domingo, 12 de mayo de 2013

GESTOS CONGELADOS

Los gestos nos delatan y dicen mucho de nosotros mismos. No descubro nada nuevo con esta afirmación; tampoco lo pretendo. 

Gozo con el cara a cara por la posibilidad de ver la expresión del otro, la cantidad de matices que me comunican sus gestos, los gustos, los ascos, las modulaciones de la voz tan sumamente reveladoras, la forma particularísima de moverse cada uno, el modo que tiene el cuerpo de estar con los demás, su aproximación o lejanía, la tendencia a la sonrisa, a la carcajada o a la compostura, la presencia avasalladora de los más gallos o la pisada de puntillas de los más tímidos, el verbo florido de los incontinentes verbales o la parquedad de los inseguros...

Y me pregunto, porque no me acuerdo, qué pudo provocar en una criatura que no llegaba a los tres años semejante gesto. Todo el rostro se halla fruncido en una expresión que puede ser reprobadora, de asco o, simplemente, de fijación del horizonte impreciso o de atención exagerada hacia algo que no desea que escape en todo su significado.
Ay, si pudiéramos congelar todos los gestos y hallarles un sentido así, aislados del entorno, al margen del momento...
Sólo recuerdo que era verano y estaba en la playa, aunque más que un recuerdo es pura deducción por la indumentaria y por la gorra que apenas esconde un cabello despeinado. Pudo ser en este día o en cualquier otro, de ese año o del siguiente, pero tras ese muro junté mis primeras letras en un deseo febril de enterarme de los garabatos mínimos que encerraban las historias de los tebeos. Ahora, como entonces, miro los dibujos de la vida, la información que me suministran los demás con sus conductas, las palabras que se extienden en monosílabos, en párrafos o en discursos. Como entonces, intento traducir significados y, quizá, compongo un gesto parecido al de esta vieja fotografía.