martes, 9 de febrero de 2010

EL ETERNO COMIENZO


Acabo de leer la primera entrada de este cobijo, aquélla que titulé «El primer paso». Han pasado tres meses. En ese día de decisiones improvisadas, abrí este escondite, le di nombre al azar y le colgué esas escuetas líneas. No sabía nada de esto y continúo ignorando muchos trucos. Pensaba que estaría a solas, con el silencio que me ha acompañado siempre, si bien entretenido con un cuaderno multicolor y extraño para mí en aquellas fechas.

Enseguida, tuve mi primera visita, la de María Jesús Fuertes, y me pellizcaba por si eso me estaba ocurriendo a mí. El blog de María Jesús fue el primero que metí en mi lista. A Paradela de Coles llegué por pura casualidad en septiembre del año pasado, haciendo una búsqueda en Google sobre la ribera del Sil a efectos de organizar un viaje. Aquella página verde y blanca, donde una señora contaba anécdotas de su existencia con gracia y donaire, me cautivó por su sinceridad. Volvía a ella a menudo y leía en silencio.

Después, este lugar se convirtió en una tertulia recoleta donde departíamos unos cuantos amigos. RamónMariano José de Larra fueron las manos a las que me así con verdadero fervor y compañerismo, amén de congeniar en múltiples perspectivas literarias y humanas. Nuestra amistad creció a un ritmo lento y pausado, como siempre he estado acostumbrada en cuestiones de afectos, aunque he de reconocer que en estas ondas cibernéticas todo ocurre muy deprisa. Como muy deprisa se llenó este cobijo de personas maravillosas tras la aventura machadiana, de amigos que dejan observar el latido de sus corazones en sus comentarios, de todos esos amigos que conozco, que quiero, que leo con entusiasmo, que siempre me aportan, me enseñan y me hacen crecer.

Con el paso de los días, también aprendí a subir fotos. Posteriormente, a generar enlaces. Pero aún sigo en la inopia técnica, porque de ahí no he pasado. No escucharéis aquí música. No se deleitaran vuestros ojos con imágenes filmadas en movimiento. Muchas vueltas he dado a aprender a poner estas dos últimas tecnologías, que todo es iniciar el camino. Pero algo en mi interior me frena una vez y otra. La música forma parte de mi vida, es el arte que más admiro, tanto que no puedo escucharla mientras estoy en otros menesteres. Ella requiere mi atención completa y entregada. La música me distrae de las palabras. Aprecio y estimo la buena música que muchos nos regaláis como opcional con "Goear" y otras sofisticaciones de esa especie. Me deleito en imágenes que son poemas filmados. Pero sigo sin animarme a meter estas dos innovaciones. No sé si más tarde las introduciré. Me pregunto la causa, que no es el miedo a investigar sus mecanismos ni una presumible gandulería mía. La sé. La tengo clara. Está ahí, en el fondo, como lo estaba aquel nueve de noviembre pasado. Y esa causa es bien sencilla. Es la misma por la que abrí esta casa, la misma por la que sigo en mi prehistoria tecnológica, la misma que me lleva a gozar de cada cosa por separado. Esa causa no es otra que la palabra. Y abrí este cuaderno por la palabra y para la palabra. Por eso, sacaré esta entrada sin fotografía, porque hoy es el cumple-trimestre de la palabra en el cobijo.

Pretendo lo mismo que pretendía aquel día y que he pretendido siempre ante un folio en blanco: encontrarme aquí, recuperarme de la vorágine de los días sin sentido, dejados en miles de tareas que me resultan absurdas, porque sólo en la palabra encuentro sentido a mi existencia.