martes, 19 de enero de 2010

UN DIVINO

En el Museo del Louvre, París
(Fotografía de Isabel Martínez)

Esta mañana, durante mi desayuno cotidiano de veinte minutos en una minúscula cafetería, llegó a mis oídos una extraña conversación a la que todavía doy vueltas. Algo así:

–Está fastidiado de verdad.
–Nunca se cuidó.
–Cierto, y ahora el cuerpo le pasa la factura. ¿Vas a ir a verlo?
–No, no creo. Definitivamente, no.
–Hombre, no seas así. Es un acto de caridad.
–Caridad es lo que le ha faltado a él siempre, sobre todo conmigo.
–Pero en esta situación...
–Me la sudan sus situaciones.
–Eres duro.
–Lo aprendí de él, de su excelencia, siempre por encima del bien y del mal, siempre un divino que no se ha dignado rebajarse con la plebe.
–Llevas razón. Se ha hecho insufrible, se ha ganado todas las antipatías, pero ahora su estado es de pena.
–Pues que se autocompadezca, que yo no voy a ir a dorarle la píldora a ese vanidoso.
–¿No te conmueve su enfermedad?
–A mí lo que me conmueve es el daño que me ha hecho desde que lo conozco.
–No todos somos iguales.
–Gracias a Dios.
–Tú eres compasivo.
–Con todos, menos con él.
–No puedes hacer excepciones.
–Las mismas que hizo conmigo, ni más ni menos.
–Bueno, pues allá tú contigo mismo.
–Eso. Sólo respondo ante mi propia conciencia. Y doy por zanjada esta charla.

Desde mi atalaya mañanera de diálogos pillados al azar, así ha sido. Más o menos.