lunes, 4 de octubre de 2010

Y, DE REPENTE, UN EXTRAÑO



Ayer por la mañana tomaba un café con un amigo. Charlábamos plácidamente sobre literatura, que viene a suponer hablar sobre la vida, cuando llamó nuestra atención el tono plañidero de dos mujeres que conversaban a nuestro lado, en la mesa contigua. Algo así expresaban:

–Era un hombre extraño.
–No te lo pareció durante meses.
–Porque supo tejer muy bien sus redes. No reparó en mí hasta que, de forma accidental, fue consciente de que mi amistad podía reportarle muchos beneficios. Eso lo he entendido ahora, con la desilusión.
–Ya te advertí. Sabía que pretendía algo. No es trigo limpio.
–Lo sé.
–Tanto interés de golpe, tantas buenas palabras, tanta lisonja cuando, al principio, no le interesabas nada…
–Hasta que descubrió mi círculo de amistades.
–Y tu ingenuidad y buena fe, criatura, que hay vampiros que se alimentan de la sangre de los otros y beben del sudor ajeno mientras ellos organizan, dirigen y se hacen los imprescindibles.
–He aprendido la lección, tranquila.
–Pues aprende también que los manipuladores marcan como propios los éxitos de sus víctimas, se los apropian sin vergüenza ninguna.
–También soy consciente de eso.
–Me alegra, porque siempre has tenido poco ojo para los oportunistas.
–A partir de ahora, será diferente.

Desde mi atalaya mañanera de diálogos pillados al azar, así fue. Más o menos.