto interés de golpe, tantas buenas palabras, tanta lisonja cuando, al principio, no le interesabas nada…
–Hasta que descubrió mi círculo de amistades.
–Y tu ingenuidad y buena fe, criatura, que hay vampiros que se alimentan de la sangre de los otros y beben del sudor ajeno mientras ellos organizan, dirigen y se hacen los imprescindibles.
–He aprendido la lección, tranquila.
–Pues aprende también que los manipuladores marcan como propios los éxitos de sus víctimas, se los apropian sin vergüenza ninguna.
–También soy consciente de eso.
–Me alegra, porque siempre has tenido poco ojo para los oportunistas.
–A partir de ahora, será diferente.

Desde mi atalaya mañanera de diálogos pillados al azar, así fue. Más o menos.

viernes, 4 de junio de 2010

SEÑORES Y VILLANOS

Fotografía de Isabel Martínez

Con el buen tiempo –por decir algo, porque treinta grados a las diez de la mañana ya anticipan el desierto venidero algo más tarde–, me gusta tomar un café en alguna de las innumerables terrazas de mi ciudad, una urbe que tiene la costumbre de vivir en la calle. Esta mañana, disfrutaba a la sombra de una palmera de mi café solo. Próximos a mi mesa, dos tipos con un elegante aspecto intelectual en los gestos charlaban tensamente. Llegó hasta mis oídos parte de su conversación crispada. Algo así:

–No me conoces bien.
–No tengo el gusto, pero algo te intuyo por tus palabras y por tus actos.
–Que sepas que lo he leído todo.
–Yo no. Estoy en la prehistoria.
–Ya decía…
–¿Qué decías?
–Lo que me dé la gana, que mis juicios son míos.
–Y los míos, míos, si tengo opción a tener juicios.
–Estoy de vuelta de todo, así que no me fastidies.
–Pues yo no estoy de vuelta de nada. Creo que no he dado ni una sola vuelta.
–Ese es tu problema.
–Y el tuyo es que estás pasado de rosca.
–Eres un ingenuo inconsciente.
–Y tú un imbécil prepotente.
–Hasta con pareados. Eres ridículo.
–Perdón, dios de las verdades. Hasta la próxima.

Desde mi atalaya mañanera de diálogos pillados al azar, así ha sido. Más o menos.

martes, 19 de enero de 2010

UN DIVINO

En el Museo del Louvre, París
(Fotografía de Isabel Martínez)

Esta mañana, durante mi desayuno cotidiano de veinte minutos en una minúscula cafetería, llegó a mis oídos una extraña conversación a la que todavía doy vueltas. Algo así:

–Está fastidiado de verdad.
–Nunca se cuidó.
–Cierto, y ahora el cuerpo le pasa la factura. ¿Vas a ir a verlo?
–No, no creo. Definitivamente, no.
–Hombre, no seas así. Es un acto de caridad.
–Caridad es lo que le ha faltado a él siempre, sobre todo conmigo.
–Pero en esta situación...
–Me la sudan sus situaciones.
–Eres duro.
–Lo aprendí de él, de su excelencia, siempre por encima del bien y del mal, siempre un divino que no se ha dignado rebajarse con la plebe.
–Llevas razón. Se ha hecho insufrible, se ha ganado todas las antipatías, pero ahora su estado es de pena.
–Pues que se autocompadezca, que yo no voy a ir a dorarle la píldora a ese vanidoso.
–¿No te conmueve su enfermedad?
–A mí lo que me conmueve es el daño que me ha hecho desde que lo conozco.
–No todos somos iguales.
–Gracias a Dios.
–Tú eres compasivo.
–Con todos, menos con él.
–No puedes hacer excepciones.
–Las mismas que hizo conmigo, ni más ni menos.
–Bueno, pues allá tú contigo mismo.
–Eso. Sólo respondo ante mi propia conciencia. Y doy por zanjada esta charla.

Desde mi atalaya mañanera de diálogos pillados al azar, así ha sido. Más o menos.

jueves, 26 de noviembre de 2009

ÁGUILAS Y BORREGOS

A media mañana, suelo hacer una pausa en el trabajo y voy a tomar algo a un café pequeñito y estrecho de una de las calles más populosas de esta ciudad. Es una minúscula cafetería italiana que me gusta, que la he visto nacer y crecer, donde hacen unas tostadas sublimes. Al principio, éramos pocos los asiduos y teníamos espacio suficiente para extender nuestra presencia. Pero como los lugares buenos no pueden permanecer en el anonimato durante mucho tiempo, el sitio ha experimentado un notable aumento de transeúntes, vayas a la hora que vayas. Dadas sus reducidas dimensiones y el aumento de la clientela, es imposible no escuchar las conversaciones de los vecinos de barra. Hoy, a mi lado, dos mujeres platicaban sobre otra. Algo así:

—No aguanto a la tonta de Reme. No la aguanto, Mari, te juro que no la aguanto más. Vale que me imite en mi forma de vestir, que intente sumar méritos con los informes que yo he elaborado y que ella se apropia, que se autopresente ante mis conocidos como amiga mía, que me siga en las actividades a las que dedico mi tiempo de ocio y luzca poses de enterada. Vale que me espíe la agenda, que me plagie los razonamientos, que me fusile las ideas. Vale que sea un vampiro con todas las de la ley. Pero lo de hoy, lo que ha hecho hoy es ya el colmo. Eso sí que no lo soporto.
—¿Qué ha ocurrido hoy?
—Lo previsible. Como ya no consigue captar mi interés con sus argucias de mono de imitación, ha soltado una perorata lacrimógena delante de todos sobre lo enferma que está, lo mucho que sufre, sus duras circunstancias familiares y demás lindezas por el estilo. O sea, una súplica desesperada para que estemos todos pendientes de ella, que para eso sus males son los peores.
—Chantaje emocional, vamos.
—Y tanto. Falta de estilo y necesidad imperiosa de ser la protagonista de todo. A costa de lo que sea. Como si cada uno no arrastrara sus miserias.
—Joder.
—Y Carlos, callado. Recién incorporado tras la quimio y la radio, hecho unos zorros, pero callado. Porque lo de esta mujer es una tontería al lado del cáncer de Carlos. Pero él, chitón. No tiene tan poca vergüenza como para mendigar afecto a costa de que lo compadezcan. Eso es jugar sucio para la gente elegante, y Carlos lo es. Esta tía no tiene ninguna elegancia. Es una impúdica, chica, una perfecta desvergonzada.
—Cortadla.
—Si que me dan ganas, pero me freno. Siempre he creído que no se debe machacar a nadie, herirle por ser como es, reventarle sus creencias. En definitiva, no respetarle. Si hiciera algo así, no dormiría tranquila. Sigo la máxima kantiana y no hago a los demás lo que no quiero que me hagan a mí misma.
—Pues aléjate de ella.
—Eso intento, pero no es fácil. La llevo pegada como una lapa. Hay días que pienso que me va a perjudicar seriamente en mi trabajo. Estas trepas de baja estofa...
—Anda, tranquilízate, que yo creo que todo el mundo sabe que tú eres un águila y ella es un borrego.»

Desde mi atalaya mañanera de diálogos pillados al azar, así ha sido. Más o menos.