martes, 7 de marzo de 2017

ESCRIBIR

Como indica Margaret Atwood «aquí nadie regala nada. Escribir es un trabajo. También es apostar. No viene con un plan de pensiones. Habrá ciertas personas que puedan echarte una mano, pero en esencia te las tendrás que apañar solo. Nadie te obliga a escribir. Si escribes es porque has elegido hacerlo, así que no te quejes».
Y no me quejo. Pero jamás podré considerarlo un trabajo, sino una pasión. 
Me aplico con esmero a conseguir lo mejor de mí misma en cada frase, en cada párrafo, en cada obra. Escribir es una aventura que no se acaba nunca. No conozco mejor ocupación para mi tiempo. Nada me hace más feliz, sin perjuicio de que, a veces, pueda quitarme el sueño.
Sola. Bendita soledad, la soledad sonora a la que se refería el medio fraile. Quien no disfrute de la soledad que no se convierta en escritor. Soledad y escritura se dan la mano. Este no es oficio para ruidosos que precisan de constantes estímulos externos. Aquí el principal estímulo viene del propio interior, y hay que saber escucharlo y domarlo para transmitirlo. Una tarea apasionante.

También hay que amar las palabras, el lenguaje, la herramienta básica de este oficio. Me sonrío internamente ante aquellos que se definen escritores y no muestran interés alguno por el uso adecuado de la lengua en la que se expresan.
«Amar las palabras, tener interés en lo que se escribe, creer en el poder de los libros, esto supera a todo lo demás» indica Paul Auster en La habitación cerrada, de su famosa y magnífica Trilogía de Nueva York
Cómo me gusta Auster. Leerlo, releerlo.

Las palabras… Esas que nos persiguen o se nos resisten. Esas que nos salvan un texto o nos lo arruinan.
Las palabras… Cuántas trampas esconden. También, cuántas recompensas. Ellas vienen y van, desaparecen, se vuelven crónicas, nos invaden, nos sacuden, nos emocionan, nos enseñan, nos conmueven, nos acercan y nos apartan. Hay que llevar cuidado con las palabras, mucho cuidado. 
Ya lo decía Aldous Huxley: «Las palabras, como los rayos X, atraviesan cualquier cosa, si uno las emplea bien».

Sobre todo, conviene no perder de vista que lo importante son las preguntas, no las respuestas. 
Cuanto más nos preguntamos, más denso y poliédrico va a ser nuestro escrito. No debe preocuparnos no hallar soluciones. ¿Acaso la vida tiene solución cuando su fin siempre es el mismo? 
Las preguntas nos van a poner en la pista de lo que perseguimos, de lo que nos ronda e, incluso, de sus posibles desenlaces. Las preguntas abren mundos; las respuestas, los cierran.
Bien claro lo dice Rosa Montero: «La literatura es un camino de conocimiento que uno debe emprender cargado de preguntas, no de respuestas».

Tampoco conviene perder nunca de vista aquello que indicaba mi querido y admirado Miguel Espinosa: «El talento es bondadoso y modesto, amén de paciente». 
La paciencia es necesaria, imprescindible. Si no figura entre las cualidades propias, habrá que cultivarla con esmero y dedicación. No queda otra.
La modestia, o la humildad, son esenciales para mantener en vilo las aptitudes creativas, para tener los ojos abiertos a todo, para aprender lo que el mundo puede enseñarnos, para soportar todos los desprecios y humillaciones que tengan a bien propinarnos los otros. Estamos expuestos al juicio de los demás, siempre expuestos, y en ocasiones nos sentiremos como la diana, preparada para recibir las flechas.

Y, por último, que no nos falte el sentido del humor. Es de lo más saludable para poner nuestro ego en el lugar que le corresponde. De paso, no nos veremos abocados a enredosas depresiones que no nos van a solucionar nada, porque si estamos aquí metidos es por haberlo elegido, porque queremos.
Joyce Carol Oates es sabia cuando dice: «No intentes escribir para un "lector ideal". Puede que exista, pero está leyendo el libro de otro», o «Mantén un luminoso y esperanzado espíritu. Pero espera lo peor».